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 La última acción revolucionaria de una terrorista

Tania Díaz Castro, Primavera Digital

Santa Fe, La Habana.- En la prensa castrista, el régimen acostumbra llamar acciones revolucionarias a los actos terroristas que orientaba el grupo clandestino Movimiento 26 de Julio (M-26-7), liderado por Fidel Castro, quien utilizó ese método para tomar el poder en los años cincuenta del siglo pasado.

Los llamados mártires de la clandestinidad, veinte mil en total según las últimas declaraciones de Bruno Rodríguez, ministro de Relaciones Exteriores, en realidad no pasan de doscientos en todo el país. Guardo en mi archivo personal las apologías repetidas cada año a todos ellos, recopiladas durante más de veinte años. No hay dudas de que la verdadera historia de ese movimiento terrorista está por escribirse.

Se ignora, por ejemplo, cuántos de ellos, frustrados por el giro político que había tomado la lucha revolucionaria en el poder, marcharon al exilio de Miami.

Mucho menos se dice que muchos de estos insurgentes murieron durante su última acción, cuando las bombas destinadas a ser colocadas en lugares públicos, explotaron sobre sus cuerpos por mala manipulación.

La apología que se les hace cada año a estas decenas de terroristas en la prensa nacional, dirigida bajo la sombra nonagenaria de Fidel Castro, siempre ha resultado falsa y cansona.

Urselia Díaz Báez es una de las "heroínas" más mencionadas, una muchacha inquieta y rebelde, quien con apenas dieciocho años, murió, según publicó Granma en días pasados, "durante su última acción revolucionaria". Lo cierto es que esta adolescente cumplió con la tarea de poner bombas en los cines para derrocar al Gobierno de Batista, tal como le decían sus jefes. Por eso, una noche a finales de 1957, entró al baño del siempre concurrido Teatro América, situado en las calles Galiano y Concordia, en Centro Habana, y antes de colocar en un rincón la bomba que llevaba oculta entre sus senos, explotó sobre su cuerpo y la mató al instante.

Simplemente han repetido hasta la saciedad que "disciplinada y consciente de sus responsabilidades, cumplió fielmente con sus deberes revolucionarios". Cualquiera pudiera pensar entonces que Urselia murió torturada a manos de la policía de Batista, cuando algunos de ellos empleaban la clásica técnica de la tortura física para obtener información del enemigo, o en un enfrentamiento a tiros con los policías que cuidaban la tranquilidad y el orden ciudadano en las calles.

Aunque no defiendo al personaje, cabe pensar que Posada Carriles también ha cumplido con sus acciones contrarrevolucionarias, calificadas como terroristas por sus enemigos revolucionarios.

De la misma forma que murió Urselia, murió Enrique Hart Dávalos, jefe de la Brigada Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, así como sus miembros Juan A. Morales, Carlos García Gil, Julio Pino Machado, Agustín Gómez Lubián y otros. Con excepción de unos pocos que sí fueron torturados y asesinados por policías del régimen batistiano, murieron algunas decenas de jóvenes durante sus enfrentamientos a tiros con la policía.

Urselia fue la primera mujer que murió en una de las tareas que formaron parte de un plan de acciones simultáneas y terroristas, realizadas en diversos puntos públicos de la capital habanera, en los meses finales de 1957. Aquellas otras mujeres que murieron, como por ejemplo, las hermanas Cristina y Lourdes Giralt y Lidia Doce y Clodomira Acosta, no pasan de seis. Otras, como Haydée Santamaría y Melba Hernández, siguieron vivas, y condenadas en 1953 a sólo seis meses de prisión por colaborar con el acto terrorista más trágico de la historia de Cuba: el ataque al Cuartel Moncada, ideado y dirigido por Fidel Castro.

 

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