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Justicia antes de pronunciar el perdón

¿Debemos perdonar, sin más, a quienes nos han reprimido, incluso cuando el papa lanzaba su mensaje de paz?

Miriam Celaya, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- La reciente visita a Cuba de Jorge Mario Bergoglio, Obispo de Roma, trajo un aluvión de misas y homilías varias en diferentes escenarios, en los que fueron recurrentes, entre otras, dos palabras tan interesantes como confusas para el panorama cubano: perdón y reconciliación. Tanto más curiosas resultaron por cuanto no fueron evocados a la vez esos otros vocablos que forzosamente se les relacionan: ofensa, confesión y arrepentimiento.

Es así que Francisco conminó a los cubanos todos, creyentes o no, a la reconciliación en abstracto y al perdón de ninguna ofensa. Una exhortación tan críptica y descafeinada que bien se podría haber hecho en cualquier plaza del mundo. Quiénes son los ofensores y los ofendidos, en qué consisten las ofensas, a quiénes correspondería perdonar y quiénes serían los perdonados, son cuestiones que quedaron a la consideración de cada uno. También el papa habló del “sufrimiento de los humildes”, del “respeto a las diferencias” y otras muchas frases similares, de esas que también aceptan interpretaciones contrapuestas, según los intereses con que se les mire.

En todo caso, el perdón y la reconciliación tienen matices diferentes en dependencia de que la perspectiva se proyecte desde la teología o desde la política. Asumamos, pues, que Francisco se mantuvo más apegado a la primera, dada su condición de pastor religioso, aunque no hay que olvidar que es también un jefe de Estado, un político, un artífice de la diplomacia, que representa intereses muy particulares -más allá de sus buenas intenciones para con el pueblo cubano- y que no le asiste responsabilidad alguna con la solución de los graves problemas que aquejan a nuestra nación.

Por las dudas, el papa se había anunciado de antemano como ‘misionero de la misericordia’, lo cual despoja esta visita -al menos en lo visible- de cualquier matiz político. Es justo entender la delicada posición del Sumo Pontífice, que solo pretende, con mucha discreción, conducir su nave a buen puerto. Considerando además su complicada función como mediador entre Dios y los católicos, e incluso entre gobiernos rivales -como ha quedado palmariamente demostrado en el tema del restablecimiento de relaciones entre Cuba y EEUU- podría afirmarse que jugó dignamente su papel durante su estancia en la Isla.

Por esta razón, quienes esperaban un responso del papa a la dictadura insular, algún detalle delicado para con la disidencia o una postura de abierto rechazo a los señores del Palacio de la Revolución, se han quedado con un palmo de narices. Probablemente el pontífice pudo hacer más, pero ya sabemos que los caminos de los ministros de Dios en la Tierra son tan inescrutables como los del Señor.

No obstante, una vez reconocida la mutabilidad de las palabras, el momento es propicio para ubicarlas en el contexto adecuado y otorgarles la interpretación que merecen desde una perspectiva más cercana a las cuestiones de este mundo. Tratemos de conciliar, entonces, las instancias de Bergoglio con la realidad, asumiendo terrenalmente que el pontífice se refería a que los cubanos debemos perdonar los crímenes y atropellos sufridos desde el poder de una dictadura próxima a cumplir 57 saludables años, la cual no solo no ha mostrado interés alguno en nuestro perdón, sino que ni siquiera ha confesado sus innumerables y mortales pecados, y permanece muy lejos de exhibir arrepentimiento.

¿Acaso debemos perdonar, sin más, a los represores, delatores y otras despreciables herramientas humanoides utilizadas por el poder dictatorial para reprimir, y que continuaban haciéndolo incluso en los precisos momentos en que el papa lanzaba su mensaje de paz? ¿Nos pide Bergoglio, sin más trámites, correr un velo piadoso sobre las víctimas de los paredones de fusilamiento, sobre los inocentes muertos del remolcador “13 de marzo” y sobre todos los crímenes cometidos por la dictadura contra los cubanos a lo largo de medio siglo y más?

No tiene el derecho de hacerlo.

Si los cubanos queremos construir una nación sana y libre de rencores por un pasado ominoso, si aspiramos a un Estado de Derecho, es preciso mencionar la palabra justicia antes de pronunciar el perdón. No debemos permitirnos el error de ignorar y olvidar el dolor de miles de familias cubanas o tendremos que sufrir las consecuencias: venganzas, escarmientos, resentimientos. Sin justicia no habrá armonía, porque es sabido que ninguna paz nacional se ha cimentado ignorando los horrores del pasado.

La historia reciente es pródiga en ejemplos de lo que han sido procesos de reconciliación y perdón en diferentes países del mundo. Baste recordar casos paradigmáticos, como el de la Reconciliación Nacional española de 1956, una propuesta que buscaba superar el cisma provocado por la Guerra Civil ganada por Franco; el de Chile, tras la dictadura militar de Augusto Pinochet; o el de Sudáfrica, al terminar el régimen del apartheid y crearse la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, a través de la cual se realizó la condena moral de los autores de muchos crímenes violentos y de múltiples violaciones de los derechos humanos, un proceso en que las víctimas tuvieron la oportunidad de ofrecer sus testimonios y señalar públicamente a sus victimarios.

Otros ejemplos quizás menos conspicuos, aunque no menos valiosos, son las comisiones de la verdad y la reconciliación que se crearon en Perú, para esclarecer los hechos de violencia que vivió el país andino desde finales de los años 70 hasta el 2000, víctima del terrorismo protagonizado por los movimientos Sendero Luminoso y los tupamaros, así como de la represión militar; o la de El Salvador, al final de la sangrienta guerra civil, para desentrañar las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante el conflicto en ese país centroamericano.

Quizás los cubanos algún día tengamos que asumir democráticamente la responsabilidad de elegir entre la impunidad o la condena de los victimarios en aras de la reconciliación y reconstrucción del cuerpo moral de la nación. Quizás será imposible satisfacer plenamente la sed de justicia de todas las víctimas, y sea preferible para la recuperación espiritual de Cuba la condena moral a los culpables, al menos a aquellos que no hayan incurrido en derramamientos de sangre.

Si se impone la generosidad, que ha sido un rasgo de carácter de este pueblo, como lo demostró en su momento la aceptación de decenas de miles de inmigrantes españoles -incluyendo al progenitor de los dictadores de hoy- en la República que nació después de la última guerra de independencia contra España, la concordia superará los rencores, y evitaremos que el nuevo país se erija sobre otra espiral de odios y exclusiones.

Pero no serán los discursos de mediadores ni las disposiciones del propio poder victimario quienes dicten las pautas de una auténtica reconciliación nacional. Para que la recuperación espiritual del país sea auténtica y la democracia duradera, habrán de ser los propios cubanos -a lo que todavía nadie les ha reconocido la voz y los sueños- quienes decidan perdonar o no a sus verdugos. Por el momento, los culpables no han mostrado el menor signo de humildad ni arrepentimiento.