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¿Juguetes, para qué?

Miriam Leiva

LA HABANA, Cuba, julio, www.cubanet.org -Yumisladys abre sus ojos negros de cubanita, despierta y recuerda que hoy cumple siete años. Es el día que oficialmente perderá el derecho a comprar un litro de leche por la libreta de racionamiento. Por suerte mamá consiguió unos limones para acompañar el agua con azúcar que seguramente le dará como desayuno en lo adelante.

Es el Día de los Niños también, fecha que, según le cuenta abuelita,  hace muchos años el Comandante en Jefe ordenó celebrar cada  tercer domingo de julio, para acercarlo a los aniversarios de su asalto al Cuartel Moncada en 1953, inicio de su revolución.  Dicen que antes los niños se acostaban emocionados muy temprano para esperar el 6 de enero, Día de Reyes, y hasta a los más pobrecitos les ponían algún juguete delante de las camitas, aunque papá hubiera tenido que carpintear un camioncito y un bate, o una cuna para la muñeca de trapo cosida por mamá.

Pero eso quedó en el pasado de diferencias entre los niños ricos y los niños pobres. Después, pusieron los juguetes racionados y los vendían por la libreta: uno básico (o mejor) y 2 adicionales (cosas como una pelota o un juego de yaquis). Tía le cuenta que abuelo quería comprar la única bicicleta que habían traído para vender a la tienda, pero se dio cuenta de que el administrador la estaba sacado por detrás, entonces armó una tremenda discusión y él terminó en el hospital con un infarto. Al año siguiente, por suerte, ya no tuvieron que dormir en la cola para comprar los tres juguetes que le tocaban, porque el turno para comprar se conseguía llamando por teléfono, pero era muy difícil lograr que el teléfono conservara el tono de discar y pasaron horas llamando a la tienda.  Tío tuvo su última perreta cuando los abuelos sólo lograron conseguir el turno casi para la hora de cierre del último día de ventas, y ya no quedaba nada que sirviera.

Todo eso se “superó” cuando llegó el Período Especial. ¿Quién podía, entonces, pensar en juguetes? Por aquellos años 90 y pico, el sudor brotaba a borbotones en las furtivas guaguas repletas; casi siempre había apagón en la escuela, el centro de trabajo, las reuniones y la casa, donde había que aprovechar el rato con luz y agua para cocinar los pocos alimentos forrajeados, que además podían echarse a perder por falta de refrigeración. Después la situación comenzó a mejorar un poco y abrieron las “shoppings”.  ¡Comida y juguetes!

Yumisladys juega con sus amiguitas a la shopping. Van a la que queda en la esquina, miran los juguetes, los zapaticos y las ropitas, que mamá no puede comprar porque todos son muy, muy caros.  Regresan y dejan volar su imaginación. Ella es la administradora, Yoandris, el supervisor que vigila para que no roben, María Carla trae los juegos que le mandó su abuela, ¡de afuera!, y se imaginan la comida y todo lo demás. A la fiesta de fin de curso no sabe si podrán llevarla. Es en casa de un niño que tiene de todo. ¡Hasta piscina! Bueno, ya debe terminar el juego porque la llevarán al parque, donde actuarán unos payasos por el Día de los Niños.

En Cuba, los niños tienen garantizada la instrucción y atención de salud gratuitas. Por supuesto que debe ser así, porque los cubanos han sacrificado 52 años, o sea varias generaciones, para que supuestamente todo fuera mejor que antes de 1959. Sólo que antes de 1959 las escuelas no sólo eran privadas, también las había públicas y en todas partes.  Ciertamente en algunas zonas, fundamentalmente rurales y apartadas, no las tenían, pero los que hoy son abuelos fueron hasta las montañas para eliminar el analfabetismo. Algo similar ocurrió con la atención de salud.

Sin embargo, el deterioro de la educación y la salud pública son sólo parte de la crisis que existe en todos los aspectos de la sociedad cubana.  Los niños están subalimentados, y en algunas zonas del país la situación es alarmante desde hace años.

Los jóvenes han sido formados en un ambiente de prohibiciones del gobierno e ilegalidades, cometidas por sus mayores para sobrevivir con la bolsa negra, nutrida por el robo y la corrupción; la represión ha impuesto la doble moral, y la añoranza por lograr un futuro de esperanzas en el extranjero, fundamentalmente en Estados Unidos. Otra contradicción, pues al mismo tiempo que siempre los dirigentes les han dicho que si esto no les gusta se vayan, es allí únicamente donde sus parientes y amigos han podido progresar, y desde donde les envían algún dinerito para mitigar la miseria cotidiana.  Muchísimos bisoños cubanos no tienen la opción de irse ni de recibir remesas de familiares en el extranjero; a veces inmersos en un ambiente donde “todo vale”, roban.  Durante muchos años han tenido que entretenerse jugando al dominó en las esquinas con adultos alcohólicos que beben cualquier mejunje. El alcoholismo pulula en cualquier barrio, desde el Malecón de La Habana hasta las calles de Guantánamo, y la droga ya se extiende.

Increíblemente, los niños y jóvenes cubanos dicen que están aburridos. A pesar de la propaganda que se hace cuando se celebra la Feria del Libro, muy pocos leen.  Seguramente el primer obstáculo para que se motiven por la lectura es que no aprendieron a escribir y leer bien, pues hasta recientemente se habían eliminado las clases de caligrafía, ortografía, expresión oral y redacción. Los libros desestimulan porque hasta los comics están atiborrados con propaganda ideológica. Los cines dejaron de atraer desde tiempos inmemoriales, debido al deterioro progresivo de las instalaciones, que en muchos lugares sencillamente fueron cerradas. Las escasas discotecas no están al alcance de los vacíos bolsillos de los jóvenes, que normalmente dependen de padres con muy bajos salario. Tampoco los jóvenes que tienen trabajo escapan de la miseria, porque sus sueldos resultan ínfimos, y cuando el gobierno decretó el despido de 500,000 empleados, los primeros lanzados a la calle fueron los recién graduados o los trabajadores con pocos años de incorporación. Además se les limita su desarrollo al impedirles el acceso a Internet, para privarlos de conocimientos e información.

En fin, el Día de los Niños es todos los días, más allá de las cifras, posiblemente alteradas por las autoridades, que los representantes de algunas organizaciones del sistema de Naciones Unidas u otras organizaciones latinoamericanas, alaban como logros del régimen totalitario.

Es encomiable la dedicación de los artistas y grupos de aficionados dedicados a entretener a los niños, muchos de ellos integrados por niños y jóvenes quienes, con limitadísimos recursos y mucho ingenio, hacen sus propios vestuarios, muñecos y todo lo necesario para su labor. Ellos alimentan la imaginación, incentivan las ilusiones y provocan las entusiastas carcajadas de los niños.

Lamentablemente, su trabajo solo llega esporádicamente a una pequeña parte de nuestros infantes, que necesitan libertad para expresarse, una verdadera educación que ofrezca opciones y prescinda del constante adoctrinamiento ideológico, y más atención de los agobiados padres y la sociedad, para adquirir valores morales positivos. Un futuro mejor es posible.