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Inventos sobre ruedas

Odelín Alfonso Torna, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- En un estacionamiento de autos autorizados para el transporte de pasajeros, un Chevrolet azul celeste del año 1952 arranca con algunos fallos de combustión y emana una humareda blanca por el capó, justo cuando se dispone a salir. Su conductor, Lázaro Prieto de 37 años, no se apura: es un desperfecto corriente. Sin embargo, los pasajeros que esperan se alarman, y los que están de primero, quieren ser los últimos.

Con calma, Lázaro saca del maletero un garrafón de agua de unos cinco litros y lo vierte en el radiador. Espera unos segundos hasta que el motor refresque y en unos minutos está listo para cubrir su itinerario de regreso, desde el centro de La Habana hasta La Palma, un barrio de la periferia capitalina.

Las calles de Cuba están llenas de autos similares, camiones o jeeps con más de 50 ó 60 años de explotación. Muchos ruedan tras múltiples innovaciones en el motor, los sistemas de rodaje y eléctrico; incluso, en su carrocería y confort.

El 1960 se dejó de importar autos norteamericanos a gran escala. Solo se permitía la entrada de vehículos para diplomáticos o de otras dependencias autorizadas por Estado.

Como Lázaro, Miguel Cutiño es otro conductor con licencia para transportar pasajeros. Su coche es un Buick del año 53, del que sólo queda la carrocería original. El resto son inventos. Pesa sobre la barriga de este viejo Buick un motor diesel Toyota y un diferencial de Volga soviético. Lo mejor de todo es la garantía de que sus neumáticos de jeep militar soviético se conocen cada bache de La Habana al dedillo.

Al contrario de Lázaro, Michel Cutiño no se estaciona a la espera de pasajeros, prefiere siempre tener el auto en movimiento para el primero que le saque la mano y decida su ruta.

“Este cacharro nunca me deja botado y si sucede resuelvo siempre, porque eso sí, asimila todo invento que le hago (...) Según el tipo que me lo vendió, yo debo ser su quinto dueño ¡Vamos a creerle!”, dice Michael riéndose.

Adolfo, un moreno que le apodan el Chino, es otro de los conductores estacionados en el centro de La Habana. Heredó de su padre, fallecido en 1994, un Chevrolet del año 54 y también su licencia para transportar pasajeros. Recién está pintado de naranja y con franjas en negro, el color de los antiguos autos de alquiler.

Adolfo acostumbra alardear con su auto y se ve constantemente con un paño en la mano para lustrar la carrocería. "Esto vuela bajito y sólo ha tenido dos dueños, mi padre y yo", suele decir con orgullo.

El Chino, para mostrar la inventiva criolla, siempre que está estacionado, mantiene la tapa del capó abierta y sostenida con un grueso alambrón. Muestra a los demás choferes la adaptación de un motor diesel de Nissan y una caja de cuatro velocidades de Lada acoplada a un diferencial de Ford Falcón.

Al cerrarse por completo el flujo comercial entre Estados Unidos y Cuba en la década de los 60, las invenciones técnicas en estos autos no se hicieron esperar. Con la creación del CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica) y el boom comercial con la isla grande del Caribe, a partir de 1970 lotes de autos soviéticos y checos llegaron a Cuba.

De este parque de autos se desprendieron muchos de sus componentes y accesorios hacia los coches y camiones norteamericanos. En estos autos cincuentenarios es común ver motores, carburadores, cajas de velocidad, faroles, llantas y neumáticos de fabricación soviética adaptados.

Lázaro Prieto tendrá que prescindir en algún momento de su viejo motor Chevrolet 52. Los constantes aumentos de temperatura indican que llegó la hora de inventar. Por lógica, estos motores americanos han pasado por más de cinco y hasta siete rectificaciones en sus camisas de combustión (cilindros) y cigüeñales. El de Lázaro no da para más.

En el mercado informal puede aparecer algún motor moderno de petróleo para el Chevrolet del 52 de Lázaro. Siempre que éste no sea robado de una empresa estatal, puede ser legalizado con las autoridades de tránsito.

En el Parque Central de La Habana no merma el abordaje de pasajeros sobre estos inventos sobre ruedas, facturas con autoría en la necesidad de andar y sobrevivir. Protagonistas como Lázaro, Michael y Adolfo, mueven cientos de destinos en la isla más grande de las Antillas, la misma que algún día comenzará a moverse, tan de prisa como los viejos autos americanos.