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Instintos de supervivencia

Jorge Olivera Castillo, Primavera Digital

Habana Vieja, La Habana.- El vicepresidente primero Miguel Díaz-Canel quiere que el proletariado deje de robar. Cree que es suficiente con los mendrugos que el Estado reparte por medio de la libreta de racionamiento.

Para complementar las opciones de alimentarse como Dios manda, propone llenar los platos vacíos con potaje de dignidad y carne de resignación.

Su discurso en la clausura del Primer Taller Internacional de Auditoría, Control y Supervisión, celebrado recientemente en La Habana, en el cual participaron 206 delegados de 11 países, estuvo centrado en la necesidad de eliminar las ilegalidades.

Tanto Díaz-Canel como la Contralora General de la República, Gladys Bejerano, saben que la solución depende de voluntad política para implementar sin más rodeos los prometidos cambios estructurales y no en monsergas sin otro destino que el de la burla y el olvido.

Ser honesto en Cuba se ha convertido en una excepción. Para comer tres veces al día es preciso romper las reglas, incluso si se cuenta con la suerte de recibir remesas de familiares o amigos radicados en el extranjero.

Todos los cubanos de a pie acuden al mercado negro en busca de mejores ofertas en calidad y precio, a proponer las mercancías que se reciben desde otras latitudes o robadas de los almacenes estatales.

Son incursiones codificadas por las circunstancias. ¿Qué trabajador en el mundo podría vivir con aproximadamente 25 dólares al mes?

A modo de justificar los bajos salarios, los representantes del régimen alegan las bajas tarifas de agua, electricidad y gas, así como el acceso gratuito a los servicios de salud y educación.

Esas compensaciones no bastan para llevar una vida mínimamente decorosa. En referencia al tema, valdría la pena subrayar las disfuncionalidades que se han enquistado, a nivel nacional, tanto en la red hospitalaria como en las escuelas. La mediocridad, el trato indiferente, la corrupción y el soborno, sobresalen entre las particularidades a padecer en ambas instituciones.

Enderezar lo torcido, a estas alturas, requiere de mayores dosis de pragmatismo. Raúl Castro se resiste a avanzar en ese sentido. Prefiere los pasos a hurtadillas por el sendero de las reformas, los parches antes que el desmontaje de un sistema que ha demostrado su inoperancia.

Para llevar adelante sus planes, dispone de una generosa nómina de cómplices en intramuros y allende los mares.

Digan lo que digan desde las tribunas y los órganos de prensa, el modelo involuciona sin posibilidades de restauración.

En la sociedad cubana es raro encontrar valores éticos. La moral se fue a bolina. El odio y la apatía llegaron para quedarse. En fin, todo está perdido.

Miguel Díaz-Canel y sus jefes están convencidos del fracaso. Solo guardan las apariencias.

De las ilegalidades dependen muchas cosas y casi ninguna intrascendente. El asunto es cubrir demandas de primera necesidad. Contra eso, no hay quien pueda.

 

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