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¿Ignorante, cándido, cínico, o todo incluido?

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, febrero, www.cubanet.org -Corren tiempos malos para las verdades absolutas. A un punto en que hay que ser muy ignorante o cándido para incurrir en su defensa sin temor al papelazo. Claro que cuando se trata de verdades absolutas que no se nutren con el error, sino con la mentira, entonces, además de ignorante y cándido, hay que ser cínico.

El artículo “Al turismo del emigrado, abre la muralla…”, escrito por José Alejandro Rodríguez para el periódico cubano Juventud Rebelde, contiene varias afirmaciones que de pronto pretenden proyectarse como verdades absolutas, fruto de la simpleza, mezclada con ignorancia, que suele caracterizar al periodismo oficialista en la Isla. Pero vistas en su contexto, no cabe sino concluir que son meros infundios, destrenzados con más cinismo que candidez.

El artículo parece estar dedicado a publicitar el incremento de visitas turísticas a la Isla, por parte de los cubanos que residen en el exterior, muy en particular en Estados Unidos. Si lo asumimos sanamente, podría decirse que es un ejercicio de propaganda comercial en torno a un proyecto presentado por dos especialistas del patio en un Seminario sobre Economía Cubana y Gerencia Empresarial, que se realizó hace poco en La Habana. Pero es difícil asumirlo sanamente. No sólo por los desaguisados que expone. También por los que oculta.

Rodríguez parte de un presupuesto amañado, cuando menos, al asegurar que los dos especialistas en cuestión: “llamaron la atención de las autoridades cubanas acerca de la importancia que puede cobrar ese segmento de mercado de los emigrantes, en las estrategias de comercialización del turismo en el país”.

De modo que, según él, a las autoridades del régimen no se les había ocurrido antes la “original” idea de sacarle dinero a las ganas y la necesidad que tienen nuestros paisanos, dispersos por el mundo, de visitar la tierra en que nacieron y en la que lo dejaron todo, porque todo les fue expropiado al partir, aun el derecho al regreso.

Medrar a costa de la nostalgia de quienes se fueron de la Isla, precisamente huyéndole a ellos, a su asfixiante dictadura, que institucionalizó la pobreza y la falta de libertades como normas de vida, es algo que no se les habría ocurrido a nuestros caciques, a pesar de que lo vienen haciendo desde hace un largo rato. Así que, según Rodríguez, fue menester que estos especialistas llamaran su atención al respecto.

De contrasentidos semejantes, deslizados con pasmosa naturalidad, está repleto “Al turismo del emigrado, abre la muralla…”. Como si no fuera más fácil, y mucho más honrado, entrarle de frente al toro, diciendo, por ejemplo, que dado el callejón sin salida por el que discurre la crisis económica en Cuba, muy bien nos vendría que el régimen resolviera al fin dar cabida a nuestros emigrados en la reconstrucción del país. Pero no como un aprovechable segmento de mercado, sino como lo que son, hijos naturales de esta tierra, con pleno derecho a entrar y salir cada vez que lo deseen, y a permanecer, o no, dentro de sus fronteras de acuerdo únicamente con su libérrima voluntad, y sin tener que desembolsillar cuotas abusivas porque un mandamás les cobra ese derecho.

Ya que fue justo en un Seminario sobre Economía Cubana y Gerencia Empresarial donde los especialistas mencionados por Rodríguez decidieron alumbrar al régimen con sus iniciativas, en vez de sugerir algo que ya se ha estado haciendo aquí, alevosamente, durante decenios, hubiera sido mejor que le reclamasen -como un imperativo económico y como el más sencillo de los derechos ciudadanos-, un espacio para nuestros emigrantes dentro de los planes de inversión del país, posibilidad que se les niega tozuda, arbitraria e indolentemente, mientras se le facilita a cualquier pelagatos que viene del extranjero con cuatro dólares en la cartera o cuatro cacharros en un contenedor.

Dado que todo esto es de sobra conocido por los cubanos de allá y de acá, a uno no le queda otro remedio que sospechar sobre las verdaderas intenciones del artículo, e incluso poner en duda que su destinatario sea en realidad el que parece ser.

Si nuestros emigrantes van a venir a la Isla de cualquier manera, con publicidad o sin ella. Y ya que, como bien se sabe, ni siquiera es el interés turístico lo que mayoritariamente les impulsa a una visita tan costosa, entonces resultaría una inútil pérdida de tiempo dedicarles un panfleto publicitario que muy posiblemente no se molesten en leer. Y mucho menos podría interesarles a los cubanos de adentro, para los cuales su contenido no representa nada nuevo.

Por más paradójico y hasta disparatado que se vea, lo único que nos queda por suponer es que el artículo no es, como aparenta, un ejercicio de promoción comercial, sino otro intento de propaganda política, dirigido no a los cubanos, sino a la recua de simpatizantes y cómplices extranjeros del régimen, puesto que nadie más que ellos estarían en disposición de aceptar como verdades llanas los infundios con cáscara de verdades absolutas que destrenza Rodríguez.

Entre tales infundios sobresale su insistencia en presentar a nuestra emigración como un caso común y corriente dentro del fenómeno que hoy impulsa a la gente de medio mundo a moverse de un país a otro, buscando oportunidades para su mejoría económica. Se trata, obviamente, de un propósito manipulador, y no uno entre otros, sino el principal propósito del artículo.

Rodríguez inquiere: “¿acaso no son normales los envíos monetarios hacia su país de los braceros guatemaltecos que laboran en las plantaciones norteamericanas?” Por supuesto que sí, como normales y lógicas son las remesas que envían los cubanos. Lo que no es equiparable dentro de la normalidad es el tratamiento que el gobierno guatemalteco, o cualquier otro gobierno de cualquier país, por malo que fuese, suele dispensar a sus emigrantes, y el que recibieron y aún reciben los nuestros por parte del régimen.

Ningún guatemalteco fue considerado enemigo del pueblo, y tratado como tal, por el simple hecho de irse a vivir en Estados Unidos. Ninguno necesita permisos especiales para subir al avión. A ninguno le despojan de todos sus bienes al partir. Y una vez que se fueron, ninguno se ve obligado a hacer concesiones políticas o a desembolsar grandes sumas en trámites extorsionadores, para que le permitan regresar de visita, por no hablar del regreso permanente.

Ningún guatemalteco u otro ciudadano de cualquier confín de la tierra, ha pasado por la humillación de tener que mentir, en una planilla con su firma al pie, asegurando que no mantiene relaciones con sus familiares emigrados, pues, en caso contrario, no le otorgarían un empleo o una plaza para estudios universitarios. Ninguno ha sido calificado como gusano o vendepatria por querer emigrar.

Tales lindezas están inscritas en la historia. Y no pertenecen a un tiempo pasado, puesto que aún hoy vivimos en el presente fosilizado de sus responsables directos. Así, pues, no pueden ser solapadas bajo el tono presuntamente conciliador de artículos como este, que ahora se proponen halar la sardina para la sartén de siempre, haciendo como que reclaman el derecho a “la vuelta a las raíces” y a la “reafirmación identitaria” de nuestros emigrantes.

Todavía menos lograrían cambiar el siniestro histórico tratando de cargárselo por entero al bloqueo y a la actitud ciertamente obtusa, egoísta, desidiosa de un grupo de politiqueros cubanoamericanos, cuya culpa mayor radica en hacerle el juego al régimen, convertidos, de hecho, en su mejor aliado del exterior.

Por lo menos una verdad contiene “Al turismo del emigrado, abre la muralla…”, aunque nos llega confusa, debido al alto grado de contaminación que la rodea en su contexto. Es aquella según la cual, “buena parte de los cubanos residentes en Estados Unidos se desentienden de obsoletos odios y pases de cuenta”.

Lo que no dice es que tal desentendimiento por parte de la mayoría de los cubanos del exilio y de la emigración funciona por igual ante los politiqueros de allá y ante el régimen de aquí, incluida su obsoleta parafernalia propagandística, dentro de la cual el artículo de marras es una gota que rebosa la copa.

 

 

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