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Identidad permanente

Guillermo Ordóñez, Primavera Digital

Centro Habana, La Habana.- Aceptamos con toda pasión, con identidad y cubanía, lo que creímos como el bien de todos.

Tuvimos la triste emoción de unirnos a la algazara de la otrora bien llamada revolución cubana.

El paquete de propuestas revolucionarias cegó el entendimiento y la razón de los más y no nos dimos cuenta de que se repetía nuevamente para los afrodescendientes la posibilidad de ser ninguneados.

En el programa del Moncada no se hizo mención alguna al problema racial que imperaba desde la pseudo-república. A principios del mal llamado triunfo de la revolución, Cepero Bonilla, Walterio Carbonell y otros, plantearon el problema, pero en eso mismo quedó: en planteamiento. El fenómeno de la invisibilidad del negro no era un problema de la revolución, la revolución y el negro eran fenómenos diferentes.

Con el decurso de los años se fue recrudeciendo el rechazo, se fue invisibilizando la historia de los que se enfrentaron con el precio de sus vidas a una sociedad explotadora y esclavista. Fuimos mayoría en el proceso de las luchas emancipadoras, tuvimos hombres y mujeres que pensaron la posibilidad del mejoramiento y la fundación de nuestra nación, pero la historia del negro desapareció, quedó en la brutalidad, la fuerza en el manejo del machete, el folklorismo, la sexualidad descomunal y la religiosidad.

La identificación de los negros como entes sociales interesados por su nación hoy es reprimida con saña por los órganos de la supuesta seguridad interna. Si un ciudadano negro intenta retomar capítulos de la historia, donde su aptitud intelectual demuestra capacidad y ética cívica, es digno de movilización de tropas y agentes. Ya pasó un año del centenario de la masacre de los Independientes de Color, partido ignorado y cuyo legado es hoy manipulado por historiadores foráneos, que se han capacitado para culpar de tal hecho a los mismos masacrados. De ignominia vergonzosa debiera calificarse el libro "La conspiración de los iguales", que salió a la luz como justificación de actividades para los negros en el año de los afrodescendientes, como un circo montado en el Pabellón Cuba para que su autor baboseara la historia que no respeta.

No se promociona la imagen del ciudadano negro como habitante de la isla que prácticamente él forjó; los aborígenes, según los historiadores, fueron exterminados, pero su unión con nuestra raza fue inevitable. La colonización fue llevada a cabo por hombres de no muy sanos hábitos sociales. Los negros que llegaron a nuestras costas y se arraigaron, trajeron sus costumbres , sus hábitos sociales, según sus principios, no eran burdos delincuentes sancionados por corona alguna. Para explotarlos y someterlos su historia tenía que ser robada: ¿cómo el colonizado podría ser mejor que el colonizador?

Hoy se exporta una Cuba blanqueada. Dentro de los eventos nacionales, las imágenes no se acomodan a la realidad de la presencia racial. El censo de población y viviendas no reconoce la multirracialidad de nuestros hijos y padres, pues se detiene en la apariencia sin mediar interrogante alguna. ¿Dónde estamos? ¿Qué posición nos permiten? Quienes tienen la posibilidad de hacernos reconocer se subyugan al poder o alimentan sus fauces hambrientas con el silencio, la falta de transparencia y las aptitudes mezquinas. Cuanto creamos que es necesario hacer para que se retome y se corrija la historia, lo haremos, expresaremos cuanto sea menester expresar, pero callarnos, no, medie la fuerza que medie.

La no aceptación de quién soy y qué hago es la liquidación voluntaria de cuanto nos falta por hacer. Cuba es un país en formación. Reconocernos ahora es fundamental, no hacerlo, es lapidario. Con temor no se forjan naciones. No podemos ser mendigos de nuestras propias riquezas. ¿Por qué tal saña e irrespeto hacia una raza?

Cuando se refieren en la historia patria al triste suceso del 27 de noviembre de 1871, jamás se menciona que ese día de víctimas juveniles fue el día que, llenos de glorias y patriotismo, jóvenes negros de la secta secreta Abakkuá, enfrentaron al regimiento español que conducía a sus hermanos. La desvergüenza los ultimó, la historia los ha enterrado sin gloria. La insípida acción de Pepe Antonio es un renglón digno de admiración; amén de ello, la actitud de Gonzalo de Castañón es reconocida con honores y dignificada. Si el asombroso velorio de un gorrión es reconocido dentro de las páginas de la historia, aunque sea para ridiculizar la altivez de la corona, ¿cómo es posible pasar por alto el valor y la entrega patriótica de estos hombres?

No hay una razón que nos lleve a pensar que la actitud del Gobierno no es racista. Pretenden controlar bajo absurdos arrestos y amedrentamiento a nuestros familiares, lo que es menester sacar a la luz. No hay fuerza capaz de llevarnos al silencio. Aquí estamos. No pretendemos dividir lo que lamentablemente con su silencio ya ustedes dividieron, queremos y tenemos el derecho de integrarnos, de dar un lugar que llene de orgullo a nuestros hijos, de llevarlos a ustedes a reconocer nuestras razones como ciudadanos de la patria a cuya formación nos entregamos.

No queremos el poder, no fomentamos la división. No pretendan confundir nuevamente lo que en otros momentos de la historia se manipuló, ni achacarnos ambición política alguna. La razón tiene un nombre jamás tergiversado.

 

 

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