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Horma para sus zapatos

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, septiembre (www.cubanet.org) – Habiendo apostado por el almanaque como trinchera para vencer por cansancio, los caciques de Cuba parecen convencidos de que cualquier maquinación puede ser exitosa si se dispone del tiempo suficiente para tramarla.

En esa línea, por lo que se ve, están actuando ahora al intentar un nuevo acercamiento con quienes graciosamente llaman “nuestros compatriotas emigrados”.

El propio Raúl Castro inauguró públicamente la operación al declarar no hace mucho en un discurso: “Hoy los emigrados cubanos en su aplastante mayoría lo son por razones económicas, si bien algunos pocos todavía alegan ser víctimas de persecución política para granjearse adeptos y ayuda de sus patrocinadores en el exterior, o justificar el abandono de una misión o contrato. Lo cierto es que casi todos preservan su amor por la familia y la patria que los vio nacer y manifiestan de diferentes formas solidaridad hacia sus compatriotas”.

Y de inmediato, le subsiguieron las primeras cargas, con el machete de la demagogia en ristre. Desde proclamas en la prensa oficial, del tipo “Cuba somos todos”, o sentencias que hacen reír por no llorar, como: “No se puede limitar la identidad porque se han escogido caminos diferentes” (periódico ‘Guerrillero’, Pinar del Río, 09/08/2011); hasta la pretensión de legitimar el embeleco más allá de las fronteras nacionales.

Pongamos por caso, entre otros, lo escrito por el uruguayo Fernando Ravsberg, corresponsal del servicio latinoamericano de la BBC en La Habana en su blog del 11 de agosto de 2011 “La migración se utiliza como muestra del fracaso de la revolución…”. “Ahora la verdad empieza a abrirse paso, el presidente Raúl Castro acaba de reconocer algo trascendental”.

Ravsberg se refiere, por supuesto, a las anteriormente citadas palabras de Castro. Por cierto, cuando el General afirma que los emigrados cubanos “manifiestan de diferentes formas solidaridad hacia sus compatriotas”, cualquiera podría pensar que está incluyendo (per se) al propio régimen como objeto de esa solidaridad.

El caso es que en su punto de mira están hoy los que se han ido de la isla en las últimas oleadas. Y muy en especial los jóvenes.

Luego de pifiar con aquellas reuniones exilio/régimen, en La Habana, las cuales se nutrieron por lo general con sus cómplices y agentes dentro de la emigración, aunque también con algún que otro ingenuo, y cuyos resultados más notables fueron el desengaño de los ingenuos y el total desvelamiento de los cómplices, hoy se muestran resueltos a redirigir el objetivo hacia lo que sin duda consideran el flanco más vulnerable, así que el más fácilmente conquistable.

Ya hemos visto que su premisa, torpe, insustancial, anti-dialéctica -como suelen ser todas las suyas últimamente-, es que la gran mayoría de los cubanos que abandonaron el país en las décadas más recientes lo hicieron por motivos económicos. Así que nada tienen que ver con la política, es decir, con la oposición a su régimen, no obstante ser políticamente nefando y económicamente obsoleto, fracasado, en crisis crónica e incapaz de hallar la brújula.

Enfoque tan chocho les ha conducido a creer -o hacer creer que creen- que será pan comido para ellos dividir a los cubanos de afuera, atrayendo a las nuevas generaciones, comúnmente apolíticas, y arrinconando a sus opositores confesos.

Pasan por alto, sin embargo, que los cubanos de afuera, aun cuando estén divididos -porque siempre lo estuvieron, tanto como los de adentro-, sólo coinciden en dos puntos, que son uno los dos: el hartazgo ante su esclerosada dictadura y el deseo de progreso económico, pero para hoy mismo, no más como trucada promesa.

Mientras no estén dadas las condiciones para satisfacer estas dos expectativas, que son una, me temo que la idea de atraer a los jóvenes emigrantes, facilitando sus visitas, e incrementando, en suma, sus contactos con los de adentro, terminará convertida en horma para los zapatos del régimen.

Conocido el comportamiento y la idiosincrasia de las nuevas generaciones que viven en la Isla, todo indica que no podrán, ni siquiera querrán influir en sus iguales de afuera. En tanto, aquellos desembarcan de vuelta con buenas y hasta con malas nuevas del mundo real. Sólo que las malas de allá nunca van a ser tan mal vistas aquí, ya que allá existe al menos la esperanza de cambios para mejorar.