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¿Habrá futuro para el socialismo en Cuba?

Rogelio Fabio Hurtado, Primavera Digital

Marianao, La Habana.- De entrada aclaro que no considero al sistema imperante en Cuba desde 1961 como socialismo. Obviamente, la adopción de esa etiqueta política resultó obligatoria, porque aparecerse en aquel momento de clímax de la Guerra Fría con cualquier otra era impensable. De paso, también dejaré claro que no le veo futuro de ningún tipo al estatismo totalitario de hoy.

Aquí ese modelo fue adoptado por el Líder después de arribar al poder. Con los años, ha ido perfeccionando sus defectos, siempre a favor de la voluntad circunstancial del Líder. Después del derrumbe del supuesto Socialismo Real y la desaparición inmediata del llamado bloque socialista, apenas sobrevivieron los pequeños países periféricos y, por supuesto, la China continental. Tanto estos como Vietnam, han logrado injertar una economía de mercado a la vez que conservan el control político en manos del partido único. Algo parecido comienza tardía y tímidamente a intentarse en Cuba. La diferencia radica en que los asiáticos están haciéndolo después de restablecer vínculos comerciales y políticos con los Estados Unidos, mientras Cuba está intentándolo sin liberarse de ese lastre.

Se lo jugaron todo al futuro, que parecía ser propiedad exclusiva de la hermana Unión Soviética. Las supuestamente científicas leyes de la historia resultaron equivocadas. Mientras el estatismo se empantanó en su propio fanguero, fue el condenado capitalismo quien se transformó y salió adelante. Sin embargo, el liderazgo criollo, tan habituado al voluntarismo y al fervor irracional, aspira a ignorar tamaña catástrofe y se aferra al status de plaza sitiada: no admite renunciar a la guerra declarada personalmente desde la Sierra Maestra contra el imperialismo yanqui.

Tan imprescindible ha sido ese gran enemigo para sustentar el nacionalismo del modelo cubano que en vez de maniobrar para favorecer un acercamiento, año tras año protestan en las Naciones Unidas contra “el criminal bloqueo” para anotarse una estridente victoria pírrica. Presentan estadísticas que prueban el daño económico que esta restricción impuesta por los malditos yanquis les ha causado, pero no mueven un dedo para propiciar el cambio. Efectivamente, el pueblo padece los efectos de esta agresión, pero la élite siempre dispone de recursos para burlar el bloqueo, y fortalecen el aparato represivo y de control interno para que la insatisfacción popular no se traduzca en protestas públicas contra esa situación, que los dirigentes vitalicios resultan absolutamente incapaces de resolver.

El único sendero hacia la prosperidad real de Cuba en el mundo actual pasa por la reconciliación plena con los Estados Unidos, aliado natural de la pequeña isla tan cercana a su costa. El reto es cómo hacerlo sin lacerar la soberanía. Proseguir la presente discordia es dejarse llevar por la inercia y renunciar al protagonismo del verdadero cambio, que es hoy y será mañana, lo realmente novedoso y revolucionario.

Es cierto que el actual equipo de gobierno, por su edad y anquilosamiento en las poltronas del poder, no está en condiciones para concebir y aplicar un nuevo rumbo. Entretanto, el costo de la vida sigue elevándose, pues la economía no se remedia con retóricas, el poder adquisitivo del peso sigue bajando y la credibilidad del actual Presidente se desinfla.

Una vez dijo que él no había sido designado para liquidar al socialismo. Creo que tenía toda la razón, porque al momento de su nombramiento ya el mal estaba hecho. Él simplemente está ocupándose de que el entierro sea lo más prolongado posible.

El reciente agravio a su hasta hace poco amigo Bill Richardson lo evidencia. ¿Qué ganan con mantener tras las rejas al contratista Alan Gross, cuyo “delito” sería considerado una obra de caridad en cualquier otro país? En vez de proseguir por el camino del diálogo, con todos los cubanos y no sólo con dos personeros de la Iglesia católica, vuelven a insistir en el grosero ejercicio de la violencia amedrentadora.

El equipo de gobierno parece temer que otra novena, fresca y despojada del fardo retórico que ellos arrastran, pueda alguna vez demostrar que la palabra socialismo y el sustantivo miseria no son sinónimos, que la soberanía y el hambre tampoco lo son.