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Granma: Cartas a la dirección

Frank Correa, Primavera Digital

Jaimanitas, La Habana.- El periódico Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, tiene su Departamento de Atención al Lector en calle General Suárez y Territorial, Plaza de la Revolución, código postal 10699, Habana 6, Apartado Postal 6187, correo electrónico cartasaladirección@granma.cip.cu , y recibe a diario decenas de quejas de lectores sobre diferentes anormalidades que suceden a lo largo y ancho del país.

Los títulos de las quejas aparecen en grandes caracteres: "Llegó la hora de pasar de las palabras a los hechos", "Romper el auto bloqueo", "Entre todos sí se puede"... reclamos ciudadanos contra la ineptitud, la ineficiencia y la apatía de directivos y empleados públicos.

En las misivas se exige un servicio de mayor calidad y respeto al pueblo, un precepto primigenio para los cargos de dirección. Son cartas escritas con el ánimo de que se respeten los derechos ciudadanos y se resuelvan los problemas estructurales y organizativos. Pero los temas se repiten una y otra vez sin solución y sin respuestas adecuadas para los clientes disgustados.

Con el título "Sorpresa", L. Moro Salgado se quejó de almorzar en un restaurante en moneda nacional situado en avenida 42 y 17, municipio Playa, donde destacó que el trato y la comida fueron excelentes, mejores que en muchos lugares en divisas, pero para su sorpresa, todos los alimentos fueron servidos en platillos de postre. Al preguntarle al administrador, este le contestó que por ser una unidad de gastronomía popular, no podían poner platos grandes.

L. Moro cuestionaba en su queja a Granma: ¿En la gastronomía popular, a la que accede la mayoría del pueblo, no hay derecho a comer como lo establecen las normas de urbanidad? Y catalogaba este hecho de barbaridad, cuando formemos a nuestros hijos y nietos para el futuro y les digamos que deben comer solo en platillos pequeños, porque el pueblo no lo puede hacer en platos grandes.

Un mes después de publicada la queja en Granma, visité el lugar. El servicio continuaba en platillos de postre. El administrador confesó que era una directiva de la empresa y para cambiarla debía emitirse una nueva ley.

J. A. del Toro González, descontento con el desastre institucional que tanto disgusto provoca en el pueblo que trabaja y construye, escribió también al periódico Granma. Se queja de que las respuestas a los planteamientos de la población siguen siendo pocas y parecen simples justificaciones. Y se pregunta: ¿Si la Constitución establece que todo ciudadano tiene el derecho de dirigirse a cualquier institución, dirigente o funcionario y recibir una respuesta ágil y concreta, no viola la ley quien actúa ignorando la Constitución?

Del Toro considera que sería saludable imprimir la Constitución de la República en pequeño formato y distribuirla en cada núcleo familiar como se hace con los huevos o el azúcar. Nos ayudaría a todos conocer nuestros derechos, que como dijera Benito Juárez, terminan donde comienzan los derechos de los demás. También se queja este ciudadano de que los servicios continúan sin tener como razón de ser la satisfacción del cliente, pues los centros que los prestan mantienen extraños horarios, hay interrupciones temporales de los servicios sin razón lógica, no se sustituye inmediatamente a los que no vienen a trabajar, el personal le pone mala cara a los clientes, hay colas por demora en la prestación del servicio. Además, está la burocracia que todo lo complica y cuando algo se materializa en favor del pueblo, establece un sinfín de controles, trabas y complicaciones técnicas que al final matan la esencia del beneficio.

Este apartado del periódico Granma se ve inundado día a día y de manera creciente por misivas de lectores insatisfechos con quejas y sugerencias que por su gran cantidad no pueden ser todas documentadas ni publicadas, pero que dan la medida de la conciencia que está adquiriendo el ciudadano de lo mal que anda el país. Casi ninguna de estas quejas es producto del bloqueo yanqui, ni de la amenaza imperialista.

Hoy el mayor enemigo del cubano es el burócrata que impide el progreso. Y sus jefes que implantaron tantas leyes absurdas, en muchos casos siniestras, cuyo desmontaje ahora es tan difícil como arar con las manos en un campo de marabú.

 

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