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Frente a frente (Testimonio)

Rogelio Fabio Hurtado, Primavera Digital

La Habana.- Estuve el 8 de septiembre en la popular procesión de la Virgen de la Caridad del Cobre. Acompañada musicalmente por la Banda de Guanabacoa y animada por su Párroco, el P. Roberto Castro, la imagen mayestática se erguía hacia el cielo de la tarde, mientras recibía el homenaje de los miles de habaneros que la acompañábamos y de los que se apiñaban en balcones y azoteas para verla pasar.

Pero en la apretada peregrinación, no todos eran creyentes. A lo largo de las aceras, cordones de hombres más o menos robustos y caritrancos ceñían a la procesión, algunos de ellos dotados de anticuados walkie-talkies. Dentro de la procesión, camufladas como devotas, marchaban las mujeres de las Brigadas de apoyo de la DSE, también conocidas como de respuesta rápida.

Marchaban, sonrientes, algunas Damas de Blanco, entre las que pude distinguí a Berta Soler y a mi vecina Sonia Garro. Llevaban esta vez varitas de mariposas en vez de gladiolos.

Otros amigos me rodeaban, Eugenio Leal, el escritor Ángel Santiesteban, los recién casados Wendy Iriepa e Ignacio Estrada. Por el camino, encontré al novelista Ramón Díaz Marzo, muy activo con su camarita. Conmigo permanecían, tomados del brazo para no perdernos, la bibliotecaria independiente Ada López y su compañero Arabel Villafuerte, quien también recogía testimonio gráfico de la procesión y por momentos se nos adelantaba con ese fin.

Todo marchaba sin contratiempos, hasta que al llegar a la esquina de Salud y Zanja, donde la Virgen dobló a la derecha, en dirección a Galiano, un sujeto se le abalanzó a Arabel y trató sin éxito arrebatarle la cámara, pues este consiguió eludirlo, con el apoyo de otro peregrino.

Seguíamos aplaudiendo y cantándole a la Santa Patrona. En el crucero de Zanja, Galiano y Dragones, el P. Roberto dispuso una parada para orar “por la Paz y la Reconciliación de la familia cubana”. Al parecer esto no le gustó a la Brigada de apoyo y tan pronto reanudamos la marcha, se formó un alboroto por la orilla derecha y Arabel corrió hacia allí cámara en ristre. Ada y yo nos mantuvimos por el medio de la calle, detrás del grupo de las Damas de Blanco. Enseguida, vimos a Arabel que corría, perseguido por dos mujeres indignadas, una de ellas, bajetona y pelada al rape, amenazándolo con un abanico que parecía un palo o viceversa. Gritaba: “él no puede hacer eso a repetición”.

Cuando Arabel alcanzó el borde del Parque El Curita el cordón de segurosos lo detuvo y Ada y yo nos acercamos a él. Ada le preguntó lo que pasaba y Arabel señaló a un hombre negro, con un intercomunicador en la mano, y le dijo: Él no me deja.

Ada increpó entonces al sujeto: -¿Qué delito hay en tirar fotos, si uno quiere tener un recuerdo de la Procesión?

El hombre no contestó. A su lado, había otro, de menor estatura y canoso. Enseguida reapareció la turba por la izquierda, primero cuatro o cinco mujeres, mal vestidas y peor encaradas, encabezadas por una mujer negra de la tercera edad, que vociferaba las insultantes consignas, seguramente aprendidas en el año 80, gesticulando amenazadora. Ada le respondió con energía. Ella se excitó aún más. Arabel le gritó que él era un defensor de los derechos humanos y un periodista independiente.

-¡Pero no puedes hacer lo que hiciste!-exclamó mientras arreciaba su manoteo. Yo le grité ¿Qué fue lo que hizo? No metas más miedo y ella, que hasta ese momento no sabía si yo era indio o cowboy, me gritó ¡Tú cállate! Le repliqué enseguida y ella se me encimó con la cara contraída por el odio y me espetó: Váyanse! A lo que ripostamos los tres: ¡Vete tú! ¡Esta es mi Patria!, agregó Ada.

Ya el grupo de acoso era mayor. Por la derecha, algunos espectadores silenciosos parecían apoyarnos. Desde la cola de la Ruta 222 todo el mundo miraba.

Arabel gritaba: ¡A mí no me pueden dar! El hombre del walkie-talkie permanecía callado, pero sudaba. Ahora a la primera corifea, se añadió otra, de menor estatura, pelicastaña, que se nos acercó aún más e increpó a Ada, a quien llamaba Rubia.

El grupo de mujeres hostiles aumentó, ya serían como 15, aunque no todas gritaban. La procesión hacía rato que había doblado por Reina, hacia Salud. Entonces apareció, por la derecha, un joven alto y bien vestido, con una cámara profesional pendiente sobre la pechera de la camisa blanca. Era Claudio Fuentes, amigo de Yoani Sánchez, pero tanto la turba como los segurosos lo creyeron un periodista o un diplomático extranjero.

-¿Qué les pasa?, preguntó.

-Que estamos aquí acorralados -le contestó Arabel.

¡Ahora le van a hacer el cuento a Radio Martí! – gritaron varias acosadoras, cuando vieron a Claudio sacar su celular.

Enseguida, apareció otro seguroso, blanco, también fornido, quien nos dijo, con voz tranquilizadora: Nosotros lo que queremos es que ustedes se retiren de aquí.

-¡Él no nos deja! -contestó Arabel señalando al otro, quien se subordinó al recién llegado.

-La situación no es favorable para ustedes, nosotros vamos a escoltarlos para que puedan retirarse –dijo.

Arabel estaba muy excitado, yo comenzaba a mirar mi reloj con insistencia y Ada permanecía tranquila. Claudio persuadió a Arabel para emprender la retirada.

Cuando cruzábamos el Parque, varios de los curiosos patentizaron su solidaridad. La gente de la cola de la guagua también. Algunas porristas intentaron seguirnos, pero el seguroso al parecer las disuadió. A medida que nos alejamos, la tensión fue disolviéndose.

No sé cómo pasaron el resto de la noche las gritonas, pero yo quedé satisfecho de haber recibido mi bautismo de fuego cara a cara.