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Fidel ha muerto

Rogelio Fabio Hurtado, en Primavera Digital

Marianao, La Habana.- Una persona querida me ha llamado a primera hora y me ha pedido que ponga la televisión. Por la pena que irradiaba su voz, nos reveló por anticipado la novedad: Fidel Castro falleció.

Por su presencia para bien y para mal en las vidas de todos los cubanos, su desaparición personal nos implica profundamente a todos.

Mientras escribo, mi amigo de la infancia Milton Díaz Cánter presenta por la televisión una síntesis apologética de la trayectoria de Fidel Castro, que obviamente no comparto.

Nunca lo vi en persona, pero estuvo presente en mi vida muy temprano, a través de mi primo Héctor Pablo Rodríguez, quien decía maravillas de él. En mi casa se le admiraba por su vínculo con Chibás.

Estuve el 8 de enero de 1959, con mi tía Chela, entre la multitud de habaneros que lo vimos subir por la calle 23, a bordo de un jeep militar, con su hijo Fidelito al lado.

Adolescente, lo seguí ciegamente. Oía sus discursos, y me parecía imposible no apoyarlo. En una de mis carpetas del Instituto de la Víbora estampé con orgullo aquella imagen suya, de completo uniforme, con mochila y fusil al hombro, silueteado contra el boscaje de la Sierra Maestra con el texto: COMANDANTE EN JEFE, ORDENE.

Llevado por este sentimiento, entré voluntariamente a formar parte de las Tropas Coheteriles Antiaéreas, en abril de 1963. Cuando salí de ellas, licenciado por psiquiatría, en 1965, yo no era el mismo.

A partir de ese momento, fui distanciándome de su doctrina y, sobre todo, de su práctica. Para explicar ese largo proceso, haría falta escribir una novela. Hubo momentos en los que me pareció posible la reconciliación, por ejemplo, la muerte del Che Guevara, pero nunca llegaron a cuajar.

Jamás me llegó tampoco ninguna señal al respecto por parte de ellos. Con los años, esto se congeló completamente. Me dieron el tratamiento de contrarrevolucionario, que yo me gané a su juicio.

Desgraciadamente para mí, no he podido incorporarme plenamente esa identidad, como lo he podido comprobar en mis viajes a Miami. Desde entonces, me he considerado un izquierdista por cuenta propia, que enjuicia críticamente la política definida por el castrismo. Una posición seguramente suicida, pero la mía.

A mis ojos, pasó de ser el héroe inmaculado a convertirse en un líder extremadamente poderoso y aún ambicioso de más poder, que no conoció límites para imponer sus órdenes ni capacidad para reconocer sus fracasos. La oportunidad para rectificar, se la ofreció la Perestroika de Gorbachov, y en vez de aprovecharla, la combatió, definiéndose como un totalitario convencido.

Así acaba de morir. Comienza para él una interminable y polémica posteridad; para nosotros, la tan esperada etapa del post-castrismo. Esperemos que su guerra personal con el imperialismo yanqui concluya y que Cuba siga adelante con todos y para el bien de todos.