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Felicia y el coronel

La familia del vecino se marcha con frecuencia de vacaciones para una casa en la playa. El hijo mira a la gente por encima del hombro, y no trata a nadie en la cuadra

Marcia Cairo, Cubanet

LA HABANA, Cuba -Los militares ha inundado los barrios de La Habana. Ya no les basta con Barbosa, el Reparto Eléctrico y otros de la periferia.

Ahora también están en Miramar, en el barrio La Puntilla, que han tomado casi por asalto. Hay tres militares en esta zona, dos casas contiguas pertenecen a dos oficiales retirados de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), y en el edificio de enfrente, hace más de un año, reside un coronel.

Las primeras dos casas han sido construidas en un viejo solar yermo. Éstas tienen todas las condiciones, que incluyen techos de placa con manto granulado, jardines y sendos garajes.

En el edificio de enfrente, en el último piso, antes habitaba una funcionaria con su familia, pero como no contaba con los recursos necesarios para arreglar su vivienda, que por aquella época presentaba un avanzado deterioro en las paredes, y múltiples rajaduras en la placa del techo, llegó a un acuerdo con las FAR, que ofrecieron otro domicilio en el mismo municipio. Debido a esto, la casa permaneció cerrada por un tiempo.

Después de transcurridos unos meses, una familia vino a ver el apartamento. Luego apareció una brigada completa de constructores que pusieron una nueva placa (cubierta), corrigieron las rajaduras y restauraron todo el inmueble, con pintura además.

Inmediatamente se mudaron el coronel, su esposa e hijo. No parecían malas personas, pero pronto comenzaron a abusar del poder.

El apartamento de abajo lo habitan Felicia con su madre, una señora inválida de más de 80 años, que está enferma, y su tía, otra anciana de 70 años. Felicia ha tenido que pedir su jubilación, aunque no cuenta aún con la edad requerida, para dedicarse a cuidar a su madre, por lo que las tres mujeres subsisten con sus irrisorias pensiones, prácticamente en la miseria.

El coronel ha mandado a realizar una serie de cambios dentro de su apartamento que han provocado filtraciones a la casa de Felicia. Aunque han subsanado algunas, quedan otros daños, que bajo promesa, todavía no se resuelven. Le dice que eso se hará poco a poco, y que no se preocupe. Mientras, todo sigue igual.

La familia del coronel se marcha con frecuencia de vacaciones para una casa en la playa. El hijo se da humos, mira a la gente por encima del hombro, y no trata a nadie en la cuadra.

Felicia cuenta que en el garaje del edificio existen dos plazas, una de ellas, por supuesto, le pertenece, y la otra, al vecino nuevo. La suya se la presta a un amigo que posee auto, acuerdo previamente concertado hace ya varios años. Pero un día, inesperadamente, al regresar de hacer mandados, vio una puerta diferente en el garaje, sustituida sin su consentimiento. Aunque lo más terrible quizá sea que dicha puerta solo se abre con un control remoto, que pertenece al compañero coronel.

Al descubrir lo que consideró una injusticia, trató de ver al coronel para solucionar el asunto amigablemente. Pero a estas alturas no ha podido hacerlo, pues el militar casi siempre está trabajando o de viaje. Habló con el hijo y éste le respondió –de modo despótico y arrogante- que si necesitaba acceder al garaje, debía llamarlo con antelación.

Felicia sigue sin poder utilizar su plaza en el garaje.

 

 

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