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 DESDE EL CAIMÁN

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Este país es un desastre

Yunia Figueredo, Primavera Digital

Jaimanitas, La Habana.- A la Biblioteca Comunitaria “Juan Francisco Manzano”, de Jaimanitas, vienen a diario mujeres del barrio en busca de libros y periódicos para informarse, porque según dicen: “en el periódico Granma todo es color de rosa”.

Una de ellas me dijo ayer: “No sé qué va a pasar en un país donde no hay perspectivas de vida. No veo futuro por ningún lado”.

“¡No hay agua!”, exclama Marlen, ama de casa de 30 años, con tres hijos y el esposo desempleado. “Me halo los pelos cada vez que tengo que fregar y cocinar”.

En Jaimanitas nunca faltaba el agua, tal vez por la cercanía con Punto Cero, donde vive Fidel Castro. El valor de los inmuebles en Jaimanitas era alto, entre otras cosas por la tranquilidad en que se vivía al no faltar nunca el preciado líquido. Pero hace unos años comenzó a llegar a las viviendas en días alternos y de un tiempo acá llega solo un hilito, por la noche.

La queja se ha llevado muchas veces al delegado del Poder Popular, pero éste alega que la culpa es del encargado de abrir la llave, que no lo hace correctamente.

En el pueblo nadie sabe quién es ese encargado, ni donde radica esa famosa llave, tampoco si ha sido amonestado alguna vez por su mal trabajo.

Una señora de 68 años llamada Leonida, cuenta que permutó de Alamar para Jaimanitas precisamente porque aquí no faltaba el agua. Ahora dice que resultó peor el remedio que la enfermedad.

“Tengo que lavar de madrugada, a veces no tengo ni una gota para tomar y salgo a mendigar un pomito con los vecinos. Es una calamidad… un perfecto desastre…”

Por la calle pasan dos mujeres pregonando cubos, escobas, trapeadores de piso, juguetes de niños… Llegan a la casa y me piden agua para beber. Intrigadas me preguntan por qué tengo tantos libros. Son de de Santiago de Cuba. Muy entusiastas posan para mi cámara. Les pregunto si quieren decir algo para la prensa independiente y responden: “Nada, que el mundo sepa que estamos en la lucha para alimentar a nuestras familias, y que en un día de venta en la calle, ganamos lo que nuestros maridos ganan en un mes de trabajo en la Empresa de Comunales”.

Ayer, varias madres que pasaron también por mi biblioteca, se quejaban por lo cara que les resulta la merienda para sus hijos en la escuela. Su precio oscila entre los 10 y 15 pesos diarios, multiplicado por 24 días de clases al mes resulta la mitad del salario promedio, solo en merienda. Y si hay más de un muchacho en la casa entonces es un caos.

Una de las madres dijo: “La comida que dan en la escuela es pésima, casi siempre arroz, potaje de chícharos y pan. Mis hijos ya han perdido el hábito de comer carne, como en la escuela no la ven, cuando se la sirvo en el plato me preguntan: ¿mami, y esto?”.

Las mujeres que vienen a la biblioteca siempre señalan, que la alimentación en la casa aunque mejor elaborada, sazonada, y con la presencia de la proteína, cuando se puede, le faltan los vegetales frescos, tan necesarios para la salud, algo imposible. Sus precios son demasiado altos y casi siempre están mustios.

Además, como en Cuba desaparecieron durante muchos años, se ha perdido la costumbre de llevarlos a la mesa en forma de ensaladas.

Mirta, una promotora cultural que me apoya en las actividades con niños, nos dijo que en comida se va todo el dinero.

“Desde hace tiempo no puedo comprarle a mis hijos calzoncillos, los que tienen se les caen por la falta de elástico, ni medias. Me apena mucho verlos así, con las mismas medias viejas de siempre, tampoco puedo comprarle tampoco zapatos, ni siquiera chancletas”.

Ayer venía por la calle quejándome del basurero, la peste y los baches, y el menor de mis hijos me dijo: “Mami, no te preocupes, algún día estás calles estarán lindas, tú verás…”

¿Serán sueños de niño? Me dieron deseos de llorar ante su ingenuidad. Solo en sueños las calles de Cuba estarán lindas. La realidad es que este país se ha convertido en un basurero. En un desastre.