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Estampas

Rogelio Fabio Hurtado, en Primavera Digital

Marianao, La Habana, (PD) ¡Tres paquete ‘e codito pol dólar! - pasa voceando sin escandalizar un hombre cetrino por el Pasaje. Al poco rato, cruza otro, con una jabita en la mano, no muy llena: Papa… Papa… va repitiendo en sordina, sin detenerse.

Esta modalidad del comercio, siempre presente en Cuba, ha experimentado modificaciones imprescindibles, para sobrevivir a las rígidas normas impuestas por el socialismo cuartelario de Birán.

El más sensible al oído es la desaparición del pregón, al que no pudieron sobrevivir ni Félix B.Caignet ni Celia Cruz. Se ha ceñido a la sobriedad más escueta, con el mínimo de información imprescindible para enterar al potencial comprador, y protegerse del chivatiente uniformado o voluntario, este último ya en franca extinción.

Por mi propia experiencia, larga y hasta encantadora, como florero en La Habana, puedo asegurar que el pregonar, además de personalizar al vendedor y hacerlo reconocible de inmediato por su marchantería, lo entretiene y alivia de la monótona caminata.

Cuando vendía flores, las pocas veces que fui víctima de inspectores o jefes de sector nunca se debieron a mis modestos pregones: “¡Aaazucenaaás - floores blancaaydecolooreeés - Aaazucenaaás”.

Entrando por los pasajes y aprovechando la promiscuidad de los solares, casi no hace falta dar voces, porque la gente vive con las puertas siempre abiertas a la calle, y la presencia del ajeno no asusta. Encontrarse con la puerta cerrada casi siempre significa que no hay nadie en la casa. Cuando los habitantes del solar ya te conocen, se familiarizan contigo, pero nunca debes aparecerte acompañado de nadie, porque eso cunde la desconfianza.

Ayer, en el Parque Coyula, del Reparto La Sierra, me acerqué a una morena dulcera. Llevaba su mercancía en un carrito como los de equipaje, adaptado a las características de su mercancía, y pregonaba: ¡Maniií molido y en grano, genovesa, tortiiica, paaasteele! No tan musical, pero muy clara, porque en el municipio Playa apenas hay solares.

Cuando me le acerqué, dispuesto a sonsacarle alguna información, me soltó, desconfiada: “¡Camino como una perra!” Le aclaré que yo había sido florero muchos años, pero siguió huyuya, sin soltar prenda, así que no pude redondearle mi cuestionario. Le compré una tabletica de maní molido y siguió su camino. Me senté a comérmelo en un banco a la sombrita, junto a otro criollo, que también malinterpretó mi secreta intención. “Todavía se le puede dar un varillazo”, me comentó mirando a la dulcera que se alejaba.

Sigue existiendo el vendedor a domicilio, solo que ya no carga con los aparatosos maletines del Chino Antonio de mi niñez. Ahora todo lo trasiegan en jabitas de nylon.

Cuento con una habitual, que me visita dos o tres veces en la semana, según le cae la mercancía: 5 libritas de arroz, una cuota de frijoles de la bodega o un pequeño blog de papel blanquísimo, siempre por debajo del precio vigente, información toda que ella despliega por lo bajo, en un monólogo exterior incesante que hubiese impresionado al mismo Joyce. Se llama Zoila y espero sacarle partido más adelante, no en el sentido del criollo, porque es Zoila menudita, esmirriada y si tuvo quince, parece que no se los celebraron.

Ahora mismo, pasa otra señora repitiendo codito…codito…codito, a diez pesos el paquete, lo que demuestra el sentido de la oferta del vendedor ronco y cetrino, que ofrecía tres por un dólar, es decir, por 25 pesos.