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Esos viejitos sacrificados por nosotros…

José Antonio Fornaris

LA HABANA, Cuba, noviembre, www.cubanet.org - Pronto se cumplirán 55 años del arribo al poder de los guerrilleros comunistas. Y varios de ellos, lógicamente ya viejitos, aún se mantienen ahí, al pie del cañón, sacrificándose por todo nuestro pueblo.

Más de medio siglo es un montón de tiempo. Para estar tantos años junto a algo, obviamente hay que amarlo. Pero si a ese amor sumamos la pesada carga que representa el poder, entonces, además, hay que ser muy sacrificado.

Los pobres, llevan más de medio siglo viviendo en barrios como Miramar y Siboney, tan distantes del pueblo que tanto aman y donde casi no entran ni ómnibus. Por eso siempre se han tenido que transportar en autos, y nunca han podido disfrutar un exótico viaje en “camello”. No han sentido el calor humano que inunda el transporte público colectivo en Cuba.

Además, imaginemos por un momento lo difícil que les debe resultar, con los escuálidos salarios que deben ganar (son muy sacrificados), mantener esas casas tan grandes en las cuales se han visto obligados a vivir. Menos mal que ellos –tan atareados luchando por el país- no tuvieron que construirlas, porque las habían fabricado personas que -inexplicablemente- se ausentaron del país hace mucho y se las donaron.

Para colmo de sacrificio, al vivir en esos lugares remotos, a sus descendientes les ha sido imposible interactuar con la clase obrera, tan genuinamente representada por los sacrificados ancianitos. Y debido a eso se han visto obligados a ser siempre directores o jefes de algo de importancia nacional. Ninguno ha tenido el privilegio de ser trabajador de una gomera, campesino o empleado de una tienda.

Mientras millones de cubanos de sucesivas generaciones hemos disfrutado la tranquilidad de no tener responsabilidades, ni preocuparnos por elegir un gobernante, ellos han tenido la pesada carga de decidirlo todo por nosotros.

Cuando llegaron al poder, el país estaba en los umbrales del segundo mundo. Pero ellos, con su enorme sacrificio, lo llevaron al tercero en pocos decenios, y en la actualidad casi han logrado elevarlo al cuarto. Y todos sabemos que cuatro es mejor que dos.

Y ante tanto sacrificio, ¿qué podemos hacer para recompensar de algún modo actitud tan altruista?

He pensado que, como un pequeño gesto inicial, podríamos quizás donarles parte de la cuota de ese maravilloso café mezclado (se desconoce con qué) que tan dadivosamente nos venden por la libreta de racionamiento, porque seguramente en su afán de ayudar a nuestro pueblo, ellos beben el café antiguo, sin mezclar, menos sofisticado.

Tal vez deberíamos también conseguirles casas en Centro Habana, El Cerro, Arroyo Naranjo o el Cotorro, para que no tengan que seguir sufriendo, viviendo tan lejos del pueblo que tanto aman.

Pero todo lo que hagamos por ellos me parece poco. Como los infelices, asediados por la malvada y mal agradecida biología, están ya cerca de irse a disfrutar el tan merecido descanso (aunque seguramente estarían dispuestos a pasar 150 años más sacrificándose por nosotros), sería adecuado también conseguirles espacio en el Cementerio Chino, aquí en La Habana (parece que últimamente están muy interesados en China).

De esa manera, después de muertos, podrán continuar cerca de este pueblo que tanto aman, pues (obviamente, para dejarnos más espacio a nosotros, como sacrificio final) se han construido sus tumbas demasiado lejos, en las montañas del llamado Segundo Frente.

Pensemos en eso.

 

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