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Escapar del frasco

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, mayo, www.cubanet.org -Muy a la vista, con la impronta de lo precipitado, se exhiben hoy en La Habana nuevas asociaciones, fundaciones, organizaciones cívicas y sociales que actúan (o creen actuar, o quieren hacer creer que actúan) como mediadoras entre las personas y el Estado. De repente, vemos “representados” diversos intereses de los individuos, en un medio en que proyectarse desde la individualidad, y aún más en grupo, se consideraba hasta ayer políticamente nocivo.

Ya que dentro de los sistemas totalitarios la historia no avanza sino a empujones, y como los empujones totalitaristas reportan más pérdidas que ganancias, no habrá mucho que esperar de este remedo de sociedad civil organizada que ahora nos están montando, no por un imperativo de las circunstancias, que es como debiera ser, sino por táctica malévola del gobierno.

Claro que responde a la estrategia de perpetuar en el poder un régimen de cacicazgo antediluviano, pero con una fachada que lo haga plausible ante los ojos de las instituciones y los gobiernos cada vez más copados por la progresía internacional.

Le han echado garra a ciertos temas que son prioridades entre las demandas de los altruistas (y también entre los hipócritas y farsantes) del mundo. Y orquestando la manipulación de tales temas, modelan el muñeco de la nueva sociedad civil cubana, con los pies del individuo, pero con las siete cabezas de la dictadura.

Desde la ecología hasta la libre opción sexual o religiosa; desde el tratamiento diferenciado a las personas con discapacidades, hasta la protección de los animales afectivos; desde el antirracismo o el feminismo, hasta el rescate de las tradiciones… De lo grave a lo ligero. De lo banal a lo trascendente. Desde la afición por las motos Harley-Davidson, o por el juego de dominó, hasta la vinicultura o hasta la nostalgia por el baile Casino. Cualquier asunto les está resultando bueno para manipular opiniones, del Morro hacia afuera, y para controlar el comportamiento del personal, del Morro hacia adentro, mediante la “espontánea” asociación de individuos en organizaciones no gubernamentales y no lucrativas.

Hace poco asistimos al chiste de los cuentapropistas marchando organizados para celebrar el primero de mayo. Casi tan gracioso como el de los gays y lesbianas que reclaman libertad para los cinco héroes. O como ciertos intermediarios de Orula, cuyos caracoles profetizan según las órdenes de arriba.

Desde luego que, como una verdad no elimina necesariamente a otra verdad contraria, es probable que aunque nos perjudique de momento, esta nueva maroma política de nuestros caciques termine volviéndose contra sus propios planes. Sin embargo, aun cuando así fuera, no es motivo suficiente para celebrarla.

Ni para asumirla con espíritu trágico. Sólo con la seriedad que requiere. Pues aunque a simple vista no se muestre sino como otra pincelada del pintoresquismo totalitario, sin duda está regando un tósigo con el que tendremos que lidiar en el futuro, a la hora de organizar en Cuba una auténtica sociedad civil.

Tampoco hay que olvidar, no más faltara, los esfuerzos que desde hace tiempo desarrollan algunos grupos de la oposición pacífica por impulsar la organización de esa auténtica sociedad civil que tanto necesita el país, y que demanda a gritos. Ni hay que olvidar el ensañamiento con que los cuerpos represivos del régimen atacan sus más mínimas manifestaciones, demostrando con ello (si fuera necesario que lo demostraran aún más) su absoluto irrespeto ante el empeño, siempre que el empeño no sea viabilizado a través de su tutoría.

Es un asunto que se las trae, por su amplitud y su complejidad. De modo que habrá tiempo de volver a tratarlo. Pero algo sí debe quedar dicho desde el inicio, y es que los amantes de la libertad y del progreso no debemos confundir el objetivo:

Nuestra gente que hoy se suma a esas nuevas asociaciones, fundaciones, organizaciones cívicas y sociales, no debe ser vista necesariamente como cómplices conscientes de la trampa urdida por el régimen. Apenas son sus víctimas. Y por doble partida. Víctimas del engaño en sí mismo, y también del clima de penuria económica, indefensión política, vacío institucional e incertidumbre colectiva en el que nacieron y crecieron y en el que todavía viven.

¿Acaso no sería mucho pedir que se proyecten con sabiduría y responsabilidad para reclamar sus derechos individuales, quienes, a lo largo de varias generaciones, fueron desposeídos del yo íntimo y educados para ser dóciles autómatas?

Nos guste o no, lo cierto es que no podemos esperar que asuman con la seriedad o la profundidad requeridas el rol que verdaderamente les compete dentro de la sociedad civil, porque que no lo conocen. La mayoría ni siquiera sabe lo que significan esas dos palabras juntas, como concepto, y claro que no tienen la menor idea sobre cómo deben funcionar en la práctica sus instituciones.

Son como la clásica mosca dentro del frasco. Y es natural que apenas vislumbren un hueco por donde escapar, se lancen, aunque el hueco conduzca a una hoguera. Enjuiciarlos por eso sería, además de una pérdida de tiempo, una injusticia. Entonces tal vez no quede otro remedio que seguir tratando de buscar junto a ellos alguna alternativa para escapar del frasco sin perecer en el intento.

 

 

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