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Entierro con aplausos

Rogelio Fabio Hurtado, Primavera Digital

Marianao, La Habana.- Donde quiera que esté el compañero Humberto Pérez, aquel ministro de Economía que intentó ponerle el cascabel al caballo antes de ser echado del establo, tiene que sentirse muy satisfecho: los actuales funcionarios a cargo de ejecutar las órdenes superiores están enterrando al tosco totalitarismo artesanal de antaño sin dejar de aplaudirlo.

Coincidí en días pasados con un amigo albañil y lo noté cambiado; la cara de resignación a la miseria había desaparecido, ahora los ojos le brillaban y sus palabras y gestos portaban un brío de estreno. Ahora era socio de una cooperativa y el monto de sus ingresos ya abultaba en su bolsillo. Podía hacer compras sin necesidad de ninguna autorización. Ya no era un siervo del burócrata. Me alegré y se lo dije.

Muchos años atrás, yo mismo había experimentado una sensación semejante, cuando fui echado de la categoría administrativa por negarme a participar en un aberrante acto de repudio y empecé a ganarme la vida vendiendo flores por la calle.

La diferencia es que yo lo hacía al margen, jugándole cabeza a inspectores y policía, mientras ahora él cuenta con el visto bueno de todos "los factores".

Entonces, se me presentaron dos preguntas: ¿Por qué las autoridades tardaron tanto en abrir estos portones y hasta dónde permitirá la microeconomía nacional, al parecer siempre misérrima, estos bolsones de prosperidad?

La primera tentativa de respuesta, desde mi limitado horizonte de francotirador, sería que las autoridades miran mucho más a la estabilidad de sus intereses políticos que a propiciar la contentura parcial de una parte de la población. Sabido es que el igualitarismo fue su prioridad, medido siempre por lo mínimo, porque lo máximo solo ha sido atributo de muy pocos. Así, mientras la gente ha soportado casi sin chistar, la prensa sumisa ha vitoreado "la capacidad de resistencia", sin iluminar la desmesurada miseria que han echado encima del "pueblo trabajador".

Han brillado por su ausencia los intelectuales dispuestos a denunciar de inmediato las graves consecuencias que esa doble política impondría sobre la población.

Ahora, que se desbordan los pésimos resultados, procuran los voceros telegénicos recibir con sonrisas de novedad algo que está muy lejos de ser nuevo: el mercado.

¿Podrán sobrevivir, dentro de la asfixia habitual de la economía estatal, estos pequeños globos de prosperidad?

Responder tajantemente esta cuestión demanda un conocimiento de precisiones que no está a mi alcance. Sabemos que la fórmula del trabajo esclavo, favorita de los colonizadores gallegos, fracasó, porque la dinámica económica moderna exige que la población cuente con un ingreso que le permita consumir voluntariamente. Es por esa bolsa que entran en competencia los productores, quienes deben satisfacer patrones de calidad al costo más bajo posible, para presentarse al mercado con una oferta que reúna calidad y precio.

Estas complejidades hasta no hace mucho no existían para los señores de la economía planificada: yo te oferto lo que me da la gana y tú tienes que comprármelo porque "no hay más ná".

Ahora, habría que empezar por calcular la cifra de dinero real de la que dispone la población. Imagino que la cuadrilla del coronel Murillo la puede manejar mejor que yo, sobre todo a partir del control de las remesas.

El mercado tiene de bueno que es mucho más real: lo que fructifica, permanece y lo que no, quiebra. Su introducción a pequeña escala, les permite monitorear hasta donde pueden expoliarlos a favor del mantenimiento de su burocracia hegemónica, aspecto del todo esencial para ellos. Este pulso de los impuestos están aplicándolo. Me parece, como neófito, que los problemas se presentarán a medida que el éxito parcial de esas reformas demande cada vez más espacio vital dentro de la economía, hasta llegar a colisionar con la hasta ahora sacrosanta esfera estatal, sector para el cual no se vislumbran expectativas de progreso, defendido artificialmente por su control político sobre el Estado

¿Qué le espera a mi amigo albañil asociado? Por supuesto, todo no será color de rosa...

 

 

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