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¿En qué rincón de la historia olvidamos la felicidad?

Lilianne Ruíz

LA HABANA, Cuba, www.cubanet.org.- Una guagua en La Habana es un horno grasiento, oloroso a sudor, que se quisiera evitar. Especialmente en el mes de mayo, a las 4 de la tarde. Si se consigue un asiento y se sale un poco de la aglomeración, parece el toque de la fortuna. Pero los cubanos hemos olvidado muchas cosas importantes en medio de tantos discursos.

Las guaguas tienen unos asientos amarillos que son los que la gente llama “de embarazadas, y de niños”. Son seis asientos, nada más; incluso, en algunas rutas hay solo tres. El dibujo encima de dichos asientos no indica que sean para los ancianos y por eso es posible ver a las abuelas de pie, esperando por la conciencia que en muchas ocasiones tarda demasiado.

Una mujer que ha logrado subir a la guagua con un niño de unos siete años y uniforme escolar, después de atravesar el pasillo, se coloca delante de una señora de unos 50, que lleva un cake cubierto de merengue rosado. Está sentada  en el asiento de los niños. La madre dice que ella le llevará el cake, pero que permita que el niño se siente porque hay mucho calor y está muy cansado. Pero la señora responde  que es un niño mayor y que no tiene derecho a ocupar el asiento.

Los ojos de la madre se encienden de ira. Tratemos de imaginar a qué hora se ha levantado para ir a trabajar y llevar el niño a la escuela, cómo se arregla con un salario ínfimo para procurar la comida de la familia, las meriendas escolares, los zapatos; en qué momento le falló el miedo y se atrevió a decir:

-Ese que usted dice ser el tamaño del derecho de mi hijo, es el tamaño de la humanidad de usted. Eso es lo que ha hecho el comunismo con este pueblo: le ha hecho olvidar los porqués más importantes de la vida.

La señora sentada prorrumpió amenazas: que si “cuidado con lo que dice porque usted tiene un niño que criar y le pueden hacer pagar por sus palabras”.

Esas amenazas están inscriptas en la tradición revolucionaria.  Lo que no puede hacer nadie es convencer a una parte significativa del pueblo de las “intenciones humanitarias” del régimen, donde  la libertad (¡la libertad para disentir!) no es reconocida como el valor más importante de la persona.

La falta de costumbre de libertad ha dado lugar a la falta de conciencia en la responsabilidad individual.

En un artículo de Carlos Alberto Montaner, a propósito de la violencia perpetrada en la Asamblea Nacional de Venezuela contra once diputados de la Unidad Democrática, se lee: “Esa es lógica del castrismo en su más pura esencia: al enemigo se le intimida, golpea o encarcela hasta que obedezca. Y si resiste tercamente siempre es posible fusilarlo como una forma de escarmiento colectivo”.

Nuestra historia está llena de ejemplos, que probablemente la joven madre no haya tomado en cuenta para decir sus palabras. Que el comunismo deshumaniza y es incompatible con la Carta Internacional de Derechos Humanos, son consideraciones posteriores: una madre puede, en 20 segundos, desbaratar el discurso oficial cubano.

Además de darle la razón -acerca del olvido que ha cultivado este sistema-, me sigo preguntando en qué rincón de la historia los cubanos hemos olvidado también la felicidad.

 

 

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