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En Cuba puede faltar la comida, pero el ron no

Yeniel describe a sus padres como a “un par de bestias” que desayunan, almuerzan y comen “chispaetrén”

Ernesto Pérez Chang, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- “Yo me he ido hasta por un Planchao [ron barato envasado en cajas de cartón encerado]”, me dice Yeniel, un joven que asegura haber intentado varias veces escapar del alcoholismo.

Desde los 16 vive de la prostitución y afirma que fue su oficio quien lo convirtió en un adicto y no esta dependencia la que lo obligó a cambiar sexo por alcohol, sin embargo, reconoce que comenzó a beber desde los 12 años, quizás desde mucho antes, en su natal Granma, estimulado por los amigos pero, sobre todo, por sus padres, a quienes él mismo describe como a “un par de bestias” que desayunan, almuerzan y comen “chispaetrén” [bebida alcohólica artesanal muy común entre los cubanos de pocos recursos].

 “No es que me guste pero cuando llegué a La Habana eso fue lo único que encontré para vivir [se refiere a la prostitución]. (…) Un brother fue el que me metió en esto y me cuadró un tembón [persona de edad avanzada] que me daba un fula [dólar] cada vez que estaba con él pero no había forma de meterle el diente, así que me jumaba [emborrachaba] un poco. (…) Ya desde la secundaria yo tomaba, no todos los días pero sí los fines de semana. (…) Eso es normal. En todos los lugares eso es normal. En mi pueblo la gente empieza a tomar desde chiquito y eso se aprende. Hay gente en mi pueblo que cuando tienen un chamaco lo primero que hacen es mojar el dedo en ron y mojarle la boca, para hacerle estómago, eso dicen que es bueno. Mi abuelo se murió con 90 años y tomaba de todo. (…) Hay quien no sabe tomar. A mí lo que me pasó es que me prendí [se convirtió en adicto] y llegó el día en que si hacía un peso me lo gastaba en ron, incluso hasta me iba por un Planchao, con quien fuera. No pensaba en otra cosa”.

Con 27 años, a Yeniel le faltan casi todos los dientes. La piel, apagada y curtida, aparenta ser la de un hombre mucho mayor. Asegura que no bebe desde hace cuatro meses pero su aliento revela que no ha dejado de hacerlo, incluso, mientras conversamos, sentados en un banco del Parque Central, su mirada se escapa tras las personas que pasan bebiendo, sobre todo aquellos hombres que en las tardes acuden al lugar con el fin de atraer a jóvenes que viven, al igual que Yeniel, de trocar  sexo fugaz por alcohol.

En Cuba escasean los alimentos, sin embargo, en los establecimientos de comidas ligeras, así como en las bodegas y mercados, jamás falta el ron barato. Tampoco las pipas de cerveza o ron a granel en las plazas de los barrios, incluso la mayoría de ellas son gestionadas y administradas por el gobierno a través de los Consejos Populares. Se pudiera hablar de una “invitación oficial” al consumo excesivo.

Como afirma Edúvar Pontón, un exfuncionario de Comercio Interior que tenía a su cargo el suministro de bebidas alcohólicas en la red minorista de varias localidades en Arroyo Naranjo, si se interrumpe el suministro de alcohol, “eso hasta puede terminar en reuniones en el gobierno [se refiere a las instancias locales] (…) porque era una prioridad y la sigue siendo. (…) El alcohol hay que salirlo a buscar hasta debajo de la tierra pero tiene que estar ahí. Puede faltar el huevo, el arroz pero el ron y los cigarros, no. Ni jugando. ¿Tú quieres ver a la gente tirada para la calle con carteles? Quítales el ron (…). Cuando en el Período Especial [años 90] no había ni jabón de baño, el ron no faltó, hasta lo daban por la libreta. La gente no protesta por otras cosas pero por el ron, matan”.

“¿Tú no has oído decir que para aguantar esto hay que estar loco, dormido o borracho?”, nos dice Pedro, quien se reconoce como un “gran bebedor” pero no como un borracho: “El borracho es el que anda por ahí tirado, yo a veces voy al bar a conversar, a relajarme y a ver qué pasa. La vida te da sorpresas, ¿no? El cubano es así, le gusta la curda [beber hasta emborracharse]. De otro modo no se puede seguir inventando. (…) Gano mi dinero y lo gasto como me da la gana. Hay que irse de este mundo lo más contento que se pueda”.

Ailién, un joven que bebe sentado en la acera de un bar de Centro Habana, sí acepta que está “casado con el alcohol”: “¿Por qué te voy a decir mentira?, sí me gusta tomar”. Ailién no tiene trabajo actualmente y esquiva la pregunta sobre lo que hace para conseguir el dinero que gasta en su adicción: “Tú sabes, el dinero aparece. Aquí en La Habana siempre aparece el dinero”.

Sobre las causas de su alcoholismo, refiere que jamás probó el alcohol antes de los 18 años pero que, cuando perdió el trabajo y se trasladó de Guantánamo a La Habana, comenzó a beber para “olvidarse de los problemas”: “Aquí la vida es dura. Es un poco mejor que en Oriente pero no es fácil. Esto te ayuda [se refiere a la bebida] a no pensar mucho, pensar demasiado no es bueno”.

En las cadenas de tiendas en divisa, las estanterías para los artículos de primera necesidad están desoladas, las neveras solo exhiben uno o dos productos de pésima calidad y a precios inalcanzables para los cubanos que viven de un salario estatal, no obstante, se ofertan licores de todos tipos y de diversas procedencias tal vez porque son inmunes a esa voluntad gubernamental de reducir las importaciones.

Las estadísticas oficiales sobre el consumo de alcohol en Cuba muestran cifras verdaderamente preocupantes, mucho más cuando se las relaciona con los índices de suicidio, de muertes por accidentes o por violencia. Hasta en la prensa oficial, donde siempre se evitó ahondar en otras muchas aristas del fenómeno, se comienza a reconocer que ha habido estímulo al consumo, unido a una legislación y programas de prevención inefectivos. Mientras tanto, algunos analistas en los medios de prensa independientes han señalado tales incentivos como un solapado método de control.  Sea cual fuere las causas del aumento de las cifras de víctimas del alcohol, lo cierto es que el alcoholismo en Cuba no puede continuar siendo analizado como un simple asunto de adicciones.