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Emigrar, lo demás no importa

Jorge Olivera Castillo, Primavera Digital

Habana Vieja, La Habana.- Ganar partidarios para la lucha prodemocrática, es un propósito cada vez más engorroso. El mayor interés para el cubano promedio comienza y termina con la idea de marcharse del país en cuanto le sea posible.

En términos comparativos, muy pocos optan por enrolarse en las agrupaciones contestatarias. Una  proporción notable de los que deciden ser partícipes en la reivindicación de los derechos fundamentales, lo hacen con el objetivo de reunir los avales correspondientes para ser elegibles en el Programa de Refugiados que mantiene el gobierno de Estados Unidos a través de su Oficina de Intereses en La Habana.

Una de las causas que impiden un mayor avance en la lucha por situar a Cuba fuera de las coordenadas del autoritarismo, radica en lo que se ha sedimentado en el imaginario popular: irse o adaptarse a la compleja realidad impuesta por un sistema donde es preciso corromperse para cubrir las necesidades básicas.

Aunque existen suficientes elementos que justificarían protestas de carácter masivo, nada de esto ocurre. El miedo paraliza u obliga a que las divergencias se ventilen en espacios seguros. Desbarrar contra el gobierno entre las cuatro paredes de la casa o en una conversación con amistades cercanas, es una opción de bajo costo que sirve para exorcizar las amarguras y desesperanzas, sin correr el riesgo de ser huésped de un calabozo patrullado por ratas y mosquitos, el objeto de una golpiza protagonizada por fuerzas parapoliciales o la persona que recibe en un tribunal la orden de permanecer por lo menos un año tras las rejas.

Puede ser que en ocasiones haya este tipo de manifestaciones en público, pero casi siempre de manera informal, nunca o rara vez, con el propósito de alentar algún conato contra el régimen.

El miedo a recibir algún tipo de castigo por renegar abiertamente del estatus quo, ha estandarizado conductas situadas en las antípodas de la moral y la ética.

En este enrarecido entorno, la misma persona que aplaude el discurso del poder, y que incluso podría ostentar un cargo en alguna o varias de las principales organizaciones sociales o políticas, es proclive a adoptar un papel protagónico en el mercado negro.

Otro ejemplo a exponer, de una interminable lista de hechos que determinan el fracaso de una ideología capaz, según sus creadores, de modelar un ciudadano inmune al impudor y todo lo que pudiera estorbar en su camino hacia la perfección, es la voluntariedad para integrar las hordas que gritan y golpean a los infractores del orden establecido por la nomenclatura.

Tal postura la asumen en aras de tapar sus fechorías como destacados pilares de la economía sumergida o en pago a los perdones recibidos tras cometer alguna ilegalidad, de las que se ejercitan día a día a razón del inaplazable mandato de la supervivencia.

En la actualidad son muy pocos los que se afilian a esas coreografías del odio de forma espontánea.

Al observar la multitudinaria espera en las inmediaciones de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba, con el fin de gestionar visas por reunificación familiar, visita temporal o refugiado político, es obligado pensar en lo difícil que resulta reunir una masa crítica que abogue por los derechos fundamentales, fronteras adentro.

A los cubanos que aguardan por salir del país, les importa un bledo el drama de sus coterráneos que eligieron enrolarse en la contienda a favor de la instauración de una república sin caudillos, prohibiciones humillantes y excesos represivos.

Hace pocos días, al indagar entre los cubanos concentrados en las afueras de la legación norteamericana, si conocían al intelectual disidente Antonio Rodiles, quien desde el 7 de noviembre se encuentra detenido en una estación policial de La Habana después de recibir una soberana paliza en el momento del arresto, las respuestas subrayaron un patrón inalterable.

"No sé de que usted me está hablando", "Yo no me meto en política", "No me compliques la vida, mi propósito es irme, lo demás no es asunto mío".

Con estas posturas, la democracia por la que muchos cubanos abogamos, a merced de vicisitudes y riesgos, no es un objetivo fácil. A pesar de todas las adversidades, aún quedan reservas de esperanzas a pruebas de extinción.

 

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