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Elecciones ¿para qué?

 Editorial, Primavera Digital

La Habana.- Hace más de cincuenta años, en 1959 y en medio de la efervescencia del triunfo de la insurrección liderada por Fidel Castro, surgió la consigna: "Elecciones ¿para qué?". Estuvo entre las primeras consignas lanzadas por el entonces joven líder revolucionario Fidel Castro y fue clave para colapsar a la república e instaurar la dictadura militar totalitaria comunista que se consolidó más tarde.

El pasado 3 de febrero hubo elecciones en Cuba con presos políticos y una represión política dirigida contra la ciudadanía que parece que no terminará nunca. Las elecciones para diputados y delegados a la Asamblea Provincial del Poder Popular, la Asamblea Nacional y el resto del gobierno, han tenido la trascendencia de la clásica "Crónica de una muerte anunciada" garcía-marquiana. Todo el mundo conocía en Cuba que los 612 diputados nominados ya estarían electos a priori.

El sainete electoral cubano tiene mucho de teatro bufo. ¿Qué sentido tiene elegir diputados que transitan más allá del umbral de la senilidad como es el caso de los diputados Armando Hart Dávalos, Melba Hernández, José Ramón Fernández y hasta Fidel Castro?

Se trata de que el parlamento no debate, vota con unanimidad cuanta iniciativa le es presentada por las instancias de poder del partido único.

Como afinado coro de obedientes cantores, los diputados corales de La Habana aprueban todo lo que la superioridad determina que debe ser aprobado. Hablan cuando son conminados a hacerlo y no se recuerda una sola discusión en que hayan confluido puntos de vista divergentes o que al menos un diputado haya discrepado de la orientación promovida desde "arriba".

Si se toma en consideración lo anterior, vale preguntarse qué sentido tendría participar en una farsa dirigida a legitimar el ejercicio inmodesto y omnímodo del poder desde una élite empoderada por la fuerza y con la fuerza, hace más de cinco largas y aburridas décadas.

Ante semejante circunstancia, acudir a las urnas solo contribuye a legitimar el actual estado de cosas. Subordinarse a un sistema electoral viciado desde su origen y legitimarlo con la entrega de firmas, iniciativas ciudadanas y cosas de ese estilo, no conducirá a parte alguna. Promover un abstencionismo que ponga en crisis el actual sistema electoral debía ser la primera entre las prioridades de la oposición interna cubana.

Si existe un momento para que la añeja consigna anti-democrática de hace cincuenta y cuatro años revierta su efecto y se convierta trasmutada por la decepción, en palabra viva de esta actualidad frustrante, ese momento es ya.

Repitamos hasta que se convierta en eco repetido y compartido: ¡Elecciones para qué! Rechacemos comicios con listas de candidatos de partido único. Hasta que no podamos elegir por lo diferente, clausuremos las urnas viciadas que nos ofertan los totalitarios representantes de la noche más oscura que ha ensombrecido a la nación cubana con cárcel, paredón, delatores, miserias, corrupciones y privilegios por más de cincuenta años.

Elecciones, ¿para qué?

 

 

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