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Elecciones en Venezuela: resignación o apatía entre la población cubana

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, abril - He caminado por las calles de La Habana con las orejas en ristre, atento a cualquier vaticinio o a las más ligeras conjeturas sobre posibles consecuencias de las elecciones que tienen lugar este domingo 14 de abril, en Venezuela. He conversado con vecinos, conocidos y parientes, a quienes pregunté directamente sobre el asunto. Y aunque a muchos pueda parecerle extraño, no consigo percibir esa gran tensión que se supone entre nuestra gente de a pie ante un acontecimiento en el que podría estar en juego nuestro futuro inmediato.

Tal vez sea porque los medios informativos del régimen han desplegado una tenaz ofensiva, con imágenes y discursos triunfalistas, en procura de que a nuestra gente no le quepan dudas sobre la victoria por amplio margen del heredero escogido por Chávez. Es una posibilidad. Y otra es que luego de haber convivido durante tanto tiempo con el fracaso y con la permanente mala nueva, aquí los asumimos ya con una muy peculiar impavidez, en plan zombi, aunque sepamos que la tierra está a punto de abrirse en dos bajo nuestros zapatos.

En cualquier caso, si raras pueden resultar para algunos la tranquilidad y aun la apatía con que el cubano corriente se muestra ante la inminencia del hipotético día cero, más raro resulta que el régimen tampoco haya exteriorizado la menor inquietud. Ya sabemos que nuestros caciques son reyes de la simulación, pero también hemos aprendido a identificar sus pantomimas. Podemos desconocer qué ocultan, pero cuando ocultan algo, es difícil que no lo advirtamos. Ahora, por ejemplo, ocultan algo. Sin embargo, no parece que sea preocupación o sobresalto ante la eventualidad de que Nicolás Maduro pierda el pulso ante Capriles.

¿Será que estos ancianos zorros, campeones de la martingala y los rejuegos políticos, se están auto-engañando como niños al confiar en un triunfo electoral que no parece seguro ni para los propios chavistas? ¿Acaso dan por hecho que, ocurra lo que ocurra en las urnas, el chavismo conservará el poder en Venezuela al menos durante el próximo lustro? ¿O será que de alguna manera “providencial” los caciques de Cuba se las arreglaron para aprovechar los últimos días de Chávez sobre la tierra, abasteciéndose con las reservas materiales que les permitan tirar sin grandes sofocones sus últimos cartuchazos?

Lo que está en el corazón del ñame sólo el cuchillo lo sabe, asegura un refrán popular. Y el hecho es que ante la amenaza de un virtual descalabro del chavismo, hay otros presidentes latinoamericanos entre los que creemos notar mayor preocupación y zozobra que entre nuestros propios caciques. ¿Será porque, dadas las estructuras políticas de sus respectivos países, a esos presidentes les va a resultar más difícil conservar el poder sin los subsidios bolivarianos?

¿Aceptaremos otra vez como válida la tan llevada y traída convención de que los caciques están acostumbrados a que el pueblo se resigne y aguante quieto en base cualquier crisis, por dura que sea, y que esencialmente es el motivo por el cual aunque les preocupe, no les asusta una eventual derrota del chavismo?

Las circunstancias imponen que aún más que con afirmaciones siempre relativas y peregrinas, sea con preguntas como enfoquemos este nuevo capítulo de suspense, terror y misterio. Después de todo, sea cual fuere, el desenlace está al doblar de la esquina. Y por más que nunca conozcamos las respuestas para algunas de estas interrogantes, una conclusión, al menos una, podríamos inferir desde ahora mismo, luego de tantas falsas expectativas y reales desilusiones. Y es que el fin del totalitarismo avasallador que sufrimos jamás nos caerá del cielo, ni a partir de lo que hagan los ciudadanos de otros países.

El destino de Cuba, por más que nos cueste entenderlo, sigue estando finalmente en manos de los cubanos. Aun cuando Maduro se caiga de la mata este domingo, o aguante cinco años más antes de terminar pudriéndose irremediablemente entre el mal influjo fidelista, la corrupción, la violencia y el desgobierno.

 

 

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