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El tío que regresa

Rogelio Fabio Hurtado, Primavera Digital

Marianao, La Habana.- Ahora que el Tío Sam regresa, conviene repasar un poco la historia. Para ello, le echaré mano a un viejo libro, “Nuestra Colonia de Cuba”, de Leland H. Jenks, quien nos legó una visión crítica de la primera entrada en Cuba del poderoso personaje.

Dada la vecindad geográfica, a partir del siglo XVI hay contactos esporádicos entre la Isla y la vecina península de la Florida, región que perteneció a España hasta las primeras décadas del siglo XIX.

Durante la guerra de independencia norteamericana, los rebeldes contaron con la ayuda de expediciones portadoras de armamentos y vituallas, que partieron desde puertos cubanos.

Las relaciones comerciales entre Cuba y su gran vecino continental datan del siglo XVIII y se incrementaron considerablemente a partir de 1778. “Los comerciantes yanquis hicieron buen negocio cambiando jamón, harina y quincallería por azúcar, café, miel y ron”.

Después de 1818, se generalizó la actividad comercial, y muchos norteamericanos se establecieron en Cuba.

El primer ferrocarril (Habana-Güines, 1837) fue obra de ingenieros, capataces e inspectores norteamericanos.

Hacia 1828, un norteamericano propietario de una plantación de caña de azúcar, fundó en la costa norte, cerca de la ciudad de Matanzas, un embarcadero que llegaría a convertirse en la actual ciudad de Cárdenas.

En 1850, los Estados Unidos exportaban mercancías a Cuba por 8 millones de dólares, mientras importaban por un valor de 12 millones.

Entre 1840 y 1860, los norteamericanos cuadruplicaron su consumo de azúcar. Para entonces, más de la tercera parte del comercio exterior cubano se realizaba con los Estados Unidos, quien era ya el primer socio comercial de la Isla, por encima de la metrópoli española.

“Los Estados Unidos eran el destino más conveniente para la juventud cubana trabajadora y estudiosa”, apunta el autor.

Después de la Guerra de Secesión, los Estados Unidos llegaron a depender exclusivamente del azúcar cubano.

Cuba era considerada, a mediados del siglo XIX, la colonia más rica del mundo.

El prestigio de La Habana está presente en la gran novela histórica “Lo que el viento se llevó.”

Sin agotar por supuesto el tema, me permitiré recordar que en fecha tan lejana como 1876, España se comprometió con los Estados Unidos a ponerle fin a la Guerra de los Diez Años decretando una amnistía y la emancipación de los esclavos, como medidas que facilitarían la concesión de la autonomía política. No obstante, según Jenks, “Cuba progresaba muy lentamente hacia la autonomía. Los españoles continuaban ocupando todos los cargos y Cuba continuaba siendo la presa de aventureros españoles de las clases media y baja.”

No creo exagerado llamar la atención acerca de esa manera de negociar.

Como expresión de nuestros mejores deseos, le recordaré al Tío Obama las palabras de un funcionario norteamericano de entonces, Sereno E. Payne:

“Hagamos que Cuba prospere en estrechas relaciones comerciales con los Estados Unidos. Llevemos allí el capital norteamericano, que desarrolle la Isla y proporcione trabajo a sus habitantes. Multipliquemos la capacidad adquisitiva del pueblo, como la hemos multiplicado en los Estados Unidos…para que el pueblo quiera más, compre más y esté dispuesto a pagar precios más altos, porque gane salarios más elevados…En ese proyecto hay millones para los agricultores e industriales de los Estados Unidos.”

Si bien la Cuba de hoy no es aquella cándida analfabeta del siglo XIX, como programa mínimo, no está nada mal.