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El regreso de los bolos

Víctor Manuel Domínguez

LA HABANA, Cuba, octubre, www.cubanet.org -Los nuevos rusos que visitan La Habana dicen que para ellos ha cambiado todo para bien. Al menos, no tienen ninguna restricción para viajar, organizan cualquier negocio particular en su país, y hacen con su dinero lo que les parezca mejor.

Nadie que los haya visto en la Cuba de los años 70, los reconocería hoy. De aquellos camaradas, que parecían más desamparados que la calle homónima de esa Habana Vieja donde hacían trueques de chocolate por ron, o carne rusa por sábanas, entre otros malabares para sobrevivir al socialismo real de la época, no queda nada. La magnitud del cambio de los “bolos” o ex tovarichis supera la imaginación y maravilla a los cubanos, esperanzados de que algún día también podamos experimentarla.

Los  entonces soviéticos, traídos principalmente a la Isla como asesores técnicos, unos, o en cumplimiento del servicio militar obligatorio de su país, con sus cabezas rapadas, y enfundados en holgados overoles verde olivo y brazos, más que técnicos o soldados, parecían espantapájaros.

Tímidos, con la mirada baja, pese a ser ciudadanos de la potencia imperialista que mantenía viva la economía de nuestra Isla, llegaban desde Ucrania, Kirguisia o la estepa siberiana, a compartir la miseria y la ideología que nos inyectaban hasta a través de aquellos intragables programas de idioma ruso por radio. Cuentan que los primeros que llegaron, en los años 60, cuando aun quedaba en La Habana mucho del esplendor capitalista de la llamada “Paris del Caribe”, no podían esconder el asombro ante lo que veían.

Hoy la imagen que ofrecen es totalmente diferente los hijos de nuestra antigua metrópoli. Seguros de sí mismos, los rusos que nos visitan aprovechan cuanto placer se le cruza en el camino, y pasean con aire de conquista por la Avenida del Puerto de la Habana, o por el bulevar de Obispo, en shorts, zapatillas Adidas y gorras de los Yanquis de Nueva York.

Apenas desembarcan de un buque escuela o comercial, en la rada capitalina, comprenden que sus opciones de establecer relación con los cubanos son diversas y sin distinción de géneros ni razas; y muy bien que las aprovechan.

Muchachas de a dos por veinte dólares, con algún nivel de instrucción, experiencia y glamur, compiten con chiquillas principiantes, de a cinco dólares más una merienda, para ofrecerles servicios de excelencia sexual, o servirles de acompañantes durante su estancia habanera.

Además, como complemento, gracias a su origen extranjero y solvencia monetaria, muchachos con títulos de bachiller y diplomas de la universidad de la calle, los asedian para venderles tagarninas criollas enfundadas en cajas de tabacos Vegas de Robaina, y tumbarlos vendiéndoles ron casero envasado en botellas de Havana Club Añejo 7 años.

Un marinero ruso (que chapurrea el español) me asegura que en las calles de La Habana, aún sin las libertades del actual Moscú, todo puede suceder; siendo extranjero y con dinero todo se puede conseguir. Lo mismo una relación duradera,  un buen negocio, una buena estafa, un buen rato de sexo barato o una enfermedad venérea.

Acompañado en la mesa del café El Jardín del Oriente, por muchachas cuyas edades rondan entre los diecisiete y los veintitrés, expresó que su padre no tuvo esta oportunidad de gozar Cuba como hoy la goza él, aunque pasó el servicio militar aquí en tiempos de la Unión Soviética.

Al preguntarle si fue en la unidad de Naroca, en Santiago de las Vegas, me dijo que no sabía, pues su padre de lo único que hablaba era de lo mal que la pasó. Me contó que hoy, gracias a la desaparición del comunismo en Rusia, al padre le va muy bien, con un pequeño negocio de libros raros y de uso en la calle moscovita de Arbat.

Irreverentes, ansiosos por conocerlo todo, deambulan de un sitio a otro como si no tuvieran otra oportunidad. Cada paso que dan, o propuesta que reciben, es una ocasión para vivir. No tienen límites estos nuevos rusos libres.

Quienes los ven pasar, los miran con envidia o admiración. Mientras unos lo acusan de oportunistas y engreídos en el trato con las muchachas de ocasión que encuentran a su paso, otros les desean la mejor de las suertes y los felicitan por haber alcanzado la libertad que nosotros aun no hemos logrado.

 “Abusan de nuestra miseria”, dijo una señora que salía del anfiteatro de la Habana Vieja, al ver pasear a unos rusos acompañados de varias jovencitas por el malecón.

Un joven que acompañaba a la señora, sin mirarla siquiera, le contestó: “Allá quienes se venden. Y si hoy lo hacen con los rusos, ayer lo hacían con un esperpento español, y mañana lo harán con un carcamal inglés. Al que la perestroika se lo dio, la glasnost se lo bendiga. Ya nos tocará a nosotros”.

Mientras tanto, los nuevos rusos aprovechan campeando por su respeto en La Habana. Ellos, mejor que nadie, saben que cuando aquí, como ocurrió en su país, termine la pesadilla comunista, todo cambiará. Al menos, subirá el precio de las prostitutas.

 

 

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