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El racismo que no se ve

Todavía para los cubanos, especialmente los blancos, la discriminación racial sigue siendo un tema incómodo

Luis Cino Álvarez, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- El pasado domingo 2 de octubre, cuando asistí a la presentación en el Art Emporium de Miami del libro La huella africana en Cuba, de Juan Antonio Alvarado, y los números 6, 7 y 8 de la revista Identidades, pude apreciar que todavía para los cubanos, especialmente los cubanos blancos o que dicen serlo, sigue siendo un tema incómodo el de la discriminación racial.

Apenas pudieron abundar sobre el tema los panelistas, el líder opositor Manuel Cuesta Morúa, la activista Martha Adela Tamayo y el escritor José Hugo Fernández. A la mayoría de los asistentes, que se negaban a admitir la existencia del racismo entre cubanos, se les hacían incómodos los términos “afrocubanos” y “afrodescendientes” y cuestionaban la existencia dentro de la sociedad civil contestataria de organizaciones dedicadas a la lucha por la reivindicación de los negros -como Ciudadanos por la Integración Racial-, ya que según plantearon algunos, traban y crean desunión entre los que luchan por la libertad y la democracia, y en contra de un régimen que pisotea los derechos tanto de los negros como de los blancos.

Es comprensible que esto ocurra particularmente entre los cubanos de Miami: el exiliado tiende a la idealización de la patria, a olvidar con facilidad sus defectos.

Argumentos tales como que ser cubano es más que ser blanco o ser negro, han sido repetidos desde los tiempos de la Guerra de Independencia, empezando por José Martí. Pero de poco han valido. No por ello nuestra nación ha sido más inclusiva. Todo lo contrario. Convenientemente manipulados, esos argumentos han servido para neutralizar a los discriminados y, encima de eso, hacerlos que se sientan culpables.

Ocurrió en 1912, cuando el ejército masacró a los Independientes de Color. Y al principio de la revolución de Fidel Castro, cuando luego que el nuevo régimen declarara el fin del racismo barriéndolo debajo de la alfombra, se hizo impensable que un negro pudiera estar en contra de la revolución, a la que debían estar eternamente agradecidos, ya que según aquel símil rabiosamente racista, “les había cortado la cola, los había bajado de los árboles y los había hecho personas”.

No se asombre por la frasecita. Cualquier cubano se sabe varios chistecitos y refranes a costa de los negros. Como ese de que “los negros, si no la hacen a la entrada, la hacen a la salida”. O cualquier otro, porque hay muchos.

También están los mitos -que “las negras son calientes”, y los negros, desmesurados atletas sexuales-, los prejuicios, los clichés -“sólo sirven para la música y el deporte” y “para atraer turistas con el folklore y la brujería”, como acotaría algún que otro funcionario preocupado por la recaudación de divisas para las arcas del Estado-. Y la mala fama: que si son chusmas, vagos, problemáticos, propensos a delinquir, etc. Puede preguntarle a cualquier agente de la eximia Policía Nacional Revolucionaria.

Y que nadie niegue la existencia del racismo basado en la cantidad de parejas interraciales y el mestizaje resultante, porque al respecto le puedo recordar aquello de “los piolos”, “los blancos y las blancas sucias”, lo de “adelantar la raza” y las quejas de las madres y abuelas que se aterran ante la posibilidad de tener que “peinar trencitas”.

El régimen revolucionario dio por terminada la discriminación, pero luego del impulso inicial no hizo más. Si acaso, ya que todos éramos iguales también en las prohibiciones, proscribió la santería, el ñaniguismo y demás religiones de origen africano y hasta la rumba, esos rezagos del pasado capitalista, ese atraso, como mismo había hecho antes con el catolicismo, el protestantismo y los testigos de Jehová.

Hoy, luego del desmadre que significó el Periodo Especial, algunos altos dirigentes y los “Tío Tom” con permiso oficial para opinar al respecto reconocen la persistencia del problema racial, pero explican que se trata básicamente de un problema cultural. Y tienen razón. Solo que con tales admisiones no basta para desarraigar los prejuicios raciales que impregnan el imaginario colectivo de los cubanos.

Así, los negros y mulatos siguen en minoría en el Comité Central y el Buró Político, también en los roles protagónicos de la TV, en el Ballet Nacional y como empleados de las paladares y los centros turísticos, donde solo pueden ir, si la policía no se lo impide, como jineteras o pingueros. Y son la abrumadora mayoría en las cárceles y los solares. Lo cual no impide que la inmensa mayoría de los cubanos blancos sigan negados a reconocer la existencia del racismo entre nosotros.

Pese al creciente mestizaje, la población cubana, a la par que se hace más vieja, se hace más blanca. Eso, según los datos del último censo de población. Olvídense de la cantidad de negros y mulatos que se ven en la calle. Recordemos que en los censos, las personas, si no tienen rasgos ostensiblemente negroides, suelen declararse blancos. Y las muchachas y muchachos que no lo son, se esfuerzan en aparentarlo, que para eso están el desriz, la queratina y el recurso de no coger demasiado sol y pelarse bien rebajado, para que “la pasa por pelo pase”. Ojalá pusieran en otros asuntos el empeño que ponen en negar o disfrazar su identidad.

No me gusta dramatizar con este tema del racismo, que Cuba no es la Alabama de hace 60 años ni la Sudáfrica del apartheid. Doy la razón a los que se oponen a crear más divisiones de las que ya hay en el campo prodemocrático y desviar la atención del objetivo principal, el fin de la dictadura. En democracia iremos resolviendo los demás problemas. De acuerdo. Pero es que se están acumulando muchos, demasiados…