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El partido no ha muerto, pero se pudre en vida

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, septiembre, www.cubanet.org - De cada diez miembros de la UJC que arriban a la edad en que deben pasar al partido comunista o, en caso contrario, desactivarse políticamente, sólo dos están dispuestos a mantener su militancia; y de estos dos, solamente uno termina engrosando las filas del PCC. Es un secreto a voces que discurre por estos días en La Habana. Mientras otra información clasificada, que también rueda entre bambalinas, da cuenta de que el partido se reduce a paso de conga, sea por vejez y muerte de sus miembros, sea por numerosas solicitudes de bajas para la reunificación familiar en el extranjero, o sea por simple decepción.

A ese ritmo, pronto los caciques del régimen tendrán que ordenar que sus huestes salgan a las calles para la recolección de aspirantes a comunistas, tal y como ahora acopian laticas de cerveza en los basureros para ser recicladas en la industria. También deberán remodelar aquel burbujeante eslogan según el cual los hombres mueren pero el Partido es inmortal, ya que si bien no ha muerto (y justo quizá por no morir a tiempo), el partido se está pudriendo en vida.

Se trata de un doble oxímoron, ya lo sé, pues de la misma manera que no podía morir porque nació muerto, tampoco puede pudrirse porque nació podrido. Pero el hecho es que su vieja cortada como vanguardia revolucionaria del pueblo se está desbarrancando sin remedio en la evanescencia. Y por más disimulado que intenten mantener el sobresalto, es otro secreto a voces que los caciques están perdiendo los pocos pelos que les quedan en las cabezas al constatar el modo en que se comprime, por días, la cifra de casi 800 mil cubanos militantes comunistas, declarada por el propio Raúl Castro, en abril de 2011.

Sean Penn, que ha demostrado ser tan buen actor como tarúpido para la política, dijo hace poco que en unas elecciones libres en Cuba, el partido comunista podría ganar el ochenta por ciento de los votos. Cuando terminemos de reírnos, tal vez valdría aclararle que, a juzgar por las buenas nuevas que corren, ni siquiera el ochenta por ciento de los militantes que aún quedan votarían ahora mismo por su partido, aun cuando representen un número insignificante.

Todavía más, si antes de 1959, el partido comunista disponía de un cinco por ciento de apoyo electoral entre los cubanos, el porcentaje nos parece exagerado para estos días. Y al paso que va, lo será pronto en el seno de sus propios núcleos.

No es que a los caciques les haga falta el partido para dominar en Cuba. Mucho menos actualmente, cuando a fuerza de haber existido tanto tiempo en la virtualidad, está pasando del estado sólido al gaseoso. Sin embargo, aunque no sirve de nada para influir entre la población, les sigue sirviendo como embozo para disfrazar su sistema de poder monárquico, sobre todo ante los amigos y cómplices del exterior, del tipo Sean Penn, socialistas del ombligo hacia abajo, que insisten en ver a nuestra dictadura como un faro, y al pueblo como a las fieras del zoológico, las cuales lucen atractivas sólo si se miran de lejos y rejas mediantes.

Ciertamente, provocan vergüenza ajena quienes, desde Hollywood, o desde las universidades estadounidenses, o desde sus sanctasanctórum en Europa y Latinoamérica, o incluso desde algunas organizaciones de prestigio internacional, como la ONU, persisten en dar crédito a un edicto tiránico como el que nos ordena, a través del artículo quinto de la Constitución de la República: “El Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado…”.

¿En verdad ignoran esos señores la histórica y raigal falta de influencia del partido entre nuestra gente de pie? No ahora, ni siquiera en lo que podríamos llamar sus mejores tiempos. Mientras más extendido en cuanto al número de sus miembros, menos efectivo e influyente fue. Mientras más promovido por la propaganda como vanguardia de las masas, menos capaz de atraer por sus virtudes o ejemplos. Lo que aquí deben los comunistas a los líderes de la revolución, en materia de reconocimiento y asimilación (que no en aclamación) populares, han debido pagarlo con una existencia ficticia en tanto partido político, y a la vez como instrumento represivo al servicio del poder, más antipático mientras más omnipresente. ¿Acaso no lo saben Sean Penn y su pandilla?

¿Desconocen también que desde siempre, pero muy particularmente en la actualidad, las ideas, los planes, los dogmas del partido comunista representan lo más ortodoxo y retrógrado, lo esquemático, lo rígido, lo intolerante, lo incontestable, lo sectario, lo más obsoleto de nuestra historia contemporánea? ¿Tampoco saben que, como poder real, para la mayoría de los cubanos no representa, no ha representado nunca sino la inutilidad y el teque sin sustancia?

Hablo, por supuesto, del partido como institución, y también de sus representantes en el gobierno, que muy poco tienen que ver con una buena parte de los militantes de base, desconocedores generalmente de las obras de Marx, Engels, Lenin… simples fichas desideologizadas, que actuaron y actúan por inercia, cumpliendo órdenes de arriba, y que al parecer sólo recién ahora, apurados tal vez por el reclamo de las tripas, han empezado a pensar con la cabeza.

 

 

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