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El “paradigma” cubano de acceso a la educación superior

Julio Antonio Aleaga Pesant, Primavera Digital 

Cerro, La Habana.- Un refrán muy recurrente apunta que: "No hay peor ciego que el que no quiere ver". En esos términos podríamos referirnos a los representantes de más de treinta universidades de América Latina y Europa, que acaban de celebrar en La Habana un Seminario Internacional sobre Educación Superior y Grupos Vulnerables.

Los académicos argumentaron que escogieron a Cuba como sede del evento debido a las "bondades" que exhibe la isla en lo referido al acceso a ese tipo de educación: la gratuidad de los estudios, así como la no distinción por conceptos de género, color de la piel o procedencia social. Un criterio que fue reafirmado por el señor José Luis Toledo, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, y diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Resulta poco menos que increíble que estos señores no adviertan -o no quieran advertir- que entre nosotros se enseñorea una exclusión no menos lacerante que las anteriores: la político-ideológica. Es decir, que aquí en Cuba no le cierran las puertas de la Universidad ni a un negro, ni a una mujer, ni a un rico o un pobre; pero si el aspirante se declara abiertamente como no simpatizante del gobierno, le expresan por lo claro que la Universidad no es para él. Y no se trata de una reacción coyuntural ante los vaivenes del proceso revolucionario. Más bien clasifica como una estrategia que se emparenta con la definitoria "fuera de Revolución, nada", con la que el máximo líder les expuso bien temprano a los intelectuales cuáles eran las reglas del juego. Dos ejemplos, entre los muchos que podría citarse, sirven para ilustrar lo que hemos señalado.

En 1979 la revolución cubana aparentaba buena salud. El país se había institucionalizado según el modelo soviético, y la colosal ayuda del Kremlin había dejado atrás el lúgubre período que siguió al desastre de la zafra de los diez millones. Sin embargo, las autoridades se sintieron intranquilas debido a las crecientes críticas que circulaban en los predios universitarios, y que alcanzaban a los principales dirigentes de la revolución.

En esas condiciones, el entonces primer secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), Luis Orlando Domínguez, se reunió con los militantes de esa organización en la Universidad de La Habana y, en medio de un acalorado discurso, insistió en dos ideas esenciales: los dirigentes históricos de la Revolución eran intocables, y la Universidad era solo para los revolucionarios.

De inmediato comenzó una serie de reuniones a nivel de aulas y brigadas, conocidas como Proceso de Profundización de la Conciencia, y que a la postre arrojaron la expulsión de cientos de estudiantes que no podían demostrar su adhesión al gobierno.

Más para acá en el tiempo, otro máximo dirigente de la UJC, Julio Martínez, afirmó lo siguiente en el resumen del curso escolar 2008-2009 en el Ministerio de Educación Superior: "En las universidades no tienen espacio aquellos que no son revolucionarios -ni estudiantes ni profesores-, y son las fuerzas políticas las que tienen la autoridad para hacerlos salir de ese espacio que no merecen"1. Imaginen lo que eso significa en condiciones de total monopolio de la educación por parte del Estado.

Ni la actual dirigencia de la UJC, ni la presidencia de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), ni el nuevo zar de la política educacional cubana, Miguel Díaz-Canel Bermúdez -sustituto en esas funciones del "Gallego" Fernández-, han modificado en lo más mínimo la postura oficialista al respecto. Ahí tienen los señores académicos europeos y latinoamericanos participantes en el referido Seminario una muestra de cuáles son los grupos vulnerables en Cuba con miras al ingreso en las universidades.

 

 

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