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El mural, ese arte rupestre revolucionario en extinción

¿Por qué existe todavía semejante fósil viviente de la propaganda castrista?

Ernesto Santana Zaldívar, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- En cierto momento de la película cubana Conducta, cobra relevancia ese objeto de nuestra vida cotidiana que nunca nos importa, el mural, cuando se pone en él una estampilla de la Virgen de la Caridad; algo inverosímil en la vida cotidiana, pero que le sirvió al director Ernesto Daranas para decir muchas cosas que el público comprendió a la perfección.

Sin embargo, en este caso lo más significativo era la estampilla de la Virgen, no precisamente el mural, que sirvió solo de escenario por el papel que se supone que tiene en nuestra vida social: un noticiero de pared con lo más notable de la actualidad, un prontuario colectivo de las ideas básicas que deben guiarnos en la noble empresa de construir una nueva sociedad.

Le preguntas a cualquiera qué cosa es un mural y unos dicen que es donde se ponen las efemérides, o los nombres de los destacados, o las fotos de los mártires, o “donde se exponen nuestras consignas y propósitos revolucionarios”, como me dijo alguien. Los jóvenes mascullan algo y hasta se ríen, o se asombran de una pregunta tan impertinente. Un tipo ya maduro se encogió de hombros y rezongó que “eso es cosa de los viejos recalcitrantes”.

De cierto modo todo eso es verdad, pero no está mal preguntarse por qué cuando uno se despierta todavía el mural sigue ahí. O sea, qué importancia tiene para que el gobierno siga haciendo gastar toneladas de papel, madera, cartulina y otros materiales cuando la mayor parte de las personas no le tiene la menor consideración.

Claro que es una tradición impuesta desde la escuela propagandística soviética, pero el concepto partió del arte popular en los muros, del collage, el grafiti y diversas formas del arte urbano, que el aparato ideológico comunista convirtió en pantalla para proyectar los monstruos de su razón en la comunidad básica y en la muchedumbre extensa. Ya sabemos que puede haber carteles, letreros y fotos del panteón castrista por doquier, pero lo que no puede faltar en cada comité de defensa de la cuadra, en cada centro de trabajo y cada escuela es un mural.

Hace decenas de miles de años, los hombres elaboraron pasmosas pinturas murales en cuevas y solapas rocosas, representando animales, formas y seres reales o fabulosos. Aunque hay otras interpretaciones más sustanciosas, la más práctica pretende que los antiguos expresaban deseos, pintaban para que la caza les fuese propicia. O sea, representaban un bisonte para poderlo cazar.

De cierto modo, el arte rupestre revolucionario “pinta un bisonte para poderlo cazar”, expresa un anhelo. El bisonte es la mente de las personas: esas fotos, frases, ese rancio ajiaco de historia y monserga, de próceres y caciques rojos, de mentiras e insultos, ese terrorismo mediático de cómic, ese torvo mensajero en la puerta de la casa y ante los ojos de un niño que aún no sabe leer, solo pretende decir: “No escuches ni mires ni digas ni pienses otra cosa. Esta es la verdad”.

Y la verdad, pura y dura, que muestra en definitiva el mural es el fracaso, el pasado muerto y el imposible futuro, la decadencia de la revolución. No es solo que uno puede encontrar murales que llevan mucho tiempo sin ser actualizados -vaya palabreja-, sino que ya han desaparecido hasta el punto que si encontramos alguno podemos considerarlo un fósil viviente.

Todavía, a veces, el encargado de hacerlo se esmera: pinta o recorta florecitas y arabescos, pone elementos decorativos, utiliza tipos de letra y colores llamativos, pero todo con el único objetivo de “cumplir la tarea”, pues a nadie se le ocurre hoy un mural puede existir para que las personas se detengan a observarlo. Se trata solo de obedecer la rutina que, como lluvia de eterno aburrimiento, cae desde las nubes superiores.

Porque si hay algo que nadie mira ni ve es el mural. No funciona como esa información subliminal de letreros y gigantografías que, aunque no les prestes atención a voluntad, percibes inconscientemente. El mural llegó incluso a bajar de muros y paredes y pararse sobre tres patas, como caballete ambulante, ante la gente, en los pasillos y entradas de entidades y departamentos. Pero ni así.

Pudiera hacerse un concurso millonario que ganaría quien, a la salida de un edificio, un centro de trabajo o una escuela, pueda mencionar una frase o una foto del mural que había dentro, en el medio de un salón, y con el que casi debió tropezar. Habría que ver si alguien puede ganarlo. De hecho, es seguro que se podría confeccionar un mural llenándolo de frases estúpidas o “contrarrevolucionarias”, imágenes de monigotes o cualquier cosa absurda, y que pasaría largo rato antes de que alguien, incluso un delator, se diese cuenta de la herejía.

El periodista y escritor Roberto Quiñones llegó a decir que, algún día, los infames de hoy “se presentarán como antiguos disidentes y convertirán en heroicidades haber criticado al régimen en sus tertulias caseras o haberle tirado un hollejo de naranja a un mural de un CDR”.

¿Habrá ese día -como quien, por “ostalgia”, nostalgia por el Este, colecciona hoy baratijas del caído imperio soviético- coleccionistas de murales cubanos?