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El incierto futuro del delfín Díaz Canel

Osmar Laffita, Primavera Digital

Capdevila, La Habana.- El 24 de febrero, en la Asamblea Nacional del Poder Popular, cuando los diputados electos, en cumplimiento del artículo 75 incisos (l) y (ll) de la Constitución de la República, eligieron a los integrantes de los Consejos de Estado y de Ministros, como se esperaba, fue ratificado en sus cargos el general Raúl Castro.

Pero por primera vez en los 54 años que llevan en el poder los actuales gobernantes, los diputados "eligieron" como segundo hombre del estado y del gobierno a un nacido después de 1959: Miguel Díaz-Canel, que bajo la protección del actual presidente, ha ocupado importantes responsabilidades en el Partido Comunista y el gobierno.

Esa inesperada ruptura de la sucesión histórica, que es propia de los regimenes totalitarios, incorpora una novedad y ha dado pie a un sinnúmero de especulaciones y pronósticos.

De acuerdo al secretismo que siempre ha caracterizado el proceder a los actuales gobernantes cubanos, seria algo desatinado y aventurado hacer juicios anticipados y afirmaciones que no se corresponden con la realidad.

Hay muchas interrogantes aún pendientes de respuestas, lo que si está claro es que Raúl Castro actúa contrario a como lo que hizo su hermano.

Fidel Castro gobernó con mano de hierro por espacio de 47 años, siempre al margen del Estado y del Gobierno oficialmente constituidos.

En esa especie de gobierno personal que el exgobernante cubano tituló como "equipo de apoyo", determinado número de jóvenes elegidos por él, ocuparon cargos de relativa importancia, al extremo de que algunos llegaron a creer que en un determinado momento podían ser los mandamases del país.

En esa larga y agotadora carrera por el poder, muchos de estos jóvenes se creyeron que era posible llegar a esa meta, pero todo quedaron a los largo del camino. El primero en caer fue Luis Orlando Domínguez, el famoso Landy. Luego, rodaron las cabezas de Carlos Aldana, Roberto Robaina, Felipe Pérez Roque y Carlos Lage. A este último muchos lo ubicaban como el seguro sucesor del anciano Fidel Castro.

Fidel Castro, con todo su poder omnímodo y su selecto círculo de poder, no logró dejar en el poder a uno de su jóvenes y tuvo que conformarse con contemplar -como un César derrotado desde lo alto de la tribuna del coliseo donde se han dirimidos las batallas por la sucesión y el poder- que los gladiadores triunfadores fueron los que con suficiente tiempo y paciencia preparó el general Raúl Castro.

A la elección de Díaz Canel como vicepresidente de la Republica y como segundo del Consejo de Ministro, no se le puede buscar relación alguna con la dinastía que impuso el fallecido dictador norcoreano Kim Il Sung ni con la sucesión de ancianos secretarios generales del Partido Comunista en la desaparecida Unión Soviética. Lo que más se le acerca, con su diferencias históricas fue la movida del dictador Francisco Franco al designar como sucesor de su régimen - surgido por la derrota de la República Española en 1939- al joven Juan Carlos de Borbón a título de rey. Algo inédito porque Franco rompía con la falange, el movimiento y los generales golpistas que lo apoyaron a la toma del poder y con los carlistas que aupaban a Juan de Borbón que exigía el título de Rey, y a quien el Generalísimo jamás tuvo en cuenta.

Aunque las ideologías y los contextos históricos son diferentes, Raúl Castro, en contra de toda la lógica de la sucesión histórica, no designó como posible sucesor a ninguno de los generales que lo acompañan desde los tiempos de la lucha armada contra el gobierno de facto del General Fulgencio Batista, y que forman parte de su círculo de poder. Es algo totalmente atípico en un régimen que esencialmente está controlado por los militares.

Con la designación de Díaz-Canel, la señal que manda Raúl Castro es que se está en presencia de un cambio generacional, pero sería un grave error afirmar que tal medida es el inicio de una transición hacia la democracia: por el momento, los militares guardianes del régimen no tolerarán ninguna movida dirigida a desmontar el actual sistema de gobierno

Lo que hizo Raúl Castro en los últimos cinco años fue adoptar medidas dirigidas a expandir y fortalecer la micro empresa privada, pero se continúa a la espera de cambios estructurales. Por tanto, es aventurado tan siquiera hablar de una variante de Perestroika, que sería en esencia una profunda reestructuración económica, algo que todavía esta pendiente, y mucho menos una glasnost, que derivaría en la libertad política. Eso no esta en los propósitos de Raúl Castro y mucho menos por ahora del delfín Díaz-Canel.

No existe un ambiente apropiado para tildar al nuevo segundo hombre del Estado y del gobierno como un potencial Gorbachov y mucho menos como un Adolfo Suárez que por orden del Rey Juan Carlos puso en marcha la transición en España que desembocó en una monarquía constitucional.

Lo que sí hay que reconocer es que Raúl Castro, con el apoyo del círculo de generales y coroneles, sustituyó a José Ramón Machado Ventura, el más conspicuo representante del sector más ultra conservador dentro del gobierno y cuyas s actuaciones están en total sintonía con el inmovilismo continuista que preconiza y defiende contra viento y marea el exgobernante Fidel castro y sus seguidores.

No se puede descartar que en estos cinco años que faltan para el 2018 surja una versión criolla del coronel Antonio Tejero o el Capital General Jaime Milans del Bosh, que con su fracasado golpe de estado intentaron ahogar en su cuna a la naciente democracia española.

A Díaz-Canel, por el momento, hay que verlo como el número dos del Estado y el Gobierno, pero sería exagerado afirmar que es el número dos del poder. Son cosas muy diferentes. Para ello, tendrían que producirse acontecimientos que por el momento nadie puede pronosticar.

 

 

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