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El ghetto, los documentos y la inercia

Luis Cino, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- Resulta difícil rebatir a los hípercriticistas que desde el exterior, afirmados en su autosuficiencia, se ensañan en los reproches contra la oposición. En gran parte, tienen razón, lo que no tienen, en la mayoría de los casos, es buenas intenciones.

Dicen, y a grandes rasgos es cierto, que la oposición está aquejada por una artritis tan paralizante o aún mayor que la del régimen.

Aunque sea a la cañona, el régimen mantiene la disciplina y los criterios centralizados. Y se mueve, aunque sea dos pasos atrás y medio pasito hacia adelante. La oposición, lo poco que se mueve, es por inercia, por costumbre. Y luego se vuelve a detener, a la espera de que pase sabe Dios qué.

No es que el Partido Único y las falsas unanimidades sean rasgos que merezcan ser envidiados por un movimiento pro-democracia. Sucede que la dictadura parece estar más advertida que la oposición de los riesgos que corre.

Una buena parte de la disidencia -o lo que últimamente se presenta como tal- sólo muestra interés en poco más que en participar en reuniones en otros países y en redactar documentos cuyo impacto real no rebasará los límites mediáticos.

En dichos documentos, todos parecidos, el principal acuerdo es que hay que ponerse de acuerdo, ya veremos cómo.

La parte de la oposición más numerosa y reprimida, pero también la menos reconocida por un mundo que no quiere saber de otras cosas que no sean el dinero y los negocios, insiste en métodos que no han resultado, instan al martirio y ponen la otra mejilla a los represores. Mientras, se dividen y se subdividen. Y no tengo que repetir a quién benefician estas divisiones…

Como antes Agenda para la Transición, ahora el Foro por los Derechos y las Libertades, Espacio Abierto y la Mesa Unida de Acción Democrática pugnan por convertirse en parlamentos de la sociedad civil. Pugnan, esa es la palabra. No se complementan, no establecen concertaciones, no hay modo. Cada una va por su lado.

Desde hace años, las organizaciones opositoras se quejan de los personalismos, del autoritarismo de algunos, de las exclusiones, de la falta de autorregulaciones democráticas.

Da risa cuando uno escucha las discordias entre los que aceptan dialogar con el régimen y los que no, cuando ese régimen nunca ha dado la menor señal de que quiera dialogar con otro interlocutor que no sea el gobierno norteamericano, y si acaso, la Unión Europea.

Protagonismos, acusaciones mutuas, paranoia, soberbia, conflictos de personalidades… Estamos en el peor de los momentos para seguir con lastres tan pesados.

Este tsunami de conflictos desmoraliza y hace a la oposición más vulnerable por todos los flancos. Mientras, el régimen logra reacomodarse, con las complicidades de alcahuetes, estúpidos y sinvergüenzas de medio mundo.

Los opositores siguen encerrados en un ghetto político. Y lo que es peor, piensan con mentalidad de ghetto. Auto-centrados, acomplejados, intolerantes, prestos a arrancar las tiras del pellejo a todo aquel que no apoye en cada detalle su propuesta para el cambio, y a acusarlo de ser un agente de penetración de la policía política. Casualmente, el otro piensa exactamente lo mismo de él.

Con cuánto entusiasmo se les da el gusto a los sembradores de cizaña enviados por la Seguridad del Estado, que parecen ser más numerosos, eficientes y ubicuos de lo que sospechábamos.

No sólo a la represión se debe el miedo y la abulia del pueblo. La falta de madurez política de la oposición también es culpable de la apatía y la indefensión ciudadana.

Ya sabemos que la oposición es reprimida, difamada constantemente, que no tiene acceso a los medios, que cada vez cuenta con menos fondos y recursos… Más que resignarse a posar de víctima y buscar justificaciones a sus fallas, la oposición debe actuar con inteligencia y ponerse a la altura de las circunstancias, a ver como enfrenta estos retos, ahora que todavía hay tiempo.