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El fantasma de Gaddafi

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, agosto, www.cubanet.org -Debe ser angustioso estar en el pellejo de los caciques de Cuba. Agotadas sus posibilidades de hacer creíble ante la gente el timo de las reformas, no les ha quedado otro camino que el regreso a las cavernas, lo que es decir al monopolio abusivo e inútil del poder, ligado a partes iguales con una atmósfera de terror que les permita mantener al pueblo en catatonia, por un tiempito más aunque sea.

Lo malo (lo bueno) es que ya no les resulta cómoda la posición del gallo que más canta en el gallinero. La imagen de Muammar al Gaddafi, ajusticiado furiosamente en plena calle, parece haberles aguado la fiesta para siempre amén.

Abismados como hemos estado en los últimos días ante los detalles de la trágica muerte de Payá, no son muchos los que se detuvieron a pormenorizar las inusuales manifestaciones de miedo que el poder político, y muy en particular su brazo represor, exteriorizaron durante las horas de su velatorio e inhumación.

De humor negro -más negro pero también más irrisorio cuanto más triste el drama- era el talante de la policía, esforzándose, a su bruta manera, para que nadie participara en una procesión a pie hasta el cementerio. Era absolutamente obligatorio transportarse en ómnibus. Si la prensa extranjera reportara desde La Habana con un mínimo de comprometimiento civilista, ese hecho le habría bastado para el gran reportaje del día, en tanto anormalidad que puede ser vista únicamente en Cuba, o en las películas de los hermanos Marx.

Justo esa grotesca prohibición de que la gente fuera caminando con sus pies al cementerio fue la que provocó las golpizas y detenciones reportadas. Es obvio que los esbirros habían recibido órdenes precisas. Y también muy fundadas por parte del régimen, hay que decirlo, pues el velatorio tenía lugar ante los predios de uno de los barrios más populosos y más endiabladamente empobrecidos de la capital.

Una chispa, un leve descuido de la jauría policial, y la cachimba se le llenaba de tierra al régimen. Más aún tratándose del funeral de un vecino del propio barrio del Cerro, un hombre humilde, cuyas ideas podrían ser más o menos populares, pero cuya decencia, así como la valentía con que él y su familia soportaron por años los atropellos del régimen, eran conocidos y respetados por todos.

El respeto ante la decencia y ante la valentía, están entre los muy pocos valores que los cubanos, muy especialmente los pobres, no han perdido aún del todo.

El año pasado, más de cuatro mil personas, residentes pobres del barrio El Condado, en Santa Clara, se lanzaron a la calle para apoyar las protestas iniciadas por un pequeño grupo de opositores, entre los que sobresalía Guillermo Fariñas. Ellos acudieron al lugar para impedir el desalojo de una mujer sin hogar -embarazada, con dos niños enfermos-, que había buscado refugio en un consultorio médico deshabitado y en total abandono desde hacía 9 años.

Muy dura se la vio la jauría policial en aquella ocasión, pues le gente ni siquiera les dejaba llegar hasta el sitio donde estaban los opositores, para detenerlos. Más tarde, el jefe de los esbirros le advertiría a Fariñas que estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de impedir que ellos convirtieran a Cuba en una nueva Libia.

Y otra vez ahora, durante los sucesos relacionados con el velatorio y entierro de Payá, han vuelto a repetir la advertencia, con lo cual dejan al destape los dos flancos débiles de su poder: el miedo y, sobre todo, el miedo a la explosión de los pobres.

Está el barril lleno de pólvora, que son los ánimos de la gente sufrida, empobrecida y desesperanzada. Está la hoguera, que es el movimiento opositor. Sólo falta que una circunstancia cualquiera haga converger uno y la otra. Luego, para colmo de la intranquilidad de los caciques, está el espectro de Gaddafi.

A los que hemos vivido durante tantos años con la zozobra de acostarnos cada noche en casa sin saber en qué calabazo de la policía política nos pillará el amanecer, nos cuesta poco comprender las circunstancias en que hoy viven y duermen los caciques. Ojalá que sirva para humanizarlos, al menos un poquito. Después de todo, el miedo hace más humanas a las personas. A las personas normales, claro.

 

 

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