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El espíritu contradictorio de la nostalgia

Camilo Ernesto Olivera Peidro

LA HABANA, Cuba, diciembre, www.cubanet.org - Entre 1977 y 1978, los cubanos residentes en Estados Unidos pudieron por primera vez regresar a la Isla para ver a sus familiares. Cuando mis tíos abuelos llegaron para visitar la casa mi padre, que entonces era oficial de las FAR, éste no pudo estar presente. Estaba obligado a cumplir la orden de negarles el saludo, como militante del partido comunista dentro de las fuerzas armadas.

Yo era un niño y recuerdo que los tíos se quedaron a almorzar. A mi tía abuela se le aguaron los ojos cuando colocaron sobre la mesa el caldero, humeante y oloroso, de frijoles negros. Dijo que después que salió de Cuba nunca más pudo disfrutar del arroz con frijoles, tal y como lo hacen aquí. Luego, pidió que la acompañáramos en una oración de agradecimiento. Incluso mi abuelo, que no era muy religioso, se sumó al rito, que yo sólo pude comprender años más tarde.

En 1990, un grupo de becarios cubanos retornaba en un vuelo de Cubana de Aviación desde Polonia. Casi todos aprovecharon una escala en el aeropuerto canadiense de Gander y se acogieron a la por entonces generosa ley de asilo de ese país. Más de veinte años después, un integrante de ese grupo logró venir a la Isla como turista. Viajaba en clase económica y su vuelo realizó dos escalas técnicas antes de aterrizar en el aeropuerto de Holguín.

El amigo nos contó que durante el último tramo del viaje logró dormir. Cuando abrieron la escotilla del avión, un vaho caliente y un olor penetrante a hierba mojada y a basura en descomposición le avisaron que había llegado a Cuba. Ese olor, tan familiar para él durante su niñez y adolescencia, había quedado casi olvidado durante las dos décadas vividas en Canadá.

En ese instante en que se abrió la escotilla del avión, todos los recuerdos le volvieron, de golpe. Una sensación opresiva de alegría y tristeza le invadió. Luego, rodeado del cariño de sus familiares y amigos, logró superar de manera momentánea esa impresión. Cuando estuvo en Banes, vio las huellas de la destrucción del pueblo, como consecuencia de tres huracanes, el de 2008, el de 2012 y el principal, que viene arrasándolo desde 1959. También pasó cerca de las casas de sus amigos de la infancia. Muchos ya no estaban, otros tenían y tienen las fachadas marcadas con carteles que los estigmatizan por su oposición al gobierno.

Hace poco, una muchacha que fue mi primera mujer, y una de mis mejores amigas de la adolescencia, estuvo de visita. Me dijo: “Esto está más o menos igual que cuando yo me fui, aunque la decadencia de las casas y las personas es más evidente. Ahora las tiendas en divisa están para el que tenga el dinero, pero la angustia y la resignación se volvieron endémicas”.

Mientras tomábamos una cerveza para aliviar el calor del mediodía, mi amiga señaló en su teléfono móvil el momento exacto en que perdió la conexión con internet: “Estaba chateando en Facebook y de pronto todo en la pantalla del teléfono se congeló. Entonces la persona que venía a mi lado en el avión me dijo que estábamos llegando a Cuba”.

También me confesó: “No puedo entender cómo es posible que yo sienta añoranza por un país donde el tiempo, prácticamente, se detuvo como esa imagen en mi móvil. Pero me duele cada minuto, cada casa que vi en mi niñez y que ya no existe porque se derrumbó, el plato de arroz con frijoles negros que me sabe tan distinto aquí”. Es la sensación de que estoy regresando a mi pasado, como cuando se va a un cementerio para sacar de la bóveda a un familiar querido que va para el osario”.

Me tomó las manos y las apretó fuerte entre las suyas. Era como si quisiera aferrarse a una nostalgia, a la deriva entre el amor a lo que fue y el desamparo. Luego cerramos los ojos y también nos dejamos llevar.

 

 

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