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El cardenal Ortega y la iglesia que merecemos

Seguramente el Cardenal está muy ocupado con la jerarquía Castro comunista en la preparación del viaje del Papa Francisco, pero sería muy bueno que de vez en cuando visitara los barrios marginales del país para que conozca el rostro sin afeites del desamparo

Roberto Jesús Quiñones Haces, Cubanet

GUANTÁNAMO, Cuba.- Identificada desde 1959 por la propaganda castro comunista como una institución manipuladora, anti científica y contrarrevolucionaria; con cientos de sus sacerdotes expulsados del país, y privada de  medios de comunicación, hospitales, hogares de ancianos, escuelas y gran parte de su patrimonio, a la Iglesia Católica cubana sólo le quedó la opción de la subsistir.

En medio de tan precaria situación, quienes ocuparon las posiciones más altas dentro del clero optaron por  adaptarse a las circunstancias en espera de tiempos mejores. El cambio comenzó a partir de la realización del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) en febrero de 1986. Pocos años después llegaría el período especial y una vez que se desatanizaron las creencias religiosas por el gobierno y que permitieron la entrada de los religiosos al partido comunista,  las iglesias se llenaron poco a poco de nuevos y antiguos fieles.

Desde entonces la Iglesia Católica Cubana ha ido fortaleciendo su proyección social, reflejada en el desarrollo de pastorales de indudables méritos como la Penitenciaria, la de Familia, Salud y Tercera Edad. Otro logro es la distribución de publicaciones que aunque no son del total conocimiento de la población cubana, han impactado la formación de la nueva conciencia social de los cubanos.

La institución ha aumentado su proyección social en los últimos años mediante la asistencia de la jerarquía eclesial a los esporádicos diálogos con el gobierno, la obtención de permisos para poder celebrar festividades religiosas en las calles, las numerosas publicaciones religiosas y la visita de dos Papas al país en un lapso de doce años, a las que se suma la visita próxima del Papa Francisco en septiembre de este año.

Esto ha propiciado un clima favorecedor para la iglesia, que ha comenzado a recibir algunas edificaciones confiscadas a comienzos de la década del 60. Aún queda por ver si el gobierno reconocerá como derechos de la feligresía participar libremente en todos los debates que se produzcan en la sociedad civil, contar con medios de difusión propios y educar a sus hijos en colegios cristianos, conforme lo establece el art.26.3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Recordemos que pocas concesiones son gratuitas, mucho menos cuando provienen de una dictadura. Añado que no es secreto que nuestra Iglesia tampoco ha escapado al control y la penetración del gobierno. A buen entendedor…

En Cuba no tenemos un Arnulfo Romero

Cuba todavía no es El Salvador que le tocó vivir a Monseñor Arnulfo Romero. ¿Tendrá que llegar otra etapa sangrienta de la dictadura para que surja uno como él? Respeto extraordinariamente a los miles de cubanos que a lo largo y ancho de todo el archipiélago, en  anonimato y  estoicismo  admirables, mantuvieron la fe en sus hogares.  Igualmente admiro a los hombres que renunciando al matrimonio, apartados de sus familias de origen y otros añadidos civiles, optaron por el sacerdocio y cada día dan muestras de una entrega encomiable. Desgraciadamente no todos los feligreses y sacerdotes  son así.

Dentro de la  Iglesia Cubana hay hermanos que se erizan cuando se les habla de política o se les pide un simple gesto ciudadano. Hay otros que han participado en mítines de repudio y golpeado a disidentes. No ha habido pocos que se molestan por la presencia de las Damas de Blanco en nuestras misas. Se le suma además a todo esto que pasados los años de persecución, ostracismo y precariedad, hoy abunda sobre las vocaciones sacerdotales la tentación que genera una vida muy superior en comodidades a la que disfruta el más común de los cubanos.

Aun así no son suficientes los sacerdotes cubanos ordenados por lo que nuestra Iglesia necesita de la labor de los extranjeros, quienes saben que cualquier expresión discordante puede costarles la expulsión del país. Pero… ¿por qué no hablan los sacerdotes cubanos? Desgraciadamente tampoco hay muchos como el Padre José Conrado Rodríguez.

En un país sometido a una férrea dictadura que todos los días viola su propia constitución al detener injusta y arbitrariamente a cualquier opositor pacífico, el silencio de la jerarquía eclesiástica y de los sacerdotes es sumamente lacerante. Mucho más cuando son ellos los que pregonan desde el púlpito “No tengáis miedo” o “Ama a tu prójimo como a ti mismo” y luego le cierran las puertas a los humillados, perseguidos, golpeados, enjuiciados, encarcelados y condenados a la muerte social. Hace poco conocí  la deplorable actuación de un sacerdote de Guantánamo con respecto a opositores pacíficos de la UNPACU y sufrí personalmente sus ataques por aplicar una encuesta política a uno de sus trabajadores. ¿Será que estoy leyendo otra Biblia?

Nuestra Iglesia no será trascendente mientras no muestre un inequívoco compromiso con todos los excluidos, entre los que sin duda están los opositores pacíficos. No hará realidad el protagonismo del laicado mientras preserve su rígida estructura vertical. No crecerá mientras su doctrina social se mantenga encerrada en los hermosos tomos de las bibliotecas diocesanas ni hasta que los templos se abran al debate sobre ella y la sociedad. No ganará la confianza del pueblo mientras continúe coqueteando con la dictadura más prolongada de todo el hemisferio occidental.

Las irresponsables declaraciones del Cardenal Jaime Ortega

El Cardenal Jaime Ortega cuenta con una abultada historia de declaraciones desafortunadas. A la lista se suman ahora las que ofreció recientemente a la emisora española  SER, en la cual dijo, entre otras perlas, que en Cuba no había presos políticos  ni desamparados.

Seguramente el Cardenal está muy ocupado con la jerarquía Castro comunista en la preparación del viaje del Papa Francisco pero sería muy bueno que de vez en cuando visitara los barrios marginales del país para que conozca el rostro sin afeites del desamparo. O que algún domingo  presenciara cómo son golpeadas las dignas Damas de Blanco luego de salir de misa.

Me gustaría mostrarle los documentos que poseo sobre el triste ejercicio de justicia en que se convirtió el proceso penal seguido en mi contra en el año 1999 y otros  acuñados por la Organización Nacional de Bufetes Colectivos y el Ministerio de Justicia negándome el derecho a ejercer como abogado. O enseñarle los documentos mediante los que me  iniciaron un expediente para invalidarme el título de abogado por asesorar  a los familiares de los presos en la Casa Parroquial de Guantánamo, expediente que mantienen en suspenso desde hace un año y medio en franca violación de todos los términos. Le diría también, que hay un escritor nombrado Ángel Santiesteban, Premio Casa de las Américas, que está preso gracias a otra patraña judicial y que no es la única persona que permanece en prisión por motivos políticos.

Finalmente, me gustaría decirle que yo también estaría contento de que Raúl Castro Ruz volviera a rezar y a asistir a misa si muestra sincero arrepentimiento por todo lo que le ha hecho a nuestro pueblo. Aunque estoy convencido de que el Cardenal sabe muy bien que esa es otra declaración para una puesta en escena en la que quizás Raúl y él tengan papeles protagónicos. Quiera Dios que me equivoque.