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Dos tiranos, dos crímenes en abril

Tania Díaz Castro

Bárbaro Leodán Sevilla, Lorenzo Enrique Cabello Castillo y Jorge Luís Martínez, fueron juzgados, condenados y fusilados en sólo 9 días por el secuestro de la lancha Baraguá.

LA HABANA, Cuba, abril, www.cubanet.org -En el municipio de Centro Habana, a pocas cuadras de donde las cabezas de José Antonio Aponte y sus amigos fueron cortadas y exhibidas el 9 de abril de 1812, como escarmiento a aquellos negros cubanos que querían ser libres, vivía Bárbaro Leodán Sevilla, el más joven de los tres muchachos que mandó a fusilar el dictador Fidel Castro, como castigo ejemplarizante por tratar de secuestrar incruentamente una lancha para huir del país.

El fusilamiento de estos jóvenes también ocurrió en abril, precisamente el 11 de abril, pero de 2003. Los otros dos asesinados fueron Lorenzo Enrique Cabello Castillo y Jorge Luís Martínez.

El periodista independiente Juan González Febles, que hoy dirige el periódico independiente Primavera Digital, a pesar de ser perseguido por la policía política por aquellos días, llegó hasta la humilde vivienda de Bárbaro, en la calle Jesús Peregrino, y conversó con su madre, quien sin poder apenas articular palabra, le mostró los zapatos de su hijo y las azucenas que había colocado junto a su fotografía, mientras permanecía en silencio, como muerta en vida, sin saber qué decir.

La también periodista independiente Farah Armenteros, hoy en el exilio, intentó entrevistar a la madre y otros familiares de Jorge Luís Martínez. No pudo. Cuando llegó a la casa, lloraban desesperadamente. Sólo le informaron que cuando llegaron al cementerio, ya los habían enterrado.

Transcurrieron solo nueve días entre el delito y los fusilamientos. Cinco días antes de ser fusilados fueron llevados a juicio, acusados del secuestro de la lancha Baraguá. Eran diez jóvenes que habían intentado escapar del país el 2 de abril, en una embarcación que aún traslada pasajeros entre el poblado de Regla y La Habana Vieja. No mataron a nadie, no agredieron a nadie. No eran delincuentes. Pero, en pocas horas Fidel Castro, irritado, dio la orden de fusilar a tres de ellos, aplicar cadena perpetua a cuatro, y al resto, que eran mujeres, sancionarlas a 3, 5 y 8 años de cárcel.

Una nota publicada por la prensa oficial dijo que tras la apelación (hecha en tres horas) las condenas a muerte habían sido ratificadas por el Tribunal Supremo y analizadas por el Consejo de Estado, que las encontró “absolutamente justas”.

En la madrugada del 11 de abril fueron llevados los tres jóvenes, engañados, a un paredón de fusilamiento en las afuera de la capital.

Dicen que Fidel Castro conversó con ellos antes deque se consumara el asesinato que había ordenado, que cuando uno de ellos pudo ver a su novia, le dijo que estuviera tranquila, que todo saldría bien. La joven, de 18 años, Dania Rojas, cumplió dos años de prisión. Cuando la visitó en 2005 el periodista independiente Juan Carlos Garcell, le dijo que seguía aterrada, que había sufrido mucho en la prisión y que jamás entendería por qué su novio había sido fusilado, por tan poca cosa. Es algo difícil de entender para cualquiera.

Días después de los asesinatos, Raúl Castro, en entrevista pública, calificó el fusilamiento como “l mejor escarmiento que se pudo haber hecho”. Sus palabras fueron similares a las dichas por el Capitán General Marqués de Someruelos el 9 de abril de 1812, cuando dio la orden de ahorcar a José Antonio Aponte, a cinco de sus amigos y a dos esclavos, sin previo juicio.

A casi dos siglos de distancia, los jóvenes asesinados por el castrismo recibieron un trato tan injusto, cruel e inhumano como Aponte y sus amigos en la Cuba colonial.

 

 

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