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Dos pájaros de un tiro

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, abril (www.cubanet.org) – Debiera ser motivo de alegría -y de hecho lo es, aunque a medias- la llegada a Madrid del último grupo de presos políticos cubanos que, según acuerdo del gobierno español con nuestra dictadura, han sido transferidos de la cárcel al destierro.

Parece que este último grupo de 37 presos, voló a la expatriación acompañado por 209 familiares, pues los noticiarios daban cuenta del traslado de 246 pasajeros entre unos y otros. Entonces debiera alegrarnos que se cuenten por cientos los paisanos que han pasado a engrosar la lista de quienes logran escapársele al diablo por debajo de la capa, mediante el susodicho acuerdo con España.

Sin embargo, con el perdón de los implicados, la noticia, a la vez que alegra, entristece, desalienta y confunde. De pronto, ya ni siquiera es un proceso de destierro para los opositores pacíficos al régimen, o no solamente es eso. Porque el convenio ha derivado en una nueva vía de éxodo por motivos políticos.

De acuerdo con un reporte del diario español El País, los 115 presos políticos cubanos que hasta hoy han ido a vivir a España gracias a este convenio, se llevaron consigo a 650 familiares. Es una cifra que inevitablemente nos pone a pensar.

A ese ritmo, lo único que necesitarían nuestros caciques para quedarse al fin solos y dueños únicos de la Isla, es dedicarse a desterrar a los presos sistemáticamente, y seguir disponiendo que sean acompañados por todos sus parientes.

Así mata dos pájaros de un tiro: liberarse de la gravosa carga (moral, política e incluso económica) de los opositores presos, sacándolos del juego, a la vez que se deshace de sus familiares, los que han de ser vistos por el régimen como un lastre.

Por otro lado, llegue nuestra reiteración de respeto y gratitud a los opositores que optaron por partir, luego de haber sufrido los tormentos del presidio político. Pero francamente, por más que me exprimo el cerebro, no consigo imaginar a Martí o a Heredia y a tantos honorables compatriotas que fueron desterrados de la Isla por el colonialismo español, haciéndose acompañar por todos sus parientes para ir a cumplir la humillante condena, ya que no otra cosa es el destierro.

Por eso también me confunde el júbilo del ministro español de la Presidencia, quien ha declarado que el gobierno de su país “tiene el orgullo de poder decir al mundo que ha sacado a los presos de conciencia de las cárceles cubanas”. En primera, no estoy seguro de que su declaración refleje la verdad exacta. Y en segunda, habría que ver hasta qué punto tal mediación constituye una auténtica razón de orgullo para España, no por su efecto mediático, sino por lo que esencialmente representa para la causa de la libertad en Cuba.