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¿Dos destinos?

René Gómez Manzano

LA HABANA, Cuba, mayo (www.cubanet.org) – En días recientes han sido noticia los fuertes golpes asestados por las fuerzas armadas de Estados Unidos y sus aliados contra Osama bin Laden, jefe de la tenebrosa red Al Qaeda, y Muammar El Gaddafi, autor intelectual de la voladura de un avión civil en vuelo, y de un centro nocturno berlinés.

En el caso del primero, se anunció oficialmente su muerte tras un enfrentamiento con tropas especiales de la superpotencia; el segundo sufrió un ataque aéreo durante una visita a casa de su hijo menor. En ambos incidentes, los anti-americanos de siempre han seguido su costumbre de hacer comentarios críticos sobre la actuación de Estados Unidos.

El impresentable Bin Laden está siendo respaldado de manera oblicua. Sus admiradores vergonzantes, que no osan defenderlo directamente, señalan hipotéticos errores en el procedimiento seguido para cazarlo u otras faltas accesorias.

Unos han puesto en duda la identidad del cadáver. Contradictoriamente, otros aceptan que el jefe terrorista es el occiso, pero argumentan que lo correcto hubiera sido capturarlo vivo; incluso alegan que fue víctima de una ejecución sumaria. En este contexto, los más exaltados no vacilan en emplear la palabra “asesinato”.

Algunos expresan dudas sobre la operación que puso fin a su existencia (como la realización de los hechos en territorio paquistaní, o las declaraciones sobre la actitud de los terroristas, que usaron a una mujer en calidad de escudo humano), o sobre el destino final de sus restos, lanzados al Océano Índico.

En resumidas cuentas, ya que resultaría incómodo criticar directamente el descabezamiento de la pandilla terrorista, impugnan de diversos modos el método seguido para alcanzar ese loable fin, aprovechando, de paso, la ocasión para atacar virulentamente al odio de sus odios: los Estados Unidos de América.

Al referirse al caso del tirano de Trípoli, esos mismos publicistas invocan la soberanía del Estado libio, olvidando la del pueblo de ese país, pisoteada durante decenios por el coronel golpista, que se ha eternizado en el poder a costa de todo género de crímenes y atropellos.

En relación con Gaddafi, emplean también como argumento la muerte —harto lamentable- de tres niños, nietos del dictador. Afirman que el coronel sobrevivió al atentado, y al menos en Cuba la televisión aseguró que acudió al entierro de su hijo. No obstante, por alguna razón desconocida, no muestran imágenes del caudillo en esa ceremonia.

Esa aseveración se contradice con versiones provenientes de fuentes extranjeras, que mencionan a otras figuras como principales testigos de la inhumación. No ha faltado el comentario mordaz, como el que expresa asombro por el escaso número de dolientes —apenas dos o tres mil—, máxime si se tienen en cuenta los dos millones de residentes en Trípoli y el masivo apoyo del que, según el régimen, goza Gaddafi.

En cualquier caso, sí llama mi atención que la imagen del tirano libio no haya aparecido en vivo en los medios masivos de comunicación. Debemos tener siempre presente que el suyo es un régimen corrupto y mafioso, cuyos personeros, en su desvergüenza, no se detienen ante la mentira, algo que han demostrado sobradamente.

La afirmación de que escapó ileso del certero ataque que aniquiló a cuatro parientes suyos, despierta serias dudas. La única actitud sensata del coronel, de cara a la opinión pública y ante sus propios seguidores, sería exhibirse para dar fe de vida y salud, aunque por comprensible precaución haga eso desde el fondo de un búnker.

Esperemos que en los próximos días se despejen al menos algunas de las incógnitas que rodean la muerte de Osama bin Laden y el destino de Muammar El Gaddafi, dos personajes cuya suerte —debo confesarlo— no me perturba en absoluto.