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Donde la trampa es ley

CubaNet

LA HABANA, Cuba, mayo, www.cubanet.org – Talía González , periodista de la Televisión Cubana presentó el pasado día 8 de mayo un nuevo capítulo de su serie de ataques contra los trabajadores por cuenta propia, a quienes tilda de oportunistas revendedores. Como en este país muy poco de lo que dice la prensa es casual, me inclino a pensar que la reportera está cumpliendo una encomienda del gobierno, para justificar la ola represiva que se ha iniciado contra estos comerciantes.

En su trabajo, Talía entrevista a una persona a quien le han revendido un artículo, y cuenta: “Llegué y había mucha cola para comprarlo, regresé al siguiente día y se había acabado en la tienda, alguien por fuera me lo vendió a mayor precio”. Entrevistó también a otra persona, a quien pretendió adjudicar el mismo título sin corresponderle: “Fui a la Comisionista (comercio del Estado que vende artículos de producción nacional en moneda nacional) y no había brochas de pintura, acudí a las tiendas shopping, y los precios eran excesivamente caros –entonces, concluyó, sugerido por la periodista-, tendré que acudir a los cuentapropistas”.

Revendedores hay, sin duda, sobre todo en sectores de mucha demanda y deficiente oferta, como la de materiales de construcción, pero éstos no son la esencia del problema.

Si todo el problema fueran los revendedores, bastaba con someter los precios de los productos a las leyes del mercado de oferta-demanda, y asunto concluido. Pero el problema es mucho mayor y más complejo. Ha sido sembrado durante años de falta de voluntad política, a la que se añadió una mezcla de mala intención y veleidad administrativa, por parte del gobierno.

Las tiendas estatales, que supuestamente venden a precios más bajos, son las conocidas en la población por su antiguo nombre de Comisionistas. Pero sus precios son draconianos. Por ejemplo: las brochas en cuestión suelen oscilar entre 30 y 125 pesos, según su tamaño, equivalente a la paga de quince días de labor de un trabajador. Y las tiendas shopping, que venden en dólares, son el doble de caras, a pesar de que los productos no tienen mejor calidad.

A los cuentapropistas, por su parte, no se les abastece al por mayor ni se les ofrece otras posibilidades de abastecimiento, como es usual en el mundo. En su lugar, les obligan a adquirir los insumos en las tiendas anteriores, y a elaborar los productos y luego venderlos a sus colegas, para el expendio al detalle, lo cual les sitúa en una posición muy desventajosa. Los gerentes y empleados de las fábricas se apropian de una parte de la producción, que desvían a cuentapropistas, convirtiéndose en la práctica en su almacén mayorista.

De tal manera, los vendedores particulares hacen posible y rentable su función. Y su espíritu emprendedor los convierte en más eficientes: están más cerca del consumidor, tienen mejor surtido y a precios mejores (más altos en los momentos en que el producto referente escasea en esas tiendas, pero no porque los haya acaparado para revender). Ellos representan una especie de rectificación al desastre estatal.

El origen del problema está en el abuso extremo con la paga de los trabajadores por parte del gobierno. Éstos ganan, como promedio, la décima parte de lo que precisan para cubrir sus necesidades básicas, y se ven compulsados a robar como único modo de subsistir. La malversación se ha convertido en el principal incentivo para los trabajadores en Cuba. Donde no se pueda robar no tiene sentido trabajar.

El asunto ha tomado tal relieve, y hay tanta gente involucrada, que cuando se compra un producto en una tienda estatal nunca se sabe si es realmente del establecimiento o de cualquiera de sus empleados en particular; si es de fabricación industrial o hecho artesanalmente con materiales robados.

Este marasmo de ilegalidad suele servir al gobierno de cierta manera, por paradójico que parezca, ya que, al delinquir, los cuentapropistas se hacen vulnerables y, por tanto, se saben en las manos de las autoridades, que pueden acabar con ellos cuando quieran. Si el gobierno quiere eliminar un cuentapropista, le basta con pararse frente a su tarima e indagar por la procedencia de su mercancía.

 

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