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Diploguapos

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, junio (www.cubanet.org) – Aunque no aparece en la lista de trabajos por cuenta propia que autoriza la ley, el empleo como escolta personal está de moda ahora en La Habana, y es, sin duda, uno de los más pujantes y rentables, con cero inversión y apropiado beneficio.

Por más que lo de cero inversión es relativo. Cualquiera que aspire a ser escolta de uno de nuestros nuevos ricos tendrá que haber invertido mucho tiempo montándose un talante -y una historia en los mejores casos- de guapo de barrio. Y tendrá, además, que demostrar dominio sobre las armas de fuego y sobre artes marciales, técnicas que aquí se aprenden mediante dos vías por excelencia: las llamadas “tropas especiales” del régimen y las películas del sábado.

El empleo de escoltas personales por civiles sin vínculos con el régimen estuvo en desuso en Cuba hasta hace poco tiempo, o sea, durante casi medio siglo. Únicamente los caciques de más alto rango, junto a algunos de sus parientes y protegidos, parecían ser merecedores de gastar en seguridad personal una cuota de la plusvalía obtenida en la explotación del trabajo del pueblo.

Por cierto, algún día los historiadores (¿o los frenólogos?) tendrán que analizar el motivo por el cual nuestros caciques apenas utilizaron negros como escoltas personales en cincuenta años, teniendo este país una elevada población de negros, y constando como consta tan notablemente su valentía personal en la historia de nuestras guerras independentistas del siglo XIX.

Últimamente se observan algunas moscas entre la nata blanca que les precede, pero la ausencia de negros entre sus huestes de seguridad personal configuró en decenios anteriores otra de las ambiguas propensiones de los caciques.

En cambio, entre los escoltas de nuestros actuales nuevos ricos sí abundan y hasta priman los negros. Y no es que en su actitud no haya también sustancia para el estudio de los frenólogos, pero al menos revela una dosis mayor de racionalidad.

La antigua esclavitud de los africanos continúa extendiendo consecuencias tan abominablemente arrasadoras que en este mismo minuto, en nuestro hemisferio, no hay un solo descendiente de Europa que pueda sentirse, en rigor, libre de sus pecados. Pero esa es otra cuestión mucho más extensa y compleja.

El empleo en La Habana de escoltas, digamos, de nuevo tipo, fue reintroducido tal vez por algunos famosos directores y cantantes de la música popular bailable. En su éxito y en los beneficios económicos que empezaron a recibir por sus presentaciones en el Palacio de la Salsa, del hotel Riviera, allá por los años noventa, podríamos hallar el origen. Sin descontar la influencia de las películas del sábado.

Vestir con sobretodos en medio del tórrido verano habanero y rodar automóviles de marca que ningún particular poseía aquí, aunque hubiesen salido al mercado 10 años antes, fue algunas de las novedades que sacaron a la calle aquellos pichones de nuevos ricos. Y como valor añadido, las escoltas personales.

Pudo haber sido esa la génesis de uno de los fenómenos más pintorescos que hoy adornan La Habana. Seas un sonero de ranking, o cualquier otro tipo de hombre de éxito que mueve dinero (da igual si es lícito o no), no estarás en la onda si no llevas escolta. Algunos les llaman representantes, ayudantes o sencillamente amigos, por más gracioso que suene esto de cobrar por ser amigo del jefe, abriéndole el paso y mediando entre él y los rivales, los fans o la policía.

Por lo general los escoltas habaneros de hoy no son meros matones, sino más bien mediadores de la energía positiva entre el peligro y sus patrones. Por eso lo de nuevo tipo. Están ahí, junto al jefe, representando una advertencia, aún más que una amenaza. Confiados en que su talante (y a veces su historia) de guapos de barrio, junto a su argot de presidiarios, sean suficientes para persuadir, que es mucho más saludable que repeler, sobre todo en nuestras circunstancias.

De tal modo, cuando al fin los burócratas del régimen se animen a sumar esta actividad a la lista de trabajos por cuenta propia reconocidos por la ley, quizá el nombre formal que mejor le encaje sería el de “diploguapos”. Guapos de pañuelo, como los chipojos, pero por suerte mucho más amables que los de gatillo, especialidad que sigue siendo exclusiva entre la nata blanca que precede a los caciques.