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Dioses marxistas para un Estado laico

Los cubanos pueden tener cualquier fe siempre que ella no interfiera con la fe del Partido Comunista

Ernesto Santana Zaldívar, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Cuando algún alto dignatario de la Iglesia Católica -sobre todo últimamente, tras los altos servicios que le ha prestado- pregunta al gobierno cubano sobre la posibilidad de que esa institución religiosa vuelva a regir instituciones educativas, siempre se le responde que en Cuba el Estado es laico y que la enseñanza no está en manos de ninguna religión.

De hecho, la Constitución de la República de Cuba dice, en su artículo 8, que “el Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa”, que “las instituciones religiosas están separadas del Estado” y que “las distintas creencias y religiones gozan de igual consideración”.

Eso no es cierto. Algunas creencias tienen una preponderancia que no tienen otras, y esa propia Constitución instituye ese mayorazgo cuando dice, por ejemplo, que ella misma está guiada “por el ideario de José Martí y las ideas político-sociales de Marx, Engels y Lenin”.

Más adelante declara la decisión de “llevar adelante la Revolución triunfadora del Moncada y del Granma, de la Sierra y de Girón encabezada por Fidel Castro que (…) estableció el poder revolucionario (…), inició la construcción del socialismo y, con el Partido Comunista al frente, la continúa con el objetivo final de edificar la sociedad comunista”.

Consecuentemente, en las escuelas, desde el primer día de la enseñanza primaria, se inculca en la mente de los niños, aun cuando todavía no comprenden el significado de  muchas palabras, los dogmas de lo que, a veces, más que una creencia, parece a veces una simple religión atea o un vulgar totemismo.

El conocimiento de esos dogmas, con santoral y martirologio incluidos, ha cobrado tanta importancia en la educación que a veces tiene igual o mayor peso en la evaluación de los estudiantes, aunque solo sea de boca para afuera, que el conocimiento de los contenidos de cada asignatura.

Uno puede abrigar una creencia fuera de la teología castrista, pero no puede predicarla, ni defenderla, ni enseñarla a estudiantes, ni divulgarla en medios de comunicación, sin incurrir en delitos que pueden alcanzar la categoría de “propaganda enemiga”.

Se permite a las personas tener cualquier fe siempre que ella no interfiera con la fe del Partido Comunista, o sea, con el rol de conductora social que esa secta de creyentes ideológicos se otorga a sí misma sin razón histórica, o siquiera lógica, y sin permitir, por otra parte, el menor cuestionamiento, que también puede ser penado por la ley.

Recientemente hubo dentro del periodismo oficialista quienes manifestaron su desacuerdo con el papa Francisco -pese a los mil elogios que sus dichos y conducta les arrancó- por haber aconsejado que “se debe servir a las personas y no a las ideas”.

Es curioso que alguien ateo, materialista y marxista, seguro de que la economía determina cómo piensa una persona, no coincida con el papa porque “a mí me enseñaron que uno sirve a las ideas, no a las personas”. Pero más curioso es que se atreva a mentir tan abiertamente cuando de su actuación pública se deduce que no sirve en primer lugar a ninguna idea, porque su divisa es “Servirás a tu Líder sobre todas las cosas”, y solo su Líder decide a cuáles ideas debe servir.

Ese es el credo que se empotra en la mente de los niños desde el primer día de escuela, con el resto de los dogmas de un adoctrinamiento cuyo grosero mesianismo en realidad no tiene demasiado que ver con las raíces judeo-cristianas del marxismo, y que estará martilleando la conciencia de los estudiantes hasta el último día de clases.

La educación “laica” en Cuba no pretende formar a ciudadanos, sino a androides que se enfrenten a cualquier enemigo del Líder. Es una educación sin espíritu ni ideas reales, que procura solo el entusiasmo -revolucionario por supuesto- para cumplir órdenes, aplaudir al líder y aporrear a la escoria mercenaria.

De esa educación destructiva, principalmente, proviene nuestra costumbre de atacar al mensajero si no nos gusta su mensaje, lo mismo en la cola de una tienda pueblerina que en un intercambio de opiniones en un foro de Internet.

Gran parte de la sociedad cubana está compuesta de autómatas, enajenados o hipócritas, y el resto son los que pasan el resto de su vida limpiándose la mente cuidadosamente de tantas absurdas creencias, en ocasiones muy arraigadas por la costumbre de años.

Cuando se preparaba el X Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, una estudiante de esta organización defendía el adoctrinamiento continuo e intensivo con el argumento de que “nadie nace comunista” y, por tanto, hay que inventarlos a como dé lugar. Lo que no sabe aún es que no son muchos los que, después de adoctrinados, mueran comunistas.

Para la mayoría, practicar esta confesión ideológica es practicar la simulación, con frecuencia por ánimo de lucro. Si Vladimir Putin es un ídolo del régimen cubano es porque ni siquiera tiene ya que fingirse comunista para controlar el poder en un gran territorio, acaparar mucho dinero y abrirle fuego al que se ponga en el medio. Y con un Estado laico, naturalmente.