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Después de Sandy, un futuro de espanto

Miriam Leiva

LA HABANA, Cuba, octubre, www.cubanet.org -La patética situación de los cubanos en las provincias de Santiago de Cuba, Holguín y Guantánamo, por el azote del huracán Sandy, y de Villa Clara y Sancti Spíritus, por sus lluvias, causantes de inundaciones con el alivio de los embalses, como la presa Zaza, no podrá resolverse en mucho tiempo. La miseria se intensificará para todos los habitantes del país, desgastado progresivamente, desde hace más de 20 años, por la crisis económica, política y social más intensa de su historia.

Cuba no cuenta con recursos económicos para detener el proceso de descapitalización, una vez destruida su principal industria (la azucarera), por voluntad del gobierno, y con las demás industrias obsoletas, así como por la caída permanente de productos exportables, como el café.

Se une a ello, la incapacidad de producir alimentos, con la consiguiente necesidad de importar alrededor del 80% de los que consumimos, ofertados en poca cantidad, variedad y calidad a la población. Mientras los ingresos en divisas del país se basan en los servicios del personal médico, paramédico y, en menor medida, de especialistas deportivos y otros, alquilados por el gobierno a otros países. Bien conocida es además la dependencia respecto a Venezuela, más allá del petróleo a precios bajos.

Los salarios de los cubanos son bromas de mal gusto, porque hasta el presidente ha reconocido que no alcanzan para vivir. Pero el gobierno continúa aferrado a permitir pocos trabajos por cuenta propia, cobrando elevadísimos impuestos que hacen que los que trabajan por su cuenta no puedan beneficiarse, mientras impone multas a derecha e izquierda o quita licencias impunemente.

La construcción de viviendas por el Estado, en 2009, fue de 35 085; en 2010, de 33 901; y en 2011, de 32 540; cifras muy bajas para reponer las destruidas por los fenómenos climatológicos y las perdidas por la antigüedad y la falta de mantenimiento. El reciente huracán, tan solo en Santiago de Cuba, afectó a 132 mil, con el derrumbe total de 15 392, según estimados de las autoridades.  A estas habría que añadir las destrozadas en los 8 municipios más dañados de Holguín, donde todavía no se habían recuperado del ciclón Ike, de 2008, y además, las de Guantánamo, Granma y poblados de Villa Clara.

Es predecible que las calamidades van a continuar al paso de próximos fenómenos meteorológicos. Considérese la fragilidad de las tejas de fibrocemento y zinc con las que ahora se proponen sustituir los techos destrozados. Para el próximo vendaval que nos azote saldrán volando o se destruirán.

Muchos miles de personas han perdido sus pertenencias, desde las más necesarias, como ropa, calzado y colchones, hasta refrigeradores, televisores y equipos eléctricos para cocinar, que Fidel Castro decidió debían sustituir al gas o el keroseno. ¿Cómo los repondrán?

Se escucha o lee que en las zonas afectadas, el gobierno está garantizando la entrega de productos de la canasta básica, correspondiente a noviembre. Sobresale la mención del arroz, chícharo, azúcar, pastas y algunos huevos, los cuales no solo son parte de la cuota vendida por el sistema de racionamiento, sino toda la alimentación garantizada en pequeñas cantidades, que usualmente se completa con unas onzas de pollo y picadillo mezclado con soya.

La carne de res hace muchos años es una extravagancia para los cubanos, la de puerco es cara y el pescado, la langosta y los camarones pueden llevarnos a la cárcel. El litro de leche de vaca solo se vende para los niños hasta la edad de 7 años. Para alimentarse mejor hay que comprar en las carísimas tiendas estatales, que solo venden en divisa. También en ellas hay que comprar los artículos de aseo personal y doméstico, pero desde hace meses ni en esas tiendas hay detergente ni bayetas para limpiar el piso.

Los habaneros respiran aliviados cuando el Instituto de Meteorología anuncia que los ciclones pasarán por otras regiones del país. Y no es por egoísmo; “la capital de todos los cubanos”, como dice el slogan, tiene el fondo habitacional en tan malas condiciones que un huracán podría ser una hecatombe. Al constatar la destrucción dejada por Sandy en Santiago, la segunda ciudad de Cuba, se refuerza la convicción de que “La Habana no aguanta más”. Afortunadamente, esta temporada de ciclones está a punto de concluir, así que al parecer se podrá respirar con menos temor, aunque las lluvias hacen lo suyo.

La solidaridad material de la población podrá ser muy escasa, porque no existen reservas personales; por muy solidarios que seamos, los cubanos tenemos muy poco que ofrecer. Los salarios y las pensiones que ganamos no cubren las necesidades propias, y mucho menos alcanzan para poder apoyar a los familiares, amigos o simplemente a otros cubanos que están urgidos en las zonas tan seriamente afectadas. Tampoco la gente se puede trasladar hacia el oriente, para auxiliar en la reconstrucción, porque serían una carga en el alojamiento y la alimentación. Además, existen los fuertes controles represivos de las autoridades cubanas, que limitan el libre movimiento de los ciudadanos en el territorio nacional y su permanencia en lugares ajenos a su área oficial de residencia.

Los damnificados requieren no solo solucionar sus acuciantes problemas actuales, sino también ver algo de luz al final de este túnel, que les prometa un mejor futuro para sus hijos. Si seguimos por el rumbo que llevamos, días muy duros aguardan a todos los cubanos. La nación se hunde más y más en la miseria y el atraso, ante la inacción del gobierno. Las “orgullosas” autoridades cubanas han anunciado que realizarán la reconstrucción de las zonas afectadas, principalmente con los recursos propios.  Pero, ¿por qué no pedir apoyo internacional?

 

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