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Despoblamiento exponencial

  Osmar Laffita Rojas

Capdevila, La Habana.- La población que reside en Cuba, de acuerdo a los datos brindados por la Oficina Nacional de Estadística al cierre de diciembre de 2010, es 11 241 161 habitantes. De ese total, residen en pueblos y ciudades el 75%, o sea, 8 465 431 habitantes. Es decir, que siendo Cuba un país que depende de la agricultura, la población que reside en las áreas rurales es 2 775 431 habitantes.

Los macizos montañosos donde se cultivan el café y el cacao, las llanuras cañeras de Camagüey y el norte de las provincias orientales están prácticamente despoblados.

Como resultado del desmantelamiento de 71 centrales azucareros, a nueve años de tan infausta decisión, miles de trabajadores cañeros junto con sus familias que abandonaron los bateyes y los centrales para establecerse en las periferias de los pueblos más cercanos, viven hoy en las más espantosas condiciones.

La desacertada política de prohibir a los campesinos y cooperativistas que comercialicen sus producciones directamente, sumado a los bajos pagos de las cosechas, ha provocado la estampida de campesinos y trabajadores agrícolas hacia las ciudades, donde realizan disímiles trabajos para buscarse unos pocos pesos para mal comer.

El despoblamiento de las zonas rurales es más acentuado en las provincias del oriente del país. De acuerdo a los datos disponibles, desde la provincia de Las Tunas hasta Guantánamo, la población rural de esta extensa zona ha decrecido del 1,8% hasta un 4%.

La migración de las montañas y las zonas agrícolas se presenta con mayor flujo en las provincias de Santiago de Cuba, Granma y Guantánamo, por la carencia de inversiones que posibiliten el empleo y la falta de una adecuada remuneración salarial que estimule la permanencia de los campesinos en sus lugares de residencia.

Desde la aplicación del Decreto-Ley 259, más de 177 000 usufructuarios explotan 1,2 millones de hectáreas, pero de acuerdo a lo expresado por el Presidente Raúl Castro todavía continúan miles de hectáreas cultivables en espera de su puesta en explotación.

Si las zonas agrícolas de las montañas y los llanos cada vez están más despobladas, nadie entiende que a los usufructuarios no se les autorice a construir sus viviendas en los terrenos que cultivan.

El improductivo estado-terrateniente alega razones que no convencen a nadie para no autorizar que los cultivadores levanten sus casas en las tierras que trabajan, cuando esa es la principal garantía de poblar regiones hoy abandonadas y deshabitadas.

De mantener este absurdo, resultará difícil que estas miles de personas que se vieron obligadas a emigrar a las zonas urbanas y que viven de manera paupérrima en los barrios periféricos, se dispongan a retornar al campo.