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De Macondo a La Habana Vieja

Ramón Díaz Marzo, Primavera Digital

Habana Vieja, La Habana.- Llegó el momento de hacer una importante confesión: cuando escribo, el norte de mi brújula es Gabriel García Márquez, que el 17 de abril de 2014, un Jueves Santo, falleció en Ciudad México a los 87 años.

Desde que tengo uso de razón, en el mundo de la literatura universal siempre se ha hablado del Gabo con mucho cariño, como si todos fuéramos sus paisanos y amigos. Como si no hiciera falta haber nacido en Aracataca, como si pasáramos por alto su amistad con el ahora retirado Fidel Castro Ruz.

El Gabo, como cariñosamente casi todos le decimos, es el mayor escritor y periodista que ha parido América Latina. Yo le debo la protección espiritual de estar a mi lado cada vez que me lanzo a escribir un artículo o crónica. Es mi padre literario y soy de los tantos hijos que ahora han quedado solos.

Cuando leí de un solo tirón la historia del general Aureliano Buendía, jamás imaginé lo que me sucedería con El Otoño del Patriarca". Hacía varios años que se había publicado en Cuba, y un día me dirigí a la biblioteca y lo pedí prestado. Al llegar a mi casa comencé a leer la novela, pero a la tercera página tuve que apartarla porque no me enganchaba. Al segundo y tercer día hice lo mismo y el libro no se dejaba leer.

Entonces recordé que durante los primeros años de la invención de Gutenberg las personas leían los libros en voz alta, hasta la llegada de San Bartolomé que nos enseñó a leer en silencio. Y probé a leer "El Otoño del Patriarca" en voz alta, solo, en mi casa. Y comenzó a resbalar por mis labios el texto de un libro que se había vendido como una novela, pero yo había descubierto que era una poesía en prosa y seguí leyendo y leyendo y escuchando mi propia voz, hasta el final, hasta comprender que El Otoño del Patriarca es una obra maestra imposible de superar, digamos por "Yo, el Supremo", de Roa Bastos, o El Señor Presidente" de Miguel Ángel Asturias.

Siempre ha sido un misterio para mí el hecho de que el escritor que mejor penetró en la sicología de un dictador haya sido uno de los mejores amigos de Fidel Castro Ruz.

Tuve el privilegio de conocer a Gabriel García Márquez en la década de los ochenta del siglo pasado, mientras yo ejercía de merolico que les vendía a clientes fijos los chocolates que conseguía en el Parque Lenin a costa de muchas horas de vigilia.

Uno de esos clientes era la gorda cajera del pequeño restaurante "La Torre de Marfil", ya desaparecido, a donde todos los sábados yo entraba como una tromba hasta la cocina donde los chinos preparaban la comida. La única que no era de origen asiático era la gorda: una señora con personalidad brutal que se acostumbró a mi presencia cada sábado.

El sábado del que les quiero contar, resulta que mientras le mostraba los diferentes tipos de chocolate que traía, de repente veo que viene hacia nosotros un hombre de baja estatura, pero corpulento, con un overol azul. Lo miré a la cara y no pude creer lo que veía. El Gabo debe de haber visto la expresión de mis ojos, pues cuando se acercó hasta nosotros, lo hizo con la mano extendida como si fuéramos dos viejos amigos.

Le estreché la mano y le dije "¡Maestro!", porque la mente se me quedó en blanco y no sabía que más decirle. Me volví hacia la cajera y le pregunté, en tono acusatorio, si ella sabía quién era ese hombre. La gorda, muy insensible a mi emoción, me dijo que claro que lo conocía, pues él venía por aquí dos y tres veces cada mes.

"¡Pero tú no sabes, gorda, que este señor es Gabriel García Márquez! ¡El autor de "Cien años de Soledad"! ¡Premio Nobel de literatura!" La gorda apenas me escuchaba, ocupada en cobrarle al Gabo el importe de la comida.

Entonces me cruzó por la mente que tenía que demostrarle al Gabo mi agradecimiento por haberlo conocido personalmente.

Le pregunté: "¿De vacaciones?".

"Sí", me respondió.

"¿En algún nuevo proyecto de libro?"

"Estamos escribiendo una novela".

Me llamó la atención que empleara el plural de modestia.

"¿Puede adelantarme algo?", pregunté.

"Es sobre los últimos días de Bolívar", me dijo, "pero todavía no sé cuál título ponerle".

El Gabo se despidió de nosotros y yo me quedé abrumado por haber podido estrecharle la mano a un grande de la literatura de todos los tiempos.

Este encuentro ocurrió durante los diez años que estuve sin escribir, y siempre me da alegría no haberle dicho al Gabo que yo había intentado escribir, que llevaba diez años sin hacerlo, y que definitivamente había renunciado a la literatura.

 

 

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