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De la patria, las penas y los sueños

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- Me ocurre con la Patria como con Dios: me siento incómodo y desconfío cuando me hablan de ella con demasiada insistencia.

Ha sido mucho el abuso de ambos conceptos.

En definitiva, Dios y la Patria van con uno, bien adentro, y no es que no se les mencione, pero mientras menos se manoseen y se utilicen -en vano, con las manos sucias y la boca sin lavar- es mejor.

Para muchos, tal como ocurre con el temor a Dios, el bien de la Patria es el pretexto para no hacer o decir, la justificación de todo lo malo que nos quieren hacer pasar por inevitable, y lo que es peor, irremediable.

Ante tanto envilecimiento y oportunismo, cuando nos invade el desaliento, es muy oportuno recordar que no se puede confundir la patria con una dictadura.

La patria, o lo que nos decían que era la patria, fue excluyente, dura, dominante y huraña. Exigía sacrificios y todo lo que entregábamos o nos quitaban, incluidos los sueños, parecía poco.

Así, la patria se nos tornó un campamento militar donde todo estaba prohibido, había un rebaño que aplaudía y chivateaba y los policías gesticulaban con las tonfas.

Pero esa no es la patria. La patria es una cosa y los que se arrogaron el monopolio de ella, otra bien distinta.

Hoy, lo que está en bancarrota, se pudre y se hunde, no es la patria, sino un sistema. Solo eso. No dejemos que nos arrastre en su naufragio.

¡Duro destino el que nos ha tocado a los cubanos -a todos los cubanos- como pueblo! Es nuestro castigo por creernos destinados a usar una talla de protagonismo extra-larga. Por dividir a Cuba entre los discursos de Fidel Castro y el exilio de Miami. ¡Como si no hubiera más Cuba posible!

Nada conseguiremos mientras no hagamos otra cosa más que lamentarnos de la historia dislocada, del pasado perdido y del futuro anunciado que no llegó.

Nada nos aportará el odio. Tantas décadas no han conseguido agotarlo: todavía queda más del que puede soportar la salud de una nación.

Todos los cubanos, con sus virtudes y defectos, donde quiera que estemos, juntos, con amor, tendremos que hacer la patria nueva.

Sería bueno empezar a derribar barreras y enterrar desde ahora los rencores y las intransigencias que no sirvieron de nada. Ensayemos un idioma en el que podamos empezar a entendernos. Sabemos que no será fácil. Convertir sueños en realidades nunca lo es.

Primero, para no trocar el rumbo, debemos tener claro de dónde venimos y hacia dónde vamos. Los cubanos de acá, huérfanos de derechos y libertades, tutelados por un estado autoritario, paternal y chantajista, temen el cambio pero detestan su catastrófica y desesperanzadora cotidianidad. Los de allá, se ahogan de añoranzas o sueñan con un pasado imposible, una Cuba que ya no existe o que tal vez, tan perfecta, solo existió en sus nostalgias.

Los de aquí y los de allá, todos nos ahogamos. Una montaña de odios, ilusiones y supercherías nos ocultan la visión de la patria. Para hallarla, solo hay que apartar los escombros y regarlos con amor y esperanza.

Se preguntarán algunos de qué patria hablamos. Pues de la única que hay. Buena o regular. Es la que tenemos, la que nos tocó. No hay otra. Y no se la podemos regalar a los miedosos y los sinvergüenzas que quieren que todo siga igual.

Sé que todo esto sonará como darle consuelo a un moribundo, pero este puede ser el tiempo de los milagros que necesitamos. No podemos renunciar a la esperanza, porque entonces sí estaremos definitivamente perdidos.

Echemos a un lado el desencanto, saquemos fuerzas de donde sea y preparémonos a reparar la patria. No importa si teníamos la razón o si nos equivocamos. Si se cumplieron nuestros sueños o no. Nuestros hijos merecen una oportunidad que no dependa de los delirios mesiánicos de un líder, de consignas que hablen invariablemente de muerte –y que involucren a la patria, como no- o de largarse a cualquier parte del mundo. De cómo actuemos hoy dependerá la patria que heredarán. No les fallemos.

 

 

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