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De intransigencias e hipercriticismos

Luis Cino, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- El pasado 14 de agosto, como era de esperarse, no hubo opositores en la inauguración oficial de la embajada de los Estados Unidos en La Habana. No fueron invitados. Tal vez le remordiese un poquito la conciencia a los anfitriones, pero no iban a arriesgarse a provocar una pataleta del régimen que quitara brillo a la ceremonia. Los norteamericanos confiaron en que los opositores se mostrarían comprensivos, aceptarían resignados que aquella ceremonia fue una cosa entre gobiernos y que se conformarían con una discreta reunión posterior de bajo perfil con el secretario de Estado John Kerry, en la que no importunaran con su presencia a los representantes del régimen, que no iban a estar por todo aquello.

Sucede que casi nunca las cosas discurren como el gobierno norteamericano espera. Un sector de la oposición, el más reprimido, el que lleva años y particularmente los últimos 17 domingos pulseando con los esbirros de la policía política, enfrentado a golpizas y arrestos por reclamar la libertad de los presos políticos y el derecho a la protesta ciudadana en las calles, no aceptó la solución salomónica de los norteamericanos, se sintieron ninguneados y a lo que interpretaron como un desaire, respondieron con otro, al declinar la invitación al encuentro con Kerry en la residencia del embajador norteamericano.

Tal actitud de las Damas de Blanco y de los activistas de la oposición que las apoyan, que se puede interpretar, según el grado de pasión que uno ponga en el asunto, como un acto de dignidad o como una descortesía torpe que solo contribuirá a aislarlos, ha motivado severos y por lo general, muy injustos comentarios de algunos analistas de los asuntos cubanos radicados en Miami, como Arnaldo M. Fernández, Jorge Dávila Miguel y Alejandro Armengol, que cada vez son más escépticos y críticos con la disidencia, ninguna de cuyas acciones -o falta de ellas- les parece apropiada.

Jorge Dávila Miguel en su artículo Una bandera conflictiva, publicado en Cuba Encuentro el pasado 5 de agosto, predijo, más de una semana antes del izamiento de la bandera en la embajada norteamericana en La Habana, que los opositores no serían invitados al acto, lo que según él, habría sido “una soberana equivocación” y expuso sus razones para rebatir a los que consideraban que “lo normal” hubiese sido invitarlos.

Al hacer comparaciones para explicar por qué no podían estar los opositores en la ceremonia, por mucho que intentara Dávila Miguel salvar las grandes distancias existentes, no lo consiguió cuando aludió a la Hermandad Musulmana que no es invitada en El Cairo. ¿Será que considera que Berta Soler, Antonio Rodiles y Ángel Moya están a un pasito de convertirse en extremistas dados a la violencia sectaria?

A muchos de estos analistas hipercríticos que no escatiman los dardos envenenados en sus comentarios, parece disgustarles mucho que aun respire la oposición prodemocrática-la de verdad, quiero decir, no los sucedáneos de ella- que no ha logrado ser vencida y borrada a pesar de sus desavenencias, sus errores y su evidente descolocación en el escenario actual.

A esos opositores de barricada, los hipercríticos les auguran el fin del apoyo norteamericano, o al menos, su readecuación al mínimo, en términos que no sean urticantes para el régimen castrista, y por tanto, los animan a moderarse, bajar el tono, buscar acomodo en los estrechos resquicios legales del régimen, y por si acaso, a tener preparada la bandera blanca, que bien poco falta para que les insten a la rendición incondicional y a dejarlo todo a la voluntad de Raúl Castro, la biología, el paso del tiempo, o a la buena de Dios, como diría el siempre obsecuente cardenal Jaime Ortega.

“El elenco opositor tendrá que cambiar, inexorablemente, tanto sus actores como sus guiones”, dictamina Dávila Miguel. Y lo deja a uno en eso, sin sugerir, si no son los disidentes de siempre y los de ahora mismo, quiénes serán los más indicados para ocuparse del casting y de la re-escritura del guión de la película entre melodrama rosa y catastrofista que nos espera, con los yanquis recibiendo conformes y diciéndole OK al capitalismo de estado militarizado, timbirichero y sin libertades políticas, que propugna el régimen como si fuera un portento irresistible.

“La oposición cubana será estrictamente nacional, o no será”, advierte terminantemente Dávila. Y uno se queda pasmado: ¿Quién diría que no lo es? ¿Granma o Cuba Debate?

De cualquier modo, el cordón umbilical al que alude Dávila, supongo que ya lo dé por cortado, o al menos, pendiente de un hilito, con tantas perretas y tirones de puertas de ciertos opositores, que últimamente, en contraste con la empalagosa babosería pro-norteamericana masiva que hay en Cuba luego del izamiento de la bandera y la visita de Kerry, se muestran, de tan adversos al engagement de Obama, casi tan soberbia y empecinadamente anti-yanquis como Fidel Castro en sus buenos tiempos.

Ya se sabe: los cubanos, o no llegamos o nos pasamos…

Si se mira objetivamente, el problema es que tanta intransigencia aleja de los intereses de la mayoría de la población cubana tanto al sector más radical de la oposición como al régimen. Ambos bandos, distantes de la realidad y en minoría, se desempeñan, como dice Dávila Miguel, cual si estuviesen en un frente de batalla. Y eso, a no muy largo plazo, resultará desastroso para todos.