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¿De cuál pueblo habla Martínez Heredia?

Hay que reconocer que este servidor castrista se mantiene fiel al guión original

Miriam Celaya, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- No caben dudas de que en el juego político de la reconciliación Cuba-EE UU a los “intelectuales revolucionarios” les ha tocado bailar con la más fea. Es así que, imposibilitados de explicar coherentemente las veleidades de sus amos -los druidas de verde olivo- que hoy sonríen y estrechan las manos de sus antiguos enemigos, se mantienen aferrados a un nacionalismo a ultranza, propalando falsedades sobre la realidad cubana actual. Obviamente, son incapaces de entender que el experimento castrista fracasó y que la tardanza de su certificación de defunción es cuestión meramente burocrática.

Es el caso de Fernando Martínez Heredia con un artículo publicado originalmente en el sitio digital Cubadebate, y reproducido por el libelo Granma (sábado 22 de agosto de 2015, página 3), donde, haciendo gala de una gran capacidad emocional pero nula racionalidad,  parte de la negación de lo que fue un verdadero acontecimiento histórico, a saber, la ceremonia de izamiento de la bandera estadounidense el pasado 14 de agosto, en la que ya es nuevamente la sede diplomática de ese país en La Habana.

Martínez Heredia inicia su catarsis con una declaración doblemente pasmosa: “el pasado 14 de agosto no fue un día histórico, y resulta necesario negar que lo haya sido”. Y a continuación desgrana un rosario de fechas patrias importantes hasta llegar, por supuesto, a la más gloriosa de todas, la de aquel 1ro de enero, “día de la victoria del pueblo” que “marca el inicio del fin del dominio colonial y neocolonial en la historia de Cuba”.

Asombra porque no queda claro si es solo descuido o el habitual desprecio que sienten los de su casta por el intelecto ajeno. Y es pasmosa su declaración, porque en primer lugar no explica cómo es posible que el izamiento de la bandera cubana en la sede diplomática de Washington fuera declarado por la propia prensa nacional -Granma incluido- como “histórico”, sin embargo no debería considerarse así el mismo acto en la sede estadounidense de La Habana. En segundo lugar, porque este intelectual asume que “resulta necesario” negar el carácter histórico de ese día.

Pero, ¿necesario para quién? ¿Acaso para las decenas de cubanos que asistían alegres y espontáneamente al acto desde los balcones cercanos y las zonas aledañas a la embajada estadounidense, muchos de ellos con niños pequeños sentados sobre sus hombros o vistiendo prendas con la bandera de aquel país vecino?¿Será necesario negar la importancia histórica de ese día para los millones de cubanos de la Isla que tienen familiares residiendo en EE UU,  para los que eligieron ese destino como emigrantes o para los miles que siguen huyendo por tierra, mar y aire de los beneficios de la “soberanía” cubana al estilo Castro (o al estilo Martínez Heredia, que es lo mismo)?

En justicia, hay que reconocer que este servidor castrista se mantiene fiel al guion original -cualidad que no adorna a los imperialistas vernáculos que anidan en el Palacio de la Revolución-, pero porta demasiado tufo a guerra fría y al estalinismo propio de la etapa de total servilismo nacional a la URSS como para resultar creíble o despertar algún entusiasmo popular.

Por demás, su percepción de soberanía nacional resulta extremadamente estrecha y maniquea para estos tiempos de globalización, cuando las fronteras de “lo nacional” y lo universal se desdibujan y se funden. ¿Qué clase de soberanía es esa que se ofende y lacera ante una simple exposición de automóviles estadounidenses de los años 50’? ¿En qué sentido un desfile de automóviles pretendería “borrar toda la grandeza cubana y reducir al país a la añoranza de ‘los buenos tiempos’”? ¿Cuál es esa grandeza, acaso la de la pobreza generalizada, la de la exportación de guerrillas, de los paredones de fusilamiento, de la cartilla de racionamiento, de los planes económicos fracasados, de las escuelas al campo, del “Hombre Nuevo”, de la fidelidad al imperialismo soviético? ¿Dónde estaba Martínez Heredia con sus celos soberanos cuando la bandera mambisa tremolaba bajo la sombra de la de la hoz y el martillo en tantas plazas y actos?

Pero este intachable intelectual revolucionario no se arredra ante lo evidente, a saber, el entusiasmo y esperanza que puede despertar en los cubanos el actual proceso de acercamiento a EE UU, y se lanza valeroso en una guerra ya de antemano perdida, porque “desbaratar confusiones y desinflar esperanzas pueriles es una de las tareas necesarias”. Por supuesto, el señor intelectual sabe que desinflar esperanzas es algo que el castrismo sabe hacer muy bien. Y también en su momento Castro I llamó “tareas necesarias” a todas sus alucinantes proyectos, pero también fracasó.

Coincido con Martínez Heredia en su deseo de que “la mayoría de la población participe en la política, cada vez más activamente”. Es algo que se nos ha negado durante más de medio siglo, y de hecho se le sigue negando a los cubanos emigrados; que al parecer del este régimen de gobierno solo lo son a la hora de hacer el (ese sí) desvergonzado pasaporte que se les exige para entrar en su patria y por el que pagan un elevadísimo precio, no en moneda cubana, sino en las tan repudiadas divisas.

Lamentable, es el más bondadoso adjetivo que se me ocurre tras leer esta entrega del Granma. No es nada personal. En el fondo casi puedo sentir compasión (y nótese que digo “casi”) por una quijotesca y anacrónica postura que recuerda a aquel mal poeta, Bonifacio Byrne. Pero, banderitas aparte, hoy muchos cubanos son más americanófilos que nunca antes… Más aun que en tiempos de la “neocolonia”. Eso ha sido en parte, gracias a intelectuales como éste, pero sobre todo gracias a su querida revolución. No tiene caso apelar hoy al pueblo para combatir lo que para muchos es el modelo de oportunidades al que aspiran. Si en verdad el señor Martínez Heredia fuese una persona inteligente, debería seguir el ejemplo de ese sin par modelo suyo, Castro I, y retirarse a un estado de meditación.