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Cuba: ¿transición o revolución?

Jorge Olivera Castillo, Primavera Digital

Centro Habana, La Habana.- A partir de la evolución de los acontecimientos, no parece que el socialismo real en Cuba vaya a desaparecer a causa de la multiplicidad de revueltas populares.

Al menos a corto plazo, es muy difícil que confluyan todas las condiciones para esperar que grandes segmentos de la población expresen, en bloque y públicamente, su deseo de mejorar o cambiar la realidad con sus diversas aristas.

Existen varios elementos para fundamentar esta hipótesis. Por ejemplo, en el plano económico, Cuba dista de retroceder a los niveles de 1993 y 1994, en que la hambruna, la inflación y el colapso de gran parte del aparato productivo, no fueron suficientes para que los afectados, se decidieran a protestar masivamente en las calles.

La decisión fundamental derivó en un éxodo marítimo, rumbo a las costas meridionales de Estados Unidos. Más de 30 000 cubanos, apostaron por un peligroso escape sobre las turbulentas aguas del Estrecho de la Florida, antes que disponerse a enfrentar la situación desde dentro.

No es fácil convencer a muchas personas sobre la necesidad de la resistencia civil. Las indispensables cuotas de valor en la asunción de tal postura, tienden a escasear en un ambiente dominado por el miedo a enfrentarse a un aparato represivo que no escatima en recursos, estrategias e impunidad.

Implicarse en acciones que en este caso llevan el adjetivo de heroicas, no es asunto de multitudes.

En el 2011, es mucho mayor el margen de la dictadura para afrontar las adversidades en el escenario económico. El petróleo de Venezuela junto a los créditos y donaciones de Brasil, China, entre otros países latinoamericanos y asiáticos, alejan las posibilidades de una parálisis que preceda a un ambiente de desestabilización social incontrolable.

El aumento de las remesas familiares provenientes del exterior y los dividendos obtenidos por los servicios de decenas de miles de profesionales de la salud, la educación y el deporte, enviados a varios países del Tercer Mundo, son factores adicionales que anulan los vaticinios en torno a un cambio a partir de los efectos provocados por un decrecimiento abrupto del nivel de vida del pueblo.

En este sentido, las posibilidades tienden a mejorar. Pues no es descartable la existencia de reservas de petróleo en la costa norte de la Isla.

Sobre el tema, es oportuno recordar que la pobreza en Cuba es relativa. Es difícil la muerte por inanición u otros padecimientos asociados al hambre.

Una dieta de subsistencia, en la que convergen una mínima asistencia estatal y los suministros obtenidos en la vastedad del mercado negro, garantizan no pasar el día con el estómago vacío.

Es decir, que salvo casos aislados, la situación en este caso no toca fondo. Para el cubano promedio siempre hay un margen para que el descontento se difumine en complacencias y resignaciones, que terminan congelando la disposición a optar por una palmaria rebeldía contra el status quo.

Respecto a las circunstancias políticas, es perfectamente discernible un contexto donde el partido comunista ha logrado la sucesión sin esfuerzos de envergadura. Las concesiones, hasta el momento, han resultado irrelevantes a la hora de medir la casi intacta capacidad de ejercer el poder de manera inconstitucional sin que la unanimidad en torno a la ideología del partido comunista indique quebraduras de consideración.

Salvo discretas permisividades en el plano informativo y cultural, nada se avizora en cuanto a una descentralización que legitime los discursos, sin compromisos militantes asociados al partido comunista, y favorables a una pluralidad que acabe con las enajenantes unilateralidades.

Que algunos de los medios impresos de la Iglesia Católica puedan editorializar y abordar temas con cierto nivel crítico, no es motivo para que se pronostique una disponibilidad del oficialismo para extender esos límites. ¿Cuántas personas dedican parte de su tiempo para leer esas revistas? .Particularmente, no creo que sean muchos, en términos comparativos. También habría que detenerse a analizar los niveles de accesibilidad. Los mecanismos de difusión son muy limitados, lo que avala una influencia mínima en la población.

Sobredimensionar el alcance de esta y otras “licencias”, sería pecar de ingenuo. No está mal que puntos de vista antagónicos a las posiciones del gobierno, hayan podido abandonar los camuflajes de la fugaz oralidad entre familiares y vecinos de confianza, para plasmarlos en blanco y negro.

Lo negativo estaría dado en crear expectativas que lejos de iluminar la verdad, sirven como cortina de humo a las intenciones de una élite cuyos fines no se desmarcarán de las mismas intenciones que tenían cuando asumieron el poder en 1959: eternizarse en el poder, abandonar sus funciones solo después de expedido el certificado de defunción.

Mientras no haya escisiones notables dentro de la cúpula, la oficialidad de las Fuerzas Armadas o el Ministerio del Interior, es imposible proyectar un cambio de naturaleza popular.

Solo una espontánea combinación de eventos sociales y políticos, podría variar el curso de los acontecimientos.

No parece que esa coincidencia esté al doblar de la esquina. Quizás haya que aguardar por la desaparición física de los más encumbrados referentes de la dinastía, para ver el aceleramiento de la transición a la democracia o una revolución con su carga de pérdidas de vidas humanas y materiales.

Esto no le resta validez a la beligerancia de los cubanos que pagan el alto precio de sus disidencias.

El valor simbólico de plantar cara a los verdugos, no es coser y cantar. Es un síntoma de madurez y responsabilidad.

Un recurso moral de enorme importancia para la futura construcción de una nueva república.