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Cuba no es el ombligo del mundo (I)

Rogelio Travieso Pérez, en Primavera Digital

Cerro, la Habana.- Es imprescindible dejar atrás lo que necesariamente requiere que dejemos. Dentro de Cuba, el cubano deberá ser lo primero, debemos dedicarnos más al bienestar interno y no continuar pensando que somos el ombligo del mundo.

En los primeros años del régimen revolucionario, cuando yo era muy joven, siempre trataba de exonerar a la Revolución y su liderazgo de lo malo que ocurría. Pero había planes o medidas arbitrarias que no me explicaba, y me parecían demasiado costosas e innecesarias: las hectáreas comunistas, la Ofensiva Revolucionaria en marzo de 1968, las barbaridades y destrozos cometidos en los campos por la brigada Che Guevara, la Zafra de los Diez Millones.

En aquella época no se podía discrepar ni argumentar razones contrarias a las movilizaciones improductivas y un sin número de órdenes y orientaciones en muchas ocasiones descabelladas.

A mediados de 1972 terminé convenciéndome de que este sistema era inviable. Hacía tiempo que tenía una lucha interna conmigo mismo: las ideas revolucionarias no eran lo que se esgrimía.

Fue entonces que más abiertamente comencé a cuestionar al régimen.

Según el general Raúl Castro, su hermano Fidel, antes de su fallecimiento, pidió que después de su muerte, que no se denominaran con su nombre instituciones, plazas, parques, avenidas, y que no sean erigidos en su memoria monumentos, bustos, estatuas. De acuerdo a lo expresado por el jefe de Estado, para garantizar esta petición se promulgarán por ley las prohibiciones pertinentes para su cumplimiento.

Veremos si no ocurre algo similar a lo que sucedió con el decreto ordenado por Fidel Castro, tras orientar derrumbar un busto erigido con su imagen en los primeros días de enero de 1959. Aquel decreto prohibía la colocación de retratos de dirigentes revolucionarios en lugares públicos. Nadie lo cumplió y tampoco se exigió su cumplimiento.

Primero la Revista Bohemia En abril de 1959, en la portada de la revista Bohemia apareció un retrato que pretendían asemejar a Fidel Castro con Cristo.

Desde los días del Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR), de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) El Partido Unido de La Revolución Socialista Cubana (PURSC) y desde 1965, el Partido Comunista de Cuba (PCC), se encargaron del culto a la personalidad del Máximo Líder.

El Estado, el gobierno, las organizaciones políticas y sociales, los medios informativos oficialistas, todos de manera muy bien dirigida, día a día, durante décadas, lograron el culto a la personalidad de Fidel Castro. Lo siguen haciendo después de su fallecimiento.

Para todo lo de envergadura que se hiciera en Cuba, siempre se mencionaba la figura del Máximo Líder.

Tras el fracaso de la huelga general de abril de 1958, en mayo de ese año, en una reunión en Altos de Mompié, en la Sierra Maestra, Fidel Castro fue nombrado Secretario General del Ejecutivo del Movimiento 26 de Julio y Comandante en Jefe de todas las fuerzas revolucionarias, incluyendo las milicias en las ciudades.

Tras el triunfo revolucionario, la llamada Caravana de la Libertad, en su tránsito de Oriente a Occidente con Fidel Castro al frente, sirvió para resaltar su único liderazgo y que pasaran a planos secundarios todas las demás organizaciones revolucionarias. Poco tiempo después, todas se subordinaron a Fidel Castro.

Después ya no hubo prensa libre ni sociedad civil independiente.

¡Fidel era la Revolución!

Públicamente el líder máximo rechazaba el culto a la personalidad; de eso se encargaba el fuerte aparato político propagandístico.

Negar lo señalado es como decir que el pueblo de Cuba tiene la oportunidad cada cinco años de elegir al jefe de Estado, o negar que hasta el presente, el relevo en la máxima dirección del país se ha realizado de manera dinástica.

En lo que respecta a decidir soberanamente, el pueblo cubano cuenta muy poco: quien ejerce la soberanía es la máxima instancia del PCC.

Los cubanos están para afrontar sacrificios, peligros, misiones internacionalistas, movilizaciones, obedecer disciplinadamente sin protestar.

Aún hay quienes persisten en llamar revolución al castrismo.

Previendo para Cuba el caudillismo autoritario, Martí expresó: “Una revolución es necesaria todavía, la que no haga presidente a su caudillo”.

Mucho se hace mención a las predicas martianas, pero, ¡qué difícil es cumplirlas!

A partir de la Revolución de 1933, hubo entre los cubanos la manía de considerarse “revolucionarios”.

Fulgencio Batista dijo: “Hemos sido revolucionarios y soy revolucionario”.

Por aquellos días, ante tanto descrédito, se sentían defraudados los verdaderos luchadores antimachadistas.

El profesor universitario Carlos González Palacios se lamentaba en su libro Revolución y Seudo-Revolución en Cuba: “Yo no soy un revolucionario arrepentido, soy un revolucionario abochornado”.

Recuerdo cuando decían que los Andes iban a ser la Sierra Maestra del Continente Americano y la Habana el centro de la revolución Tri-Continental.

Ahí están nuestros numerosos muertos en América Latina y África, particularmente en Angola y Etiopia, donde peleamos para sostener a gobernantes ladrones y corruptos.

Lo más importante son los cubanos, de lo contrario ser cubano pierde sentido y puede generar que disminuya el amor a Cuba.

Suceden cosas que parece como si la patria no nos perteneciera a todos. Los cubanos debemos dejar de pensar que somos el ombligo del mundo. Debemos atender más nuestros verdaderos problemas. Ha pasado demasiado tiempo y existe un encasillamiento que no posibilita soluciones reales.