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Cuba, donde el tiempo no es dinero

En Cuba, los establecimientos comerciales parece que cuentan con dos relojes: uno que se atrasa a la hora de abrir y otro que se adelanta cuando se acerca la hora de cerrar

Iris Lourdes Gómez García, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Benito era un empleado de limpieza en España que, al jubilarse, decidió venir a vivir para Cuba porque -además de estar rodeado de hermosas mulatas- el dinero le rinde más. Él no se cansa de decir que Cuba le encanta, pero que nunca ha logrado comprender los horarios que siguen los cubanos.

Lo primero que le llamó la atención es que en Cuba, a diferencia del resto de los países del mundo, el personal de limpieza no comienza a trabajar cuando los centros de trabajo están cerrados. En las películas de Hollywood, si algún trabajador se queda hasta después del horario normal y es asesinado, casi siempre hay que ultimar también al empleado de limpieza, que es el único testigo.

Pero en eso Cuba es única: el personal de limpieza tiene el mismo horario de trabajo que todos los oficinistas y trabajadores en general. Yo he llegado a mi oficina apurada por darle los toques finales a un informe que debo presentar a las nueve en una reunión, y en eso ha entrado la empleada de limpieza: “Necesito que abandonen la oficina, que voy a limpiar”. El que no obedece parece un desconsiderado que no respeta el trabajo de los demás y posiblemente hasta queda como discriminador.

En los hospitales y policlínicos cubanos suelen baldear -incluyendo las escaleras-, en el horario de mayor trasiego: cerca de las ocho de la mañana. Todos andan en fila india, tratando de no pisar la parte mojada para no perjudicar el trabajo realizado ni la limpieza del lugar. Pero siempre hay algún entretenido que no se da cuenta y pisotea.

A Benito también le ha llamado mucho la atención que en Cuba no se pinten o se arreglen las calles de madrugada, que es el horario de menor tránsito por calzadas y avenidas. También es el horario más fresco para los trabajadores. En Cuba se cierra una calle principal durante todo el día porque le están pintando las rayas amarillas continuas o las intermitentes blancas que separan las diferentes sendas. Los obreros, asándose al sol, casi siempre se observan en un nutrido grupo; la mayoría de las veces sólo trabajan uno o dos, mientras el resto del grupo, sentado a la sombra, da indicaciones y mira con aprobación. Cuando se trata de cambiar los postes eléctricos, suelen dejar sin servicio áreas completas durante días enteros, tal y como ha estado sucediendo recientemente en La Habana.

Benito ha descubierto que no todas las actividades se realizan bajo la luz del sol. Cuando se acuesta a dormir en su casa alquilada del Vedado, se sorprende de la puntualidad del carro de la basura que sí pasa de noche, y a pesar de llevarse a cabo con equipos automatizados, cada noche arma un escándalo impresionante que se escucha en toda la cuadra: al enganchar el tanque, al subirlo, al bajarlo. Los trabajadores tiran los latones, conversan y gritan a esa hora, a veces en horarios cercanos a las tres de la madrugada.

Y otra cosa a la que Benito nunca ha podido adaptarse es que toda gestión que trate de hacerse en Cuba antes de la ocho de la mañana sólo resultará en perder el tiempo. Se puede caminar cuatro kilómetros sin encontrar a alguien que cambie un billete de cinco dólares en pesos.

Todo el mundo empieza a trabajar a las ocho o más tarde; todos empiezan sin fondo o con muy poco. Con un billete de 50 pesos cubanos que equivale a dos dólares no se puede hacer nada antes de las ocho de la mañana pues el país está paralizado: no se puede tomar un café ni en los establecimientos que funcionan 24 horas pues en esos momentos son los cambios de turno. El resto no abre aún, no tienen apuro, porque en definitiva un peso más o menos no va a cambiar nada en sus vidas.

En Cuba, los establecimientos comerciales parece que cuentan con dos relojes: uno que se atrasa a la hora de abrir y otro que se adelanta cuando se acerca la hora de cerrar. Incluso hay comercios que tienen un cartel donde obviamente estaba el horario que ahora lo anuncia en blanco, parece ser que con el objetivo de acortarlo cuando se necesite.

De hecho, los cubanos prefieren dormir un poco más y así matar un poco del tiempo. Ese tiempo que tenemos en grandes cantidades.

En resumen, Benito trata de entender por qué es verdad que en Cuba todo realmente marcha “sin prisa, pero sin pausa”, aunque, según él, tampoco ha logrado entender aún hacia qué lugar específico nos está llevando esa marcha.