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  Cuando no avanzar es retroceso

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, enero, www.cubanet.org -Hay cosas que están cambiando en Cuba. Y el hecho de que los cambios no sean para peor, no significa que sean para mejor. Varían, sobre todo, ciertas circunstancias de nuestro entorno, dominado durante demasiado tiempo por leyes y normas irracionales, algunas de las cuales se enmiendan (o se remiendan), mientras otras apenas se maquillan. Con todo, el problema de hoy no sólo consiste en que quienes impusieron la irracionalidad son los mismos que dicen querer subsanarla. También quienes la sufrimos somos los mismos, y nada nos garantiza que estemos suficientemente liberados de sus consecuencias.

Las transformaciones en la idiosincrasia de las personas requieren de un tiempo mucho mayor que aquel que se emplea en cambiar leyes, normas y dictados. Es verdad de Perogrullo que no conviene perder de vista en este momento, entre otras razones, porque representa una carta de triunfo para la dictadura.

Tan nefasto como haber sido privados totalmente de libertad durante decenios, podría ser que nos hayamos acostumbrado a ese despojo, al punto que a la hora de asumir un cambio de circunstancias, no deseemos la libertad por encima de todo, o pensemos que no constituye un vehículo indispensable para el progreso.

Aunque es comprensible, no deja de resultar sintomática -y por ello, preocupante- la forma masiva en que los cubanos se afilian hoy a órdenes religiosas, sectas y congregaciones diversas, a las que parecen acudir en busca de alivio para el vacío espiritual que les dejara el fracaso de (llamémosle) la utopía revolucionaria. Hasta ahí lo comprensible. Mientras lo que preocupa es que, conscientemente o no, estén buscando también nuevos líderes que piensen por ellos, que dispongan lo que deben o no hacer en cada minuto, y que, en fin, les mangoneen paternalmente, consolándolos y oprimiéndolos.

Es solo un ejemplo de lo antes expuesto. Y desde luego que no implica necesariamente una descalificación de estos nuevos practicantes confesos de cualquier creencia. No más faltara. La libertad de espíritu es también un derecho humano inalienable. Y que nuestra gente la haya recuperado luego de tanto tiempo, lejos de preocuparnos, nos satisface. Pero la cuestión es otra para el caso. Cualquier derecho que se ejerza en detrimento de otro derecho, está arriesgando de facto su objetivo, que consiste en facultar a los seres humanos para que hagan legítimamente lo que conduce a la mejoría de sus vidas.

Por lo demás, la búsqueda en masa del cobijo religioso no es nuestra única tendencia en este sentido. Sobre todo últimamente, se observa a la vez una marcada propensión de la gente al gregarismo mediante nuevas asociaciones, fundaciones y proyectos cívicos y sociales, surgidos, supuestamente, para representar sus gustos, intereses y aspiraciones, tanto individuales como de grupo. Y aquí el problema se torna aún más preocupante, puesto que, a diferencia de las órdenes religiosas (donde ocurre sólo a medias), todas esas organizaciones de carácter civil recibieron la bendición del régimen, de lo cual se infiere que directa o indirectamente actúan bajo su tutela o dentro de su juego.

Se trata de un remedo de sociedad civil, diseñado por los ideólogos del partido comunista para cumplir con ciertas formalidades internacionales en materia de derechos humanos, mientras la dictadura se reacomoda a las nuevas circunstancias, sin perder lo que más le importa, que es el dominio sobre las personas.

Se dirá que de cualquier modo representa una ventaja con respecto a lo que teníamos anteriormente. Cierto. Y no son pocos los que aquí valoran el asunto de tal manera, basados en el pronóstico de que con el paso del tiempo muchas de esas organizaciones (o al menos muchos de sus miembros por su cuenta) se irán apartando de la tutoría del régimen para convertirse en auténticos representantes de la sociedad civil. No hay por qué dudarlo. Lo que no sabemos es cuánto pueda demorar ese proceso, el cual, por demás, contradice las leyes de la historia para nuestras actuales circunstancias, a saber que aquello que no avanza cuando debe, no solamente se queda donde está, sino que retrocede.

Así que tal vez no sea ni siquiera prudente sentarse a esperar la feliz metamorfosis de este engendro de sociedad civil con patronato totalitarista. Y a la vez, tampoco parece una buena opción conformarse con lo que, a fuerza de coraje y grandes sacrificios, ha logrado hasta hoy en tal sentido la oposición interna.

Posiblemente la mayor y más realista aspiración de los grupos opositores cubanos en este minuto debiera apuntar hacia la vertebración de una sociedad civil verdaderamente liberada de las secuelas del totalitarismo. Incluso, una sociedad civil libre de esquemas y pasiones políticas, emergente pero no al margen, que persiga por las vías más inteligentes y efectivas que los cubanos se tomen en serio el imperativo de recuperar la libertad, ante todo, dentro de sí mismos.

Ya que las cosas cambian en la Isla, es obvio que los opositores están obligados a reorientar sin demora sus proyecciones, según las nuevas circunstancias.

Si los métodos violentos, además de no ser aconsejables, por dañinos y fratricidas, ni siquiera cuentan con el respaldo de las mayorías dentro y fuera del país. Si la ilusión de que el régimen se desmorone ante la pérdida del petróleo venezolano apunta directo al desengaño, pues ya se sabe que nuestros caciques tienen más vidas que los gatos, en tanto no les importa someter al pueblo a las mayores privaciones, y por cuanto el pueblo ha demostrado que está resignado a someterse. Y si, para colmo, va marchando viento en popa el engañoso proceso de transformaciones que ahora ponen en escena, con el visto bueno del mundo dicen que civilizado. Sería entonces incomprensible que los opositores no tomaran nota para actuar en consecuencia.

Que no cuenten con las condiciones para ensanchar los límites de la actual sociedad civil emergente, haciendo proselitismo entre personas que a veces les rechazan (presionadas por la amenaza y la propaganda oficiales) y que por lo general han perdido la costumbre de ver más allá de sus narices, no significa  que sea una misión imposible. Ni disminuye en lo más mínimo la trascendencia del proyecto.

De cualquiera forma, el tema queda apenas esbozado. No podríamos agotar su examen en estas páginas, ni en muchísimas más. Pues, ahora mismo quizá no haya aquí ningún otro asunto con más rabiosa actualidad informativa, ni que demande tanto el análisis y la buena disposición de los cubanos amantes del progreso.

 

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